Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Seminci’50 (21 – 29 Octubre 2005)

Viernes 21 de octubre: Introducción y apertura

Mucho se espera de esta nueva edición de la Seminci, y no sólo porque celebre su 50 cumpleaños sino también porque en su seno ha habido cambios importantes, después de varios lustros bajo la batuta de Fernando Lara. Le ha sucedido Juan Carlos Frugone, quien tiene la misión de mantener el nivel alcanzado por su predecesor. Ya en sus primeras entrevistas insistió en que el Festival mantendrá su apuesta por la calidad y el amor al cine con mayúsculas, es decir, su preferencia por el cine de autor y comprometido, aunque también ha dejado claro que esto no está reñido con traer iconos y personalidades que acerquen más el cine al espectador de la calle. Difícil tarea la de conseguir una buena convivencia entre la industria y el arte: habrá que ver cómo se desarrolla ésta y las siguientes ediciones para emitir un juicio sobre el particular. En la edición en que nos encontramos, mucho se lo encontró ya programado y no habrá tenido más que confirmar todo lo preparado para estas Bodas de Oro, al margen de hacer la selección de las películas que vienen en competición.

Aparte de la Sección Oficial –que iremos comentando conforme avance la Semana-, Frugone y su equipo han reunido un puñado de cintas atractivas para la sección paralela –aquí llamada Punto de Encuentro-, con títulos de Amos Gitai (Free Zone), Xiaoshuai (Qinghong) o el primer capítulo de la serie que Campanella realiza para Tele 5 (Vientos de agua). Seguro que más de una podría –o debería- estar en la sección principal. También será competitiva la Sección de Cortometrajes, pequeñas dosis d ebuen cine en muchas ocasiones.

También habrá joyas en la Sección Tiempo de Historia, con películas que denunciarán sin ambajes los abusos del pasado o se comprometerán con los problemas del presente. Ahí estarán títulos como La dignidad de los nadies de Fernando Pino Solanas en torno a la globalización neoliberal padecida en Argentina, Trece entre mil de Iñaki Arteta sobre el terrorismo de ETA, el ensayo cinematográfico Cinestas en acción de Carlos Benpar, o la mirada multicultural y religiosa a la Pasión de Cristo (de Gibson) The Big Question de los italianos Francesco Cabras y Alberto Molinari.

Sin embargo, la novedad del 50 Aniversario está en el ciclo “50 años amando el cine“, auténtico lujo que hará disfrutar a cualquier amante del buen cine. Aquí no hay riesgo sino homenaje a aquellas películas que a lo largo de este medio siglo han removido las estructuras del Séptimo Arte, bien porque Valladolid les sirvió de escaparate y se las ofreció al mundo, bien porque dejaron un reguero del que otras muchas se aprovecharon después, o por haber obtenido la Espiga de Oro –o Lábaro, como se llamaba cuando la Seminci era “Semana de Cine Religioso y de Valores humanos”-. Serán 60 películas de otros tantos directores –como se ve, siempre cine de autor-, con títulos tan apetecibles como Dies irae (Dreyer), El apartamento (Wilder), Caro Diario (Moretti), Las noches de Cabiria (Fellini), El séptimo sello (Bergman), El proceso de Juan de Arco (Bresson), Sacrificio (Tarkosvki), Charada (Donen), La vía lactea (Buñuel), El empleo (Olmi), La naranja mecánica (Kubrick), o las más recientes Italiano para principiantes (Scherfig), Una historia verdadera (Lynch) o Bailar en la oscuridad (Lars von Trier)… Serían muchos los títulos, y todos de primer orden. Es una pena –y una alegría- que la programación sea tan extensa como para ver todo lo que uno desearía.

También estará la Sección de Spanish Cinema con títulos nacionales del último año, como Heroína (Gerardo Herrero), Obaba (Armendáriz) o Frágil (Juanma Bajo Ulloa). En el apartado de Escuelas de Cine, tanto la de Ponferrada como la ECAM madrileña tendrán su espacio para mostrar las prácticas de sus alumnos. El gran ausente respecto a ediciones anteriores es el dedicado a la cinematografía de un país invitado, pero la coyuntura exigía recortar por algún sitio, y en el futuro Dios dirá qué pasa con esta sección.

