Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Seminci’54: La Seminci de la inmigración y del multiculturalismo

Cine humanista para la apertura y clausura de una Seminci amenazada por la crisis

Nacida como Semana de cine religioso y después orientada hacia los valores humanos, la Seminci –nombre adoptado en 1973– se ha ido identificando gradualmente con el cine de autor, y también ha ido abordando cualquier problemática que exigiera un compromiso del cine con el hombre y la sociedad. En su 54ª edición, su director, Javier Angulo, ha contado por primera vez con todo un año para dejar su sello personal en la programación, aunque la sombra de la crisis haya alcanzado y reducido su presupuesto en medio millón de euros. Esta Semana venía precedida de algunas interesantes iniciativas que pretendían revitalizar su presencia a lo largo de todo el año, con la edición trimestral de la revista “Seminci” o la organización de la 1ª edición de Seminci-TV dedicada a las series de ficción realizadas para la televisión, que contó con una numerosa participación y donde se homenajeó a Narciso Ibáñez Serrador y Silvia Munt.

Conforme se acercaban las fechas de esta nueva edición de la Seminci, todos íbamos percatándonos de la voluntad de Javier Angulo de volver a apostar por el cine español, convencido de que “no padece una crisis creativa sino sólo industrial”, y también de buscar en las cinematografías de países emergentes nuevos valores que la Semana proyectase como autores al resto del mundo. La estabilidad del Festival obligaba a encontrar, por otra parte, un equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre lo consagrado y lo que estaba por descubrir, y por eso echó mano de fieles cineastas muy relacionados con la Semana y que asegurasen un prestigio y tirón entre el público. Por otra parte, a pesar de los intentos de Angulo por reducir la programación de la Sección Oficial, volvimos a contar con nada menos que veintidós cintas y solo tres de ellas fuera de concurso: una cifra muy elevada para quien quiera seguirla íntegra sin renunciar a otras secciones, y también excesiva para una selección que dejaba entrar alguna película  prescindible. Con todo, la valoración global de la Semana puede considerarse como satisfactoria, con una buena organización y atención a crítica y público, con un incremento del 15% de espectadores en las salas, y con un nivel de películas notable con algo más de media docena de ellas de indudable calidad… aunque sin ninguna obra maestra que podamos asegurar que vaya a pasar a la posteridad.

Centrándonos ya en el escaparate principal de esta Seminci’54, el telón se levantó con “Looking for Eric” (Buscando a Eric) y se cerró con “Away we go” (Un lugar donde quedarse), insólitas obras en las filmografías de Ken Loach y Sam Mendes respectivamente, y acertadas elecciones para entrar con buen pie y salir con mejor sabor de boca del Festival. La primera lo era por abandonar el británico, al menos en la forma que no en el fondo, su tono combativo y agrio en su particular lucha obrera contra el thatcherismo, para ofrecernos una comedia dramática con un tomo optimista y cómico, aunque no faltasen algunas situaciones dramáticas y toda la aspereza de personajes extraídos de las capas sociales más bajas de Manchester. En torno a un cartero llamado Eric por la admiración que profesa al mítico futbolista Cantoná, levanta una historia de amistad y compañerismo, y también una llamada a la redención del individuo a través del perdón y de la apertura a los demás. Loach y Paul Liverty ponen el acento en el respeto y dignidad de la persona, a la que brindan un desarrollo amable y un final esperanzado, y donde destaca el gran trabajo de interpretación de Steve Evets, que hacen olvidar algunos puntos débiles en su desarrollo narrativo.

Por su parte, Sam Mendes nos regaló en la clausura, fuera de competición, una road movie preciosa, “Away We Go” (Un lugar donde quedarse), en la que una joven pareja que espera un hijo decide ponerse en camino, y buscar el sitio ideal donde echar raíces para criar al niño en un ambiente familiar. Una excusa del director para hablarnos de la necesidad de aprender a vivir sin miedo a la incertidumbre y para confiar en el amor como fuerza para salir adelante, y también un espejo de una sociedad donde el derrotismo, la frivolidad o las desorientadas teorías anti-valores dejan paso al dolor de quienes sufren por no poder tener hijos o sentirse abandonados en el matrimonio. Pero estamos ante un retrato lleno de gravedad y dramatismo que es visto con ojos de esperanza, con personajes llenos de buen humor, bondad y sinceridad que se ganan al espectador a pesar de sus excentricidades, y que crean momentos de tierna emoción o nos brindan historias entrañables junto a golpes de humor que provocan la carcajada –aunque en ocasiones sea un tanto procaz–, gracias también a una excelente banda sonora y a unas buenas interpretaciones de John Krasinski y Maya Rudolph.

