Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Seminci’53 – Balance: Javier Angulo busca su Espiga entre lo hispano

Primeros pasos y declaración de intenciones del nuevo director

La persona de Juan Carlos Frugone ya es historia en la Seminci. Su anunciada caída –la enfermedad del festival era dramática e incluso agónica– se consumó con polémica y su dimisión en la pasada primavera dejaba al nuevo director el reto de preparar la 53ª edición en un tiempo récord, como ya le sucediera a él mismo hace tres años. Javier Angulo fue el elegido: llegaba tras años de experiencia como periodista en el diario El País, después de ser cofundador y director de Cinemanía o colaborador del Festival de Cine Español de Málaga. Desde el inicio, declaró su voluntad de mantener la tradición de la Semana como festival del cine de autor, a la vez que anunciaba algunos cambios que comenzarían en este año “de transición”, aunque hasta la próxima edición no se viera el festival que él quiere. Buenas relaciones con los medios y algunas imprudentes declaraciones ideológico-políticas –acusó a Aznar y al PP de todos los males del cine español, siendo este partido quien le ha puesto en el cargo–, de las que después se ha retractado y pedido disculpas.

Al margen de sus opiniones políticas, lo que esperaban los amantes del cine era una buena programación, y por ello sería juzgado y no por deslices como el mencionado. Para esta edición, confeccionó una Sección Oficial en cierta medida novedosa y desconcertante pero también equilibrada, con algunos cineastas consagrados como Atom Egoyan –que acumulaba tres Espigas–, Amos Gitai –a quien se le dedicó un Ciclo en la Seminci’49–, Mika Kaurismäki, Jan Troell o Carlos Sorín, junto a un buen grupo de autores noveles, lo que mostraba su empeño por asumir riesgos y retomar la “vocación descubridora” de la Semana. Eran 21 películas a competición por la Espiga de Oro y una más para la Clausura, con abrumador dominio de los dramas (varias historias de enfermedad y sufrimiento en la adversidad, algunas recuperaciones de la memoria histórica y otras de reconstrucción afectiva o familiar) y con una apuesta clara por el cine europeo en general y español en particular (hasta siete cintas, algunas en coproducción). El nuevo director prescindió en su puesta de largo de películas galardonadas en Cannes, Venecia o Berlín –una constante en ediciones pasadas, algo que aseguraba calidad pero restaba riesgo y sorpresa– y también del cine oriental tan de moda últimamente en los festivales.

Como decíamos, su mirada se dirigió hacia lo español en un año en el que no ha dejado de hablarse del mal momento de nuestra cinematografía y de su endémica crisis. No sabemos si esa apuesta ha respondido a su convencimiento de que no falta calidad entre nuestros profesionales, a que la premura de tiempo le obligaba a tirar de un trabajo previo traído desde Málaga, o quizá a la necesidad de contar con la presencia en la Semana de artistas y responsables de las cintas, aspecto este último necesario en cualquier festival ante los medios de comunicación y el público y que había decaído en las últimas ediciones. La realidad es que Javier Angulo ha demostrado tener muchos amigos en el cine español que supieron responderle con su asistencia a distintos eventos, como la presentación de la Fundación Borau para la ayuda a jóvenes talentos del cine, o en La noche de Buñuel en que se homenajeaba al director de Calanda al cumplirse 25 años de su muerte con una exposición fotográfica o con la proyección de “El último guión”, documental inédito de Javier Espada y Gaizka Urresti protagonizado por el hijo del director, Juan Luis Buñuel y por Jean Claude Carrière. También tuvieron color nacional las dos Espigas de Honor, concedidas este año al productor y guionista Elías Querejeta y a la actriz Carmen Maura, centros de atención en la apertura y clausura de la Semana respectivamente.

Con estas urgencias y necesidades, con este tirar de agenda en un año de transición, el balance final hay que calificarlo de aceptable y merecedor de un margen de confianza para la próxima edición. Apenas tres o cuatro cintas han desentonado por su cuestionable calidad y se ha apreciado un esfuerzo por acercarse al público sin caer en exceso en lo puramente comercial. Por contra, no ha habido ninguna perla que haya brillado de manera sobresaliente o que la Seminci haya descubierto o vaya a triunfar en otros festivales, en nuestra opinión. A pesar del aplastante éxito de “Estómago” del brasileño Marcos Jorge –Espiga de Oro, Premio Pilar Miró, premio de la Juventud y también a la mejor interpretación masculina ex equo–, no creemos que se mereciera más que el de director novel ni que fuese mejor que otras como las presentadas por Jan Troell, Carlos Sorín, Doris Dörrie o Henrik Ruben Genz, por ejemplo. El palmarés tuvo, con todo, un marcado aire latinoamericano, teniendo en cuenta que la Espiga de Plata y el Premio del Público fueron para la argentina “El frasco” de Alberto Lecchi, mientras que el premio de la crítica (Fipresci) recaía en “La ventana” de Carlos Sorín.