Por lo pronto, la ciudad ha amanecido inundada por carteles anunciadores de la Seminci, marquesinas en forma de tira cinematográfica, bobinas gigantes por las plazas o espigar monumentales en los lugares más insospechados. En resumidas cuentas, a  nadie le pasa por alto el carácter especial de esta Semana, como bien dejó claro Isabel Coixet en su corto promocional de la Semana que realizó: esperemos que sea para bien. La acogida del equipo organizador ha sido excelente, como es habitual, y todo se completa con la presencia de muchos directores y actores, dispuestos a las preguntas de la prensa y al gozo de los aficionados: Costa-Gavras, Ang Lee, los hermanos Dardenne o Saura serán algunos de los que acudan al Festival.

Este año Costa-Gavras era el encargado de abrir la Semana con Arcadia, fuera de concurso. Los acreditados de prensa pudimos ver con cierta anticipación cómo el director de “Missing” ha preferido en esta ocasión mirar hacia lo social y abandonar la línea política que abandera. Nos ha ofrecido una comedia de humor negro en la que indaga en las consecuencias de una economía capitalista y globalizadora llevada al extremo: un alto ejecutivo es despedido como consecuencia de la deslocalización de su empresa papelera; angustiado tras dos años en paro y muchos currículum enviados, tendrá la peregrina idea de ir “liquidando” a todos los competidores que pueden arrebatarle un puesto de trabajo que tanto ansía; por medio quedarán cadáveres, un matrimonio a punto de romperse…, pero sobre todo individuos deshumanizados, perdidos en su afán de triunfar y ganar dinero. Como el propio director comentó en la rueda de prensa, es más una película humanista que política, pues detrás de esta fábula amoral –el protagonista no es muy ejemplar, claro está- se esconde un mensaje moral: encontrar la humanidad perdida, poner las cosas en su sitio, y saberse conducir en la adversidad. Insistió Costa-Gavras en que el problema –y la solución- está en el propio individuo que se pierde en el consumismo y el hedonismo, algo que queda reflejado en abundantes detalles que hablan de un buen trabajo de diseño de producción. En esta ocasión,  se aleja de la denuncia directa y frontal, y opta por la fina ironía y los dobles sentidos, con gags verbales llenos de cinismo, al estilo de Wilder. No en vano, son estos golpes y la buena interpretación de José García lo que en muchos momentos sostienen una trama que peligra en lo repetitivo (son varios los contrincantes a los que hay que hacer desparecer), y un guión que –aunque mantiene bien el ritmo narrativo- ha caricaturizado en exceso y no construir adecuademente al protagonista, al dotarle de una ingenuidad e inmadurez poco verosímiles. Pero ha sido una película vista con gusto y que ha provocado más de una carcajada, inteligente y profunda, y también con un toque esperanzador, algo a lo que el director griego-francés no nos tiene acostumbrados.

La otra película vista en la Sección Oficial ha sido Ping Pong Mongol de Hao Ning, una vuelta a la inocencia primigenia de la realidad, vista en esta ocasión a través de la mirada de unos niños mongoles. Con una depurada estética basada en planos fijos y amplias panorámicas, y sirviéndose de un tono documental se acerca pudorosamente a un universo sin contaminar por la civilización: el director chino desarrolla una historia mínima en torno a la novedad que supone la aparición de una pelota de ping pong en la estepa asiática. En realidad, estamos ante un retrato psicológico de unas vidas en libertad, que no encuentran respuestas para preguntas, con misterios que exigen una búsqueda y un peregrinajes a través de las praderas esteparias. Realizada con extrema sencillez y respeto hacia lo natural, se convierte en ejemplo de cine que sabe conectar lo nuevo y lo de siempre, la modernidad y la tradición.

La cartelera de mañana se presenta con títulos avalados por directores de prestigio, y también por los premios obtenidos en otros festivales: es el caso de Brokeback Mountain de Ang Lee (León de Oro de Venecia) o de L’enfant, de los belgas Dardenne (Palma de Oro en Cannes). También veremos Elsa y Fred, del argentino Marcos Carnevale; y La espada oculta, del japonés Yoji Yamada.

Sábado 22 de octubre

La organización nos había preparado para hoy una selecta y atractiva programación en la Sección Oficial, nada menos que con los dos máximos galardones de Cannes y Venecia –aquí fuera de concurso-, y otras dos películas que en principio aparecían comparsa a las de Ang Lee y los Dardenne. Al final, de un modo u otro, han resultado cuatro historias de amor, aunque de orientación, cultura y estética muy dispares.