La Seminci premia la inmigración y las relaciones entre las culturas

Como hemos dicho, ninguna de las propuestas destacó con claridad entre las que venían a concursar por la Espiga de Oro, y finalmente se la llevó el serbio Goran Paskaljevic –era su tercera Espiga, tras habérsela llevado con  “La otra América” y “Optimistas” anteriormente– con su película “Honeymoons” (Luna de miel). En ella, vuelve al territorio de los Balcanes para hablar de la inmigración a través de la historia de dos jóvenes parejas de enamorados que tratan de salir de Albania y Serbia, y que encuentran serias dificultades en la frontera… hasta peligrar esos sueños de comenzar una nueva vida lejos de un entorno lleno de prejuicios. Son historias paralelas que nunca conectan entre sí, bien ambientadas y con personajes retratados por quien conoce la situación, escogidos a propósito para la denuncia y para la defensa de la libertad. Un cine grave y comprometido que también recibió el premio de la Crítica, bien realizado pero poco novedoso en su filmografía, por lo que algunos han considerado que el premio era excesivo y también sorprendente hasta cierto punto.

Más inmigración encontramos en la Espiga de Plata, concedida a la danesa Annette K. Olessen por “Lille soldat”, historia de una mujer militar que regresa a casa después de una misión y que se pone a trabajar como chófer en el negocio de prostitución que dirige su padre: su protagonista, encarnada por Trine Dyrholm –premio a mejor interpretación femenina–, esconde un corazón endurecido por la dureza y violencia de la vida, razón por la que sintonizará con una de las prostitutas de lujo –y amante de su padre– hasta ayudarla en su drama familiar. Frialdad pero sutileza para un tema espinoso, donde la conciencia y la lucha por sobrevivir se mezclan con la tristeza y el dolor, y todo es recogido por una fotografía también premiada por el Jurado. Como vemos, la Seminci parece haberse abonado a la inmigración y al multiculturalismo a la hora de conceder sus premios año tras año, pues recordamos que recientemente se llevó la Espiga “14 kilómetros” de Gerardo Olivares, y el año pasado también había salido premiada “Retorno a Hansala”, aparte de otras películas de Paskaljevic mencionadas.

Una de cal y otra de arena en el cine español

Si miramos a la representación española en la Semana, encontramos algo de cal y también de arena. Eran cuatro en competición y una fuera de concurso las elegidas por Javier Angulo, en una manifestación de amor con pocas condiciones hacia el cine patrio. Una grata sorpresa nos causó “Estigmas”, de Adán Aliaga, que se llevó el premio para el mejor director novel, en lo que era una arriesgada propuesta en blanco y negro en torno a un hombre sin trabajo –interpretado por el lanzador de peso Manolo Martínez– al que le aparecen unos estigmas en las manos y del que todos quieren aprovecharse: una espléndida fotografía para una historia de amor a través del sacrificio, que mira simbólicamente a los signos de la Pasión de Cristo pues el protagonista se redime cuando conoce a una mujer por la que luchar.

El cine español salió bien parado igualmente con “La isla interior” de Félix Sabroso y Dunia Ayaso, pues Alberto San Juan se llevó el premio al mejor actor, en una historia familiar que discurre entre la opresión paterna y la locura de sus miembros: buenas interpretaciones para una negra y angustiosa crónica, tan marginal como poco representativa de nuestra sociedad, pero a la que no podemos negar la creación de unos ambientes claustrofóbicos convincentes. La propuesta de Marc Recha en “Petit indi” era minoritaria en lo que es una historia de pérdida de la inocencia infantil a la vez que de desencanto por la vida y por la desconfianza que surge en él: una dosis de fatalismo en las relaciones con humanos y animales para una historia mínima, de abundantes silencios, miradas y sutilezas, en una rara avis en nuestro cine, como lo es toda la filmografía de Recha.