Buscando al público en la apertura y clausura

Pero antes de entrar a hablar de algunas películas premiadas y de otras olvidadas, merece la pena hacer mención a las encargadas de abrir y cerrar el Festival, porque venían de ganar el Premio del Público en los festivales de Sundance y Los Ángeles respectivamente, señal inequívoca de la búsqueda del favor del espectador por parte de  Angulo. La apertura con “Captain Abu Raed” de Amin Matalga –primera película jordana nominada a los Óscar– era luminosa y optimista al recoger una historia de amistad y sacrificio llena de humanidad, con un inequívoco mensaje moral que mira hacia la educación, el maltrato doméstico o el derecho a la infancia con intimismo pero sin complacencia, que consigue momentos conmovedores sin caer en lo sensiblero: es un delicioso cuento al estilo oriental sobre un limpiador del aeropuerto de Ammán –un gran Nadim Sawalha– convertido en capitán por unos niños a los que cuenta historias mientras se gana su corazón.

Para bajar el telón, se eligió el documental del británico Stephen Walter, “Corazones rebeldes (Young@Heart)”, sobre un coro de jubilados convertidos en rockeros mientras ensayan el estreno de un concierto. Aunque a priori no parece que el tema fuera a atraer mucho, lo cierto que dejó muy buen sabor de boca entre público y crítica, que transmite el buen humor y ánimo de sus “protagonistas” y también su capacidad para afrontar retos e ilusionarse con cantar en una cárcel o en el concierto. El espectador disfrutará y se conmoverá en el emotivo recuerdo a los ancianos que fallecen en esos días o con el “podemos, podemos” de una canción que se les resiste por su complicada letra, sentirá la vida que alienta a Fred siempre pegado a su botella de oxígeno pero con una voz portentosa, y admirará a Bob –el director del coro de cuyo nombre toma su título la película– por su optimismo y categoría humana. Además, Walter consigue recoger y transmitir vida con las imágenes, con los testimonios y con las letras de las canciones, y no faltan tampoco momentos de humor para reírse de las dificultades.

Lo latino está de moda y triunfa

Como se ha dicho, la brasileña “Estómago” llenó las alforjas de premios para pasearse por el mundo con una buena tarjeta de presentación. Su director, Marcos Jorge, hablaba de ella como “un cuento nada infantil sobre poder, sexo y gastronomía”, todo mezclado de manera visceral y orgánica, aderezado con un toque cómico –aunque con sal gruesa y gestos de payaso bobalicón– que buscar radiografiar una cruda radiografía social corrupta con frescura y desparpajo. Es la historia de un inocente e increíble Raimundo Nonato contada en montaje alterno desde sus comienzos como cocinero en un tugurio y en un restaurante italiano hasta su posterior estancia en la cárcel. En ambos lugares y tiempos se encarga de hacer guisos y descubrir sabores y recetas, en un caso para sus jefes y para Iria –una prostituta que se vende por comida– y en otros para el resto de reclusos de una celda sometida a la autoridad del bruto Bujiù. De fondo, la voluntad del director de mostrar cómo hasta el individuo más limitado y bendito acaba sucumbiendo ante el poder y aparcando la ética en su actuar… pues todos nos movemos en “unos ámbitos de poder en que unos comen y otros son comidos”: un pobre planteamiento que reduce las relaciones humanas a intercambio de sensaciones instintivas y la corrupción de la persona es equiparada a la transformación de la comida tras ser ingerida. La indudable capacidad para conectar con el espectador mediante una narrativa equilibrada que va de lo dramático a lo cómico y a lo naif no son suficientes logros para una sobrevalorada cinta de estética hiperrealista y sucia, complaciente al mostrar la miseria humana y que no deja lugar para la esperanza.