La mañana se abría con la ganadora del León de Oro, Brokeback Mountain (En terreno vedado) de Ang Lee, cineasta taiwanés que –como declaró más tarde- un día decidió irse a los Estados Unidos, atraído por la precisión con que se preparaban los elementos técnicos y guiones –él lo llamó “el subtexto”-. Efectivamente, su última película goza de todas las virtudes y también de todos los defectos del cine más típicamente americano. A un control y cuidado exquisito de lo técnico-artístico, se le añade la facilidad para caer en tópicos de lo políticamente correcto y repetir esquemas seguros en aras de una taquilla que acaba por imponer sus reglas. Una excelente fotografía y unas localizaciones hermosas en la América profunda, una planificación cuidada y una música envolvente sirven para contar la historia de una relación homosexual entre dos vaqueros. Se ha dicho que, por primera vez, el western se atrevía a tocar un tema prohibido por el puritarismo americano, no sabemos si como llamada a un público desorientado y deseoso de lo novedoso. En la rueda de prensa, se habló incluso más del tema –la posible represión y censura que pudiese sufrir la cinta- que de la propia película: Lee dejó claro que no había tenido prohibiciones para su distribución, y sólo alguna disparidad en pequeñas comunidades que tenían otra sensibilidad pero nunca fundamentalistas.

Centrándonos en la película, el director de “Tigre y dragón” nos presenta a dos individuos solitarios y de infancia difícil, que al poco de conocerse entran en una espiral de autodestrucción una vez que se dan rienda suelta a su mutua atracción, y del rechazo que su comportamiento comporta en la mentalidad tradicional. Un comienzo parsimonioso y cansino –no lento, que en ocasiones es necesario- durante su trabajo de guardianes de ovejas deja paso a un cuerpo central de fuertes elipsis temporales que evidencian los espaciados y furtivos encuentros a que la sociedad les obliga; ambos se han casado y formado una familia –todo hay que decirlo, con distinta suerte en lo que al amor y fortuna se refiere-, y quizá sea en la relación con sus mujeres donde más autenticidad tenga la película: el dramatismo y desgarrón en un caso, o la hipocresía y vacío en el otro muestran el distinto carácter y modo de afrontar la situación de los dos vaqueros. Esta carga psicológica de los protagonistas da cierta profundidad a un relato clásico para un planteamiento cargado ideológicamente, y que dista mucho de lo que los héroes a que John Wayne, James Stewart o Henry Fonda nos tenían acostumbrados. Una película que, al menos a quien escribe, le ha decepcionado después de tanto premio y publicidad.

De otro estilo es la tercera película del argentino Marcos Carnevale, Elsa y Fred. Una tierna, emotiva y divertida historia de amor en la tercera edad, de dos seres antagónicos en su modo de vivir y en su modo de mirar a la muerte. Con el habitual toque de nostalgia y de gracejo argentino, el director da una lección de humanismo sirviéndose de Alfredo, un viudo hipocondríaco y apagado por la reciente pérdida de su mujer, y Elsa, una mujer vitalista que oculta una enfermedad terminal bajo entusiasmos e ilusiones, como la de ir a La Fontana de Trevi para revivir la escena de “La dolce vita” de Fellini. Vidas que se necesitan para aprender a vivir o morir, porque nunca es tarde para subirse al tren del amor. Un guión ágil y diálogos llenos de comicidad y frescura con unas interpretaciones antológicas y sin desperdicio: China Zorrilla y Manuel Alexandre trabajan los papeles de su vida –que no es poco decir, dada su dilatada y prestigiosa carrera-. Dos horas que se pasan volando, y que suponen un descanso y gozo para el espectador que llegaba del tórrido romance anterior.

Los hermanos Dardenne venían de ganar su segunda Palma de Oro con L’enfant. Su inconfundible sello queda impreso en este nuevo drama social que mira a gentes marginados, víctimas del sistema. Aquí, Bruno es un joven inmaduro e inconsciente, que vive del subsidio de su novia Sonia y de los pequeños robos que trama a diario en un mundo de mafias callejeras. Habituado a negociar con lo robado, intentará vender “en adopción” al bebé que su novia ha tenido, y ahí comienzan una serie de avatares que los directores muestran con dramatismo, pero con humanidad y comprensión hacia sus personajes: incluso en el propio Bruno, a pesar de su acción desalmada, saben descubrir un buen fondo que le permitirá madurar y aprender a amar. Realismo social mostrado con su habitual cámara nerviosa que sigue a los personajes allá a donde van, con preferencia por los primeros planos, y unas interpretaciones llenas de veracidad.