Pero si esas tres películas dejaban en buena posición a nuestra industria, todo se vino abajo con la que presentaron Salvador García Ruiz y Vicente Aranda, pasaron con más pena que gloria y quizá mejor dejarlas en el baúl de los recuerdos: el primero trajo “Castillos de cartón” para contarnos las relaciones sexuales y afectivas de tres jóvenes estudiantes de Bellas Artes que viven en los años ochenta: con un ritmo parsimonioso –más bien, habría que decir sin ritmo– conduce la historia por lo anodino, con la pretensión de mostrar una ménage à trois sin tapujos y abundante sexo explícito, y en un intento de unir arte y sensibilidad sin barreras; con todo, García Ruiz se olvida de dar hondura y tensión dramática a sus personajes hasta languidecer y perderse entre tópicos trasnochados. No salió mejor parado Vicente Aranda y su “Luna caliente”, sobre la que muchos nos preguntábamos que hacía en el Festival y en la Sección Oficial: se trata de una turbia historia de sexo, muerte y violencia en torno a un poeta que viola a una joven a su regreso a España en los años setenta. Como se ve, las mismas obsesiones de siempre y un discurso agotado que se presentaba fuera de concurso pero que provocó el enfado de buen número de los asistentes.

Buen cine francés, la sombra del nazismo, y algo más

Entre todo lo visto en la Sección Oficial, una grata sorpresa que merecía más fue la francesa “Le hérisson” (El erizo) de Mona Achache, que acabó siendo premiada por el público y el jurado joven: una entrañable historia de una perspicaz e inteligente pero cínica niña sin el afecto de sus padres, de una mujer sensible y autodidacta pero ignorada por todos que trabaja como portera –magnífico el trabajo de Josiane Balasko, para un personaje muy interesante– y que se esconde tras sus libros, y de un japonés cultivado que llega al edificio y las ayudará a creer en sí mismas. Es una historia de amistad y amor al que no le falta el drama –o tragedia–, con una buena dosis de comicidad y de crítica social: una mirada sensible y poética al fondo del ser humano, y también al enriquecimiento de la diversidad cultural y que permite una variedad de lecturas sobre la realidad y el lenguaje cinematográfico.

Francia siguió destilando el mejor cine del festival, y nos dejó “Le père de mes enfants”, de Mia Hansen-Løve. La directora nos introduce en el mismo mundo del cine a través del productor Grégoire –figura del emblemático productor francés Humbert Balsam–, hombre hiperactivo con una vida familiar gozosa con su mujer y sus tres hijas pero también con una angustiosa situación financiera pues la productora ha entrado en crisis y las deudas se acumulan. Ambientes costumbristas y pequeños quehaceres cotidianos de alguien que sucumbe ante el fracaso: una historia mínima contada con buen ritmo y con una puesta en escena fresca y sin artificio, donde sólo un quiebro para el que no ha sido preparado el espectador –no aparentada tanta infelicidad y desesperación– rompe el tono veraz de la cinta.

Más cine proveniente del otro lado de los Pirineos llegó de la mano de Robert Guédiguian con “L’Armée du crime”. En esta ocasión, el director abandona su Marsella habitual pero no a su equipo de siempre, al que traslada al París ocupado por las tropas alemanas para recrear un ambiente de colaboracionismo y movimientos de resistencia. Guédiguian trata en su película de rendir homenaje a uno de estos grupos, formado por comunistas extranjeros llegados países diversos y dispuestos a torpedear con atentados y sabotajes al ejército nazi. Una historia coral de jóvenes idealistas que viven también sus amores y que son retratados como héroes o mártires sin sombra de maldad e imperfección, bien escrita y rodada –se llevó el premio al mejor guión–, con buen ritmo narrativo aunque se repitan las mil formas de atentar, represaliar o torturar –se le va la mano y cae en lo explícito en su intención de que al espectador le quede claro el salvajismo nazi o colaboracionista, o la bondad de los comunistas–, y al final queda una película que no cuenta nada nuevo sobre el tema.