También voló a Sudamérica la Espiga de Plata, entregada al argentino Alberto Lecci por “El frasco”, una comedia agridulce simple y muy previsible, de personajes planos unidos por la soledad y por un silenciado pasado de dolor que les ha marcado. Es la peculiar historia de amor de un conductor de autobuses al que llaman “mudo” y una maestra un tanto deprimida y enfadada con el mundo, con un guión que juega entre el equívoco y lo rocambolesco para buscar el corazón de un espectador que sienta lástima por dos seres tan indefensos. Una película bienintencionada pero nada más, a la que el premio le venía grande, como el concedido ex aequo a su protagonista Darío Grandinetti por un papel envarado e inverosímil.

Otra película argentina, “La ventana” de Carlos Sorín sí que se mereció, en cambio, el premio que la crítica le concedió: con tono intimista y bajo un formalismo que busca despojarse de todo artificio, recoge la mínima historia de Carlos, un anciano que espera la llegada de la muerte –y también la de su hijo desde Europa– recordando y contemplando su vida desde lo cotidiano. Sin amargura y con cierto humor y hondura, estamos ante un exquisito ejercicio de estilo muy sutil y deudor de “Fresas salvajes” en su análisis del paso del tiempo y vuelta a la infancia, que se convierte más en un canto a la vida que en una huida de la muerte, lleno de delicadeza y sensibilidad.

Seguimos hablando español para mirar a dos sorpresas nacionales no premiadas pero de gran interés. Chus Gutiérrez presentó “Retorno a Hansala” para volver a hablar de la inmigración desde una óptica humanista pero cambiando el prisma al contemplarlo como una manera de aprender de quienes vienen en pateras, pues se viaja a su lugar de origen. Allá se dirige Martín, propietario de una funeraria, con el cadáver de un marroquí ahogado y con su hermana Leila, que ya tiene los papeles en orden por su trabajo en la industria conservera de Algeciras. Será un viaje iniciático para Martín,  que vive problemas en su matrimonio y que descubrirá la dignidad de la persona al poner rostro a unos emigrantes que hasta entonces eran solo un número en su negocio. La historia mezcla drama y emoción, comicidad y tragedia, y lo hace con una mirada de denuncia pero también de admiración hacia quienes tienen valores que la sociedad del bienestar ha olvidado.

La otra sorpresa agradable llegaba desde un Centro Psiquiátrico de Sabadell, donde Abel García Roure rodó su docudrama “Una cierta verdad” al recoger sus experiencias con enfermos de esquizofrenia durante dos años: una mirada respetuosa, entrañable, humana, que trata de comprender su mundo y acercarse a su modo de ver la realidad porque en ello hay “algo de verdad”. Evidentemente hay momentos en que se palpa sufrimiento y la dureza, pero el tono es positivo y oxigenado, sin caer en el sensacionalismo, con situaciones simpáticas y sesiones de terapia o de diagnóstico médico que convierten a la cinta –aunque excesivamente larga y en algún momento repetitiva– en un ejemplo de cine comprometido y necesario.

Como decíamos, el interés por recuperar la memoria histórica se tradujo en varias películas, como la aceptable “La buena nueva” de Helena Taberna sobre un cura destinado al inicio de la Guerra Civil española a un pueblo navarro, y cuya voluntad de predicar el Evangelio y acoger también a los republicanos le enfrenta a falangistas y autoridades eclesiásticas para acabar desencantado y abandonando su vocación. Con buen ritmo narrativo y excelente banda sonora de Ángel Illarramendi, Taberna vuelve a caer en el maniqueísmo ideológico y se deja llevar por prejuicios personales –aunque haya leves intentos de repartir responsabilidades– para armar su particular “cruzada” contra una Iglesia a la que ataca por su complicidad y apoyo a Franco. Igualmente sesgada y “políticamente correcta” pero de mucha menos calidad fue “La mujer del anarquista”, coproducción franco-alemana-española dirigida por Marie Noëlle y Peter Sehr: sin fuerza y con un clamoroso error de casting con María Valverde y Juan Diego Botto, la historia avanza sin alma durante varias décadas desde la República hasta la Guerra Civil o la Resistencia en Francia siguiendo los pasos de un activista y su fiel esposa.

Dinamarca y Alemania  marcan las diferencias

Más resistencia en periodo bélico, pero con mayor fuerza narrativa y rigor histórico –aunque no exento del toque mitificador que busca forjar héroes– tenía otra coproducción germano-danesa, “Flame and Citron” de Ole Christian Madsen, que recuerda la actividad de dos patriotas daneses dedicados a la lucha armada contra las fuerza de ocupación nazi. Buen retrato de personajes para una importante labor de producción y una cinta con abundantes momentos de acción, que gustará a un público amplio y que sólo en su parte final pierde verosimilitud con sus excesos.