Otra obra maestra nos ha traído Yoji Yamada con La espada oculta, aunque en las antípodas estéticas de L’enfant. El director nipón continúa su indagación en el Japón tradicional que busca modernizarse sin perder sus valores autóctonos: castas y clanes, señores feudales, samuráis y criados para una historia llena de humanidad en que Katagiri encarna el honor y el código de conducta del samurai, al que se suma aquí un elevado sentido del valor de la vida –y el rechazo a las armas o al harakiri- , un respeto hacia la mujer y las clases inferiores o un alto sentido de la amistad, elementos ya vistos en El ocaso del samurai. Y, de nuevo, una historia de amor personal se mezcla con las luchas intestinas feudales, pero ahora con un toque cómico que oxigena el dramatismo de una puesta en escena muy cuidada, de composiciones equilibradas y una estructura narrativa clásica.

Con lo visto hasta ahora, la Seminci está obteniendo una elevada nota en esta celebrada edición. Al margen están otras circunstancias que los asistentes agradecemos de veras, como haber conseguido disponer de subtítulos en castellano para todas las películas, y prescindir de la traducción simultánea: si se mantiene hasta el final -y parece que sí-, será una novedad que Frugone habrá traído consigo.

Domingo 23 de octubre

A la Sección Oficial se le ha dado un día de respiro, y sólo se ha proyectado –como primer pase- una película a competición, Agua de la india Deepa Mehta. Hoy, la Organización decidió dedicar buena parte del día a actos institucionales, y permitir que acudiese a éstos quien lo deseara entre los acreditados. Por la mañana fue la recepción en el Ayuntamiento y entrega de Espigas a los colaboradores de la Seminci, mientras que por la tarde se tuvo una mesa redonda con la presentación del libro conmemorativo de los 50 años, escrito por César Combarros, y que venía a ser un resumen gráfico de medio siglo, con recuerdos de tantos hombres y mujeres del cine que han pasado por el Festival.

Uno de los momentos esperados era la rueda de prensa con Jean-Pierre y Luc Dardenne, directores de L’enfant, proyectada ayer fuera de concurso. Poco sacamos en claro los asistentes, en un breve coloquio con cinco o seis preguntas respondidas de manera tan escueta y lacónica que hacía pensar en que los directores belgas no estaban muy dispuestos a reflexionar sobre su cine. Sí quedó claro su interés por personajes solitarios y jóvenes, al ser una edad propensa a los cambios y donde se podía reflejar el esfuerzo por salir de la soledad y entrar en contacto con el entorno. También resaltaron la prioridad que tenían por tratar cuestiones sociales con implicaciones morales –sin intención de dar lecciones ni mensajes morales, por supuesto-, por encima de cualquier planteamiento personal de la historia: de hecho, comentaron cómo el protagonista de “L’enfant” ya estaba involucrado en las mafias de robos antes de la venta del niño, queriendo con ello resaltar el clima social de soledad y desvalimiento en que se movía. Como novedad de la película proyectada, comentaron que habían tenido la necesidad de hacer un esbozo de los protagonistas de manera más reposada y pausada, por el simple hecho de ser dos los personajes que interesaban –los padres de la criatura- y no uno como en las anteriores películas. En efecto, así sucede pues en su factura permanecen fieles a un estilo austero y realista, de pocos diálogos y con personajes que buscan expresarse con gestos y con los movimientos del propio cuerpo.

Como decía, el cine de la India ha sido la nota exótica –nunca mejor dicho- del día. Deepa Mehta nos ofrecía la tercera película de la trilogía que inició con “Fuego” y “Tierra”. Ahora, en Agua ha querido acercarse en tono de denuncia social a la alarmante situación en que se encuentran las viudas en su país. Situando la acción en 1938, en pleno movimiento de emancipación con Ghandi al frente, nos presenta a una niña de 8 años que acaba de enviudar y ser conducida a un ashram, casa en la que permanecerá de por vida como mujer consagrada a la memoria del fallecido. Así lo establece la tradición, aunque la realidad sea más bien otra, pues la corrupción ha convertido el lugar en una cantera de prostitución que sirva de como fuente de ingresos para su mantenimiento. No es Bollywood, pero Agua también tiene su historia de amor romántico, aunque con aires fatalistas al estilo de Romeo y Julieta; y también goza de todo el colorido y vistosidad propio de la cinematografía india. Fotografía preciosista y el agua como elemento de purificación y metáfora de una nueva vida que debe sustituir a otra caduca: aquí la directora hace una distinción interesante al hacer precisar a uno de sus personajes que sólo hay que cambiar las tradiciones malas porque también las hay buenas; y también parece señalar que la modernización pasa por hacer una adecuada interpretación de los textos sagrados, libre de intereses particulares, y sin abandonarse a una mentalidad occidental que tiene sus propias carencias.

Entre lo que la sección Punto de Encuentro ofrecía, dadas las circunstancias del día, hemos podido asistir a la proyección de dos películas que no pasan de discretas. Por un lado, de Uruguay llegaba Ruido, dirigida por Marcelo Bertalmío: un entretenido divertimento acerca de un infeliz perdedor que acaba trabajando como inspector de anti-ruidos e involucrado en deshacer enredos a personas a los que se había comunicado que les quedaban pocos días de vida; aunque no se trata más que de una serie encadenada de gags y comentarios hilarantes, hay que reconocer que hace pasar casi dos horas de esparcimiento, con sano humor y un sentido positivo de la vida y de la amistad. En el otro extremo estuvo Helada, de la británica Juliet Mokoen: Kath ha perdido a su hermana de manera misteriosa e inicia unas pesquisas en que se mezclan realidad e imaginación enfermiza; se trata de un thriller psicológico y también del drama personal de una joven traumatizada, con abundantes elementos simbólicos y surrealistas en torno a la muerte y el más allá, y rodeada de una atmósfera confusa de asesinatos sin resolver y romanticismos victorianos.

Por fin, mañana tendremos oportunidad de ver una de las dos películas españolas a competición en la Sección Oficial, Vida y color de Santiago Tabernero. En cierta medida, podremos comprobar el estado de salud de nuestro cine.

Lunes 24 de octubre

Era difícil que la Sección Oficial mantuviera el listón tan alto como lo había puesto en los días pasados. No ha sido un día para recordar en lo que a la calidad del cine se refiere: igual es que nos hemos vuelto muy exigentes, pero pienso que no, que las proyectadas hoy se irán de vacío, y que los espectadores únicamente hemos pasado un rato entretenido, cuando no aguantado estoicamente o abandonado la sala por sentido de la dignidad.

Esto último es lo sucedido con En la cama, película del chileno Matías Bize. Cuenta la historia del encuentro sexual de dos jóvenes, que no se conocen y que alquilan una habitación en un motel para tener relaciones, intercaladas con conversaciones insustanciales sobre su pasado amoroso y sus deseos insatisfechos. La vaciedad de diálogos y contenido, la descuidada planificación y puesta en escena, y la poca calidad cinematográfica hacen que uno tenga la impresión de que le están dando gato por liebre, y el convencimiento de que el cine es otra cosa, y que hay mejores formas de emplear el tiempo.

Si hace dos años, Bent Hamer se llevó la Espiga de Plata con “Historias de la cocina“, no parece que en esta edición vaya a repetir con Factótum. El título hace referencia a un hombre que es capaz de hacer cualquier trabajo que le permita vivir sin dejar sus grandes pasiones: el juego, la bebida, las mujeres…, y escribir. Es la triste historia de quien decidió que nada -salvo eso- le importaba, de quien no pretendía permanecer en el mismo trabajo o con la misma mujer, de quien tomo como lema el llegar hasta el final en su propósito: la publicación de uno de sus relatos. El director noruego abandona aquí el sentido humano salpicado de un fino, inteligente y lacónico humor de que hizo gala en su anterior film, para adentrarse en territorios sórdidos, en los laberintos emocionales de un perdedor, en unos submundos que serían propios del mismísimo Huston. Es el universo de un artista a la deriva, de un hombre desarraigado, convencido de su modelo vital frente al mundo, de alguien que siente un desgarro interior y que no está dispuesto a sustituir la poesía a la que aspira por la prosa anodina que le rodea. El guión, lánguido en algunas fases, incide una y otra vez en lo mismo y hace que la historia se empantane y no discurra con fluidez, aunque sí logre trasmitir al espectador un pesimismo y desazón que dejan muy mal sabor de boca.

La participación española llegó con Vida y color, de Santiago Tabernero, reconstrucción costumbrista de la vida de un barrio obrero de las afueras de Madrid, poco antes de la muerte de Franco, vista a través de los ojos de un niño llamado Fede. El director ha recalcado que su intención no era hacer un retrato realista de esos momentos sino una fábula poética y un cuento de iniciación. Lo cierto es que más bien parece un colección de tópicos sociológicos de la época, bien seleccionados y cuidadosamente engarzados en la historia, pero que no van más allá de un capítulo de la serie “Cuéntame”: la tele en color y los programas de Félix sobre animales, el niño arrinconado y los consabidos juegos de barrio, la casadera y sus pretendientes, el pasado de  la Guerra civil que sigue enfrentando a los viejos del lugar… cromos de una época que se traen y se llevan, pero que nunca llegan a servir para que el espectador penetre en la mentalidad infantil de quien los observa; más bien, la cámara parece recordar nostálgicamente momentos vividos, ahora puestos en color. Aunque la historia comienza de manera amable, pronto se introducen elementos que generan un aire de misterio –con una música que se subraya en exceso y que se introduce un tanto abruptamente-, y que más tarde la harán discurrir por territorios dramáticos previsibles. La película tiene su enfoque metafórico para hablar de la vida y sus etapas, del terminar una colección de cromos como señal de maduración personal, del olvidar y perdonar los agravios del pasado, pero esa es otra lectura. Intento plausible de entrar en el mundo interior del protagonista y de la España del momento, que se debe conformar con ser un entrañable retrato de los problemillas infantiles y de las crónicas de un pueblo.

Confiamos que mañana el Festival levante el vuelo y podamos disfrutar más que hoy. El programa incluye tres películas de sabor francófono: Haneke, Ozon y Saleem nos ofrecerán Escondido, El tiempo que queda y Kilómetro Cero respectivamente.

Martes 25 de octubre

Como decíamos ayer, el francés ha sido el idioma del día en buena parte de la Sección Oficial. Hemos visto cómo François Ozon continúa con El tiempo que queda su trilogía sobre la muerte, iniciada con “Bajo la arena“. Esta vez, ha elegido el género del melodrama para presentar los últimos días de un joven fotógrafo, gay y drogadicto, al que le diagnostican un cáncer terminal. El niño mimado del cine francés mantiene su interés por adentrarse en el mundo afectivo homosexual, y ver cómo este egocéntrico y arrogante personaje afronta el dolor y una muerte cercana, y cómo se niega a luchar por sobrevivir. Resulta evidente su conexión con Bergman y Fresas salvajes a la hora de hacer recordar al enfermo sus momentos felices de la infancia, pero carece de la fuerza dramática de aquél y los flash back no pasan de ser meros insertos que aspiran a trasmitir poesía y sensibilidad. Es posible que el protagonista sea un factor decisivo, pues el rostro del Melvil Poupad no tiene la intensidad emocional de que hacía gala Victor Sjöstrom, pero la realidad es que no alcanza más que esporádicos momentos de emotividad –como en la escena final-, y son muchos los que dejan ver un intimismo superficial, cuando no explicitud en las secuencias sexuales. Por otro lado, no resulta convincente su reacción ante el anuncio de una muerte próxima, por mucho que quiera ocultar la noticia a su familia –sólo se lo comunica a su abuela, por la afinidad de ver la muerte a la vuelta de la esquina- y del deseo de mantener su vida inalterable; ni tampoco resulta verosímil la subtrama de la pareja que le solicita, “en régimen de alquiler”, que les proporcione el hijo que el estéril marido no puede dar a su mujer: intentos de dar humanidad a una muerte anunciada, pero que no pasan de ser epidérmicos. Las fugaces apariciones de grandes actrices como Jeanne Moreau, Marie Riviére o Valeria Bruni-Tedeschi no logran por sí mismas dar consistencia a una película al que le falta fuste dramático para abordar la muerte y las secuelas de ésta.