Abandonamos la Galia pero no la sombra del nazismo pues la recogía Paul Schrader en “Adam Resurrected”, la otra gran película junto a “Le hérisson”. Una historia sobre la culpa, la locura y la redención en torno a un showman-payaso judío convertido en perro bufón del comandante Klein en el campo de concentración, para terminar en el presente como interno en un Instituto psiquiátrico de recuperación en Israel. Drama sobre los demonios interiores que obsesionan y torturan a este hombre que vive entre la culpa de no haber hecho más por su familia y el enfrentamiento con un Dios que desoye el sufrimiento y la injusticia. Estamos ante el Schrader más puro, que crea personajes con una historia personal a la vez que encarnan ideas y preguntas existencialistas y religiosas, con un pasado en blanco y negro y un presente en medio del desierto… plasmación gráfica del interior de unos muertos en vida que arrastran heridas sangrantes. Buen trabajo de Jeff Goldblum y Willem Dafoe en un episodio del pasado que Schrader trata como una representación de la vida, y que culmina con la necesaria redención de Adam en la figura del joven cachorro y del fuego extinguido por el perdón.

También destacaremos las aportaciones del siempre interesante Theo Angelopoulos, que presentó la continuación de “Eleni” sobre la historia de Grecia: “I skoni tou chronou” (The Dust of Time, El polvo del tiempo), es un nuevo viaje de la memoria a través de la segunda mitad del siglo XX para acompañar a Eleni y Spiros desde su exilio a la URSS o durante su estancia en los campos de concentración de Siberia hasta llegar a la desestalinización, la caída del Muro de Berlín o la llegada del nuevo milenio. Pero por encima de esa “historia que atropella la vida”, el director griego continúa su particular reflexión sobre el paso del tiempo y la vida del hombre… marcada por la tragedia y el amor, con sentimientos de desarraigo y de búsqueda, de desengaño y de esperanza. Sus personajes viven su propia historia de amor y desencanto, de sueños perdidos y desencuentros forzosos… para desde el drama más personal transportarnos a un análisis de la condición humana que trasciende fronteras. Cine contemplativo, poético y reflexivo con que Angelopoulos rompe las fronteras del tiempo y del espacio para contar la eterna lucha del amor y la muerte, con una cinta que abandona la narración lineal para suspender y saltar de un tiempo a otro. Irène Jacob, Willam Dafoe, Bruno Ganz y Michel Piccoli se transforman y desligan de lo físico para dejarnos unas interpretaciones a la altura del director.

Por último, apuntamos otras tres películas meritorias y que llegaban de Estados Unidos. Después de triunfar en Sundance llegaba Max Mayer con una comedia romántica con las dificultades de comunicación propias del síndrome de Asperger que padece el protagonista de “Adam”. Entre lo independiente y los arquetipos hollywoodienses, encontramos una historia de amor tierna y conmovedora que apuesta por la sinceridad y la nobleza en un mundo de mentiras y apariencias, y que se ve con gusto y con una sonrisa. El mismo aire agradable, de elegante ironía y sentido positivo respiraba “Amerrika” de Cherien Dabis, con la diversidad cultural y la inmigración de nuevo como tema central: una madre palestina y su hijo adolescente se ven obligados a irse a los Estados Unidos… en busca de un lugar y un futuro, y allí se encuentran con las dificultades de un entorno de desconfianza tras el 11 de septiembre. El más independiente Steven Soderbergh estuvo presente con “The Girlfriend Experience”, falso documental con testimonios y entrevistas de una prostituta de lujo y de sus amigos que hablan y hablan de sus vidas y relaciones, en lo que es una búsqueda de felicidad y una huida de la soledad. El resto de lo visto la Sección Oficial no merece especial consideración, y sin esos títulos hubiéramos tenido una programación más ajustada.

La sección paralela, la cita con la Historia y el documental, y otros ciclos y homenajes

Con dieciséis largometrajes se presentaba la sección paralela llamada Punto de Encuentro, donde otras cuatro españolas, abundantes títulos europeos, uno chileno y otro indio se disputarían el premio. Al final se lo llevaron ex aequo la francesa “La journée de la jupe” de Jean-Paul Lilienfield y la iraní “Aram bash va ta haft beshmar” de Ramtin Lavafipour. La primera estaba destinada inicialmente a la televisión, y contaba con la presencia de Isabelle Adjani para dar vida a una profesora se que se enfrentada a sus alumnos con pistola en mano, en lo que quiere ser una indagación en los problemas sociales derivados de la mala gestión del sistema educativo, de la religión, de los abusos sexuales y de la violencia de género y del racismo. Por su parte, la película iraní recoge el brusco proceso de maduración de un adolescente iraní implicado en trabajos de contrabando en el Golfo Pérsico.