Hubo más propuestas venidas de Dinamarca. Hablemos de dos de las mejores películas que hemos visto estos días. Por un lado, la película de Jan Troell, “Maria Larssons evige öjeblik (Los momentos eternos de María Larsson)”, coproducción de los países nórdicos y aproximación al drama existencial de la mujer del título, recordado por su hija mayor Maja. Una excelente fotografía –galardonada en la Seminci– y unas impresionantes interpretaciones de Maria Heiskanen –también obtuvo su premio– y Mikael Persbrandt que dan consistencia a un drama intenso con marido alcohólico y maltratador y esposa que encuentra en la fotografía una vía de escape y un modo de congelar instantes de felicidad y amor secreto, todo bien ambientado en los convulsos inicios del siglo XX.

Por otro lado, Henrik Ruben Genz nos presentaba “Frygtelig lykkelig (Terriblemente feliz)”, un thriller con humor negro muy bien ambientado en un territorio fronterizo alejado de Copenhague, que recuerda al mundo retratado por los Coen en “Fargo”. Es la historia de Robert, un joven policía que llega a una localidad donde todos los problemas siempre se han resuelto al margen de la autoridad, y que se ve implicando emocionalmente en la vida del pueblo, entre los silencios de sus peculiares vecinos y la peligrosa proposición de Ingelise, una mujer maltratada por su marido. Muy bien armada en un guión que el Jurado premió, con numerosos giros –alguno un tanto forzado e inverosímil–, destaca su perfecta creación de atmósferas cerradas que asfixian a los personajes y al espectador y los empujan a no remover las aguas de la corrupción ni a desvelar los misterios que encierra la ciénaga y el pueblo.

Junto a las dos anteriores, hubo otra película que sobresalió aunque se fuera de vacío: la alemana “Cerezos en flor” de Doris Dörrie. Es la historia de un matrimonio a quienes la enfermedad y la muerte les abre los ojos para descubrirse de nuevo y disfrutar instantes de profunda felicidad, con unos hijos perdidos en sus muchos quehaceres y que no les pueden atender. Un choque de generaciones y de culturas que nos llevan al cine de Yasujiro Ozu y al “Lost in traslation” de Sophia Coppola en una road movie intimista y sensible donde el simbolismo japonés sirve para construir un bello canto al amor.

Entre lo pesado, lo fallido y lo despistado

El canadiense Atom Egoyan volvió a tratar el tema de la tolerancia y el diálogo en “Adoration”, así como la búsqueda de la identidad de un joven a quien se le ha transmitido la imagen de su padre judío como la de un fanático terrorista: una cinta excesivamente compleja en su estructura y ardua de ver, pero sin duda interesante. También Amos Gitai continuó en  “Plus tard, tu comprendas (Más tarde comprenderás)” su particular denuncia y búsqueda de la verdad de lo sucedido a los abuelos judíos del protagonista durante la ocupación nazi de París, con una investigación demasiado discursiva y prolija en sus diálogos, pesada y aburrida en su narrativa, sin fuerza emocional ni dramática, y con un continuo ejercicio formal del plano secuencia.

Igualmente densas y con una ambientación cargada de soledad y culpa fueron dos películas “de autor”: Mika Kaurismäki presentó “Kolme viisasta miestä (Los Reyes Magos)”, drama existencial sobre tres amigos que se juntan en Nochebuena para beber en un karaoke y abrir su alma en pena entre misterios y ocultas intenciones; y Rodrigo Plá trajo “Desierto adentro”, un plato fuerte sobre la culpa y la redención ambientado en el México de los años treinta, en plena guerra y persecución religiosa, con un hijo que recuerda la angustiosa religiosidad y el fanatismo de su padre, siempre en deuda con Dios y necesitado de recuperar la fe con sus propios méritos.

Por último, la Sección Oficial nos trajo a dos directoras noveles americanas, que no acabaron de convencer: Amy Redford –hija de Robert– en “The guitar” nos acerca a una joven con cáncer terminal a quien se le juntan todas las desgracias y que decide concederse todos los caprichos y perversiones sexuales. Y Jodie Markell, que disponía de un guión inédito de Tenessee Williams sobre los amores de una sureña con un joven trabajador de la plantación de su familia, y que cuenta con Bryce Dallas Howard en el reparto de “La pérdida de un diamante lágrima”, con un buen diseño de producción pero sin la ambientación cargada y opresiva típica del dramaturgo, tan necesaria para su crítica a una sociedad cerrada e intolerante. Fallidas fueron las propuestas de Tom Schreiber con “Dr. Alemán” y de Ezio Massa con “Villa”, mientras que la española “Animales de compañía” de Nicolás Muñoz era la única comedia y arrancó bastantes risas en la sala con un guión ágil e interpretaciones con chispa en torno a una familia que se junta para celebrar el cumpleaños del padre y que se acaba lanzando los muebles a la cabeza: entretenida y correcta película… aunque quizá se equivocara de escenario.