Mayor profundidad psicológica tiene la película de Michael Haneke, quien nunca ha dejado de descolocar e inquietar al espectador. Ahora, con Caché (Escondido) vuelve a llevarle de sorpresa en sorpresa con un thriller de terror psicológico, desarrollado a partir de un guión muy trabajado. Con un ritmo ajustado que sabe generar misterio, angustia e inquietud, el director austriaco dosifica milimétricamente la información, con planos que no tienen desperdicio y silencios llenos de contenido; acierta a colocar la cámara donde mejor genere desasosiego como si de una mirada exterior se tratara, y también sabe tomarse el tiempo necesario para traspasar al espectador los miedos de un matrimonio –de buena posición social y con un hijo- que empieza a recibir vídeos y mensajes anónimos de difícil interpretación. El sentirse vigilados y ser objeto de un juego desagradable se transforma en alarmante preocupación cuando comienza a afectar a su propia familia o a traer recuerdos traumáticos del pasado. La sensación de culpa y el miedo a perder lo que se tiene se convierten –junto a la intolerancia con los inmigrantes- en los temas que Haneke ha querido abordar en esta impactante película, en que las interpretaciones de Auteuil y Binoche refuerzan el verismo de unas imágenes en que el director mezcla lo objetivo y lo subjetivo, el presente y el pasado, imágenes reales y virtuales, a la vez que introduce elementos surrealistas y premonitorios hasta concluir con un final desconcertante. Cine desestabilizador y provocativo para un público dispuesto a cuestionarse la realidad y a reflexionar, aunque sea a través de la mirada nada complaciente del director de “Código desconocido”.

De la Sección Oficial de Cannes llegaba la cuarta película del kurdo Hiner Saleem, y primera rodada en su país tras la guerra de Irak. Kilómetro cero es una aproximación, en clave de comedia, al drama del pueblo kurdo: parte de la historia de un joven esposo que quiere huir del país, pero que choca con la negativa de su mujer a irse mientras viva su anciano padre…; llevado al frente de batalla, su esperanza es ser herido para poder volver a su pueblo, aunque la suerte hará que una misión de trasportar el cadáver de un mártir se le presente como una vía de huida… Con un tono de comedia disparatada, con situaciones esperpénticas y personajes un tanto patéticos –que recuerdan en algún aspecto a Kusturica- , Saleem se acerca a la dura realidad de una guerra fratricida de kurdos y árabes en el Irak de Sadam. La película está rodada en exteriores naturales y con escaso presupuesto, con una mirada incontaminada y libre de prejuicios para abordar un tema doloroso para Europa; quizá ello explique su selección en grandes festivales -además de aportar una nota de exotismo-, porque calidad tiene la justa y poco más.

Mañana, España estará presente con dos co-producciones: Carlos Saura presenta un nuevo acercamiento a la música y el baile con Iberia, y la argentina Julia Solomonoff la película Hermanas. La tercera a competición será Conversaciones con otras mujeres, del americano Hans Canosa.

Miércoles 26 de octubre

En estos momentos, cuando la unidad nacional está tan debatida, dos artistas vienen a hablarnos de ese sentido universal de lo español a partir de la riqueza cultural que hay en la diversidad regional. Sus nombres son Isaac Albéniz y Carlos Saura, su lenguaje el de la música y el baile, y su obra Iberia, que ha sido presentada hoy a competición en la Seminci. Es bien conocida la pasión del director de Carmen por el flamenco y las raíces culturales que lo soportan, y también su deseo de trabajar con una libertad que le permita experimentar y poder trasmitir la vida artística. En la película que ahora realiza hace un viaje con el compositor a través del flamenco, pero también del ballet clásico y del baile español, y deja su cuidado sello en  un diseño de producción minimalista, muy visual, con luces cambiantes y espacios que se reordenan continuamente. Opta por colocar la cámara a modo de intruso en los ensayos de los artistas, como queriendo no perturbar el embrujo inspirador, y filma el espíritu del Albaycín, de Aragón, de Sevilla, de Asturias… Bailarines como Sara Baras, Aida Gómez o Antonio Canales, cataores como Enrique Morente, guitarristas como Manolo Sanlúcar o pianistas como Rosa Torres tienen su momento estelar para marcar un tempo lleno de ritmo y genio. Como obra artística, la película se sirve de