La Historia y el documental se citaban en Tiempo de Historia con veintiún títulos: fuerte presencia española y de los países emergentes. Una sección que vería el bautismo de Elías Querejeta como director con “Cerca de tus ojos” sobre el incumplimiento de los Derechos Humanos en diversos lugares del mundo, y también el primer documental de Patricia Ferreira con “Señora de” con testimonios de mujeres silenciadas durante el franquismo. El primer premio se lo llevó “Puskás Hungary”, donde Tamás Almási repasa la vida del carismático futbolista húngaro, dedicado al deporte y al margen siempre de la política y la guerra.

Ya al final de la edición pasada, su director nos adelantó su intención de tener un ciclo conmemorativo de la Nouvelle Vague y de dedicar una retrospectiva a Carlos Saura. Del cine nacido en el país francés, la revista Cahiers du Cinéma-España se encargó de hacer la selección de doce títulos, la mitad de ellos paradigmáticos de este movimiento revolucionario y el resto indagando en los films clásicos –europeos y americanos– que les habían servido de inspiración para su imaginario. Bajo esa perspectiva de “parentescos y filiaciones” que tuvo su publicación, pudimos ver “La carroza de oro” (Jean Renoir) en paralelismo con “Paris nous appartient” (Jacques Rivette), “Un verano con Mónica” (Ingmar Bergman) y “Hiroshima, mon amour” (Alain Resnais), “Te querré siempre” (Roberto Rossellini) y “Le Signe du Lion” (Eric Rhomer), o “Los contrabandistas de Moonfleet” (Fritz Lang) y “Los cuatrocientos golpes” (François Truffaut), por poner unos ejemplos. Pero si hubo dos cineastas centrales en la Semana, esos fueron el citado Carlos Saura y el italiano Ettore Scola, pues ambos recibieron la Espiga de Honor en el acto de inauguración y tuvieron sendos ciclos de homenaje.

Del director aragonés se pudieron ver sus 37 largometrajes, un mediometraje y cuatro cortos, además de poder visitar una Exposición de sus fotografías que adquirirá un carácter itinerante: películas que iban desde “Los golfos” o “Cría cuervos” hasta “Flamenco” o “Fados” para percibir el espíritu artístico e independiente de este trabajador incansable que dice haber hecho siempre el cine que ha querido. Por su parte, el director Ettore Scola era el presidente del Jurado de la Sección Oficial, y eso le otorgaba el privilegio –en una práctica que se pretender continuar en años próximos– de organizar su propio ciclo eligiendo él mismo sus diez películas más representativas o queridas: las suyas estaban repartidas en un arco temporal grande, desde  “Brutti, sporchi e cattivi” hasta “Gente di Roma”, pasando por las antológicas “Una giornata particolare”, “La famiglia” o “La cena”.

Un momento especial de la Semana fue la proyección de “El asesinato del Duque de Guisa” (1908), primera película para la que se escribió una partitura musical, y que se pudo escuchar interpretada en directo por la orquesta sinfónica de Castilla y León: eran 17 minutos de oro para volver a los orígenes y entender mejor a aquellos primeros espectadores que miraban con asombro unas imágenes en movimiento mientras la música conducía sus sentimientos. Otro acto singular fue un mini-ciclo que miraba a las conexiones del cine con las artes plásticas –con una interesante aproximación de Rafael Gordon a la pintora en “La mirada de Ouka Leele”–, o con una mirada especial en Sin barreras a los atletas con minusvalías físicas.

Otros ciclos completaban esta Seminci, como el habitual “Spanish Cinema” con lo mejor del cine hispano del último año, la invitación a la ECAM madrileña con los trabajos fin de carrera de sus alumnos, varias proyecciones especiales, y una mirada al cortometraje con “La noche del corto español”“Castilla y León en corto”. Al final, doscientas películas para echar una mirada al mundo y comprometerse con él, para entender otras formas de pensar y hacer cine, pero sobre todo para entender que el cine puede ser cauce que ayude a la convivencia entre culturas y a acoger al que es distinto –al inmigrante, al marginado, al indefenso– y resaltar su humanidad. Con esta esperanza acogeremos la edición del próximo año, para la que Javier Angulo ya adelantó su intención de acercarse al cine brasileño y de rendir homenaje al neorrealismo italiano en el aniversario de “La dolce vita” (Federico Fellini). Confiamos en que sea una “dulce Semana” que mire al cine y al espectador, sin gratuidad ni concesiones.

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