Otras secciones, ciclos y proyecciones especiales

En la sección paralela (Punto de Encuentro) se presentaron 17 películas a concurso –9 de ellas óperas prima– y también aquí predominan los dramas y se advirtió la fuerte presencia española con cinco representantes, tres de ellas gallegas: Ángel de la Cruz hablaba de mariscadores y funerales en “Los muertos van deprisa”, Rubén Zarauza se servía de Luis Tosar para dar un tono mágico-bohemio a “La noche que dejó de llover”, y Paula Luque tenía a sus órdenes a Eduard Fernández en “El vestido”. El público premió, sin embargo, a “Íntimos y extraños” del vallisoletano Rubén Alonso. De Australia llegaba Paul Cox con “Salvation”, drama redentor ambientado en Rusia sobre una ex-prostituta, y desde Canadá Denis Côté ofrecía “Todo lo que ella quiere”, película con la que fue premiado en Locarno como mejor director.

Y en la sección Tiempo de Historia que alberga cine documental, la variedad temas políticos y socio-culturales era la tónica dominante como de costumbre: la ecología o la inmigración, el conflicto árabe-israelí y las inundaciones de Nueva Orleans, la explotación infantil o el terrorismo de ETA, el problema del agua (“El agua de la vida”, producida por Elías Querejeta), e incluso una visión hollywoodiense crítica con la dictadura de Franco. La triunfadora fue “33 yaoum” de Mai Masri, centrada en la historia en cuatro supervivientes de la guerra que Israel libró en el Líbano en el 2006.

La Seminci se completó con una retrospectiva sobre el director y escritor Gonzalo Suárez proyectando 14 largometrajes y 2 cortos de sus cuarenta años de trabajo; con el ciclo “Matar al padre” donde se emparentaba a Shohei Imamura y Bo Widerberg como ejemplos de cineastas que reaccionaron contra sus maestros y padres artísticos, Ozu y Bergman respectivamente; y con el ciclo “Matrimonio a la italiana” con 3 cortos y 11 de los 17 largometrajes en que Marco Ferreri y Rafael Azcona trabajaron juntos, además del documental “Irreverente Ferreri” de Maite Carpio. Como en otras ediciones, la sección “Spanish Cinema” recogió algunos títulos nacionales del año, las nuevas tecnologías tuvieron su ciclo sobre “Animación en 3D” con varias proyecciones y conferencias ilustradas, y la ECAM de Madrid presentó los trabajos de la última promoción.

La novedad de este año fue la actividad “Sesión de medianoche”, que ofreció algunas proyecciones especiales fuera de sección y competición: la provocadora, sugerente y polémica película alemana “La Ola” de Dennis Gansel, la española “Los años desnudos (clasificadas S)”, el documental argentino “El café de los maestros” con el tango de protagonista, “La mala” con la cubana Lena –que también cantó en la Gala de inauguración de la Seminci–, o la esperada “Bella” que venía de triunfar en Estados Unidos con Eduardo Verástegui como estrella. Pero quizá el mayor privilegio fue poder asistir a la proyección de tres películas con música en directo, en especial a la sesión de “Metrópolis” (1920) de Fritz Lang con la partitura original interpretada por la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, después de ver gran parte de los fotogramas recientemente recuperados en la Filmoteca de Buenos Aires. También se proyectó “Der Golem” (1927) de Paul Wegener con música en directo del guitarrista norteamericano Gary Lucas, y la taiwanesa “Goodbye dragon inn” (2003) con una banda sonora creada para la película.

Esto y mucho más pudimos ver en este primer año de Javier Angulo en su búsqueda de la Espiga perdida desde hace tiempo. Apostó por lo nacional y seguirá haciéndolo, sin duda, porque para empezar ya ha anunciado una retrospectiva de Carlos Saura para la próxima edición. También ha adelantado su voluntad de rendir homenaje al cine de la Nouvelle vague francesa. Habrá que darle un margen de confianza y un año entero para preparar la Semana, conscientes de que en esta se han visto intentos y muestras de cambio, con películas aceptables aunque ninguna haya sido extraordinaria.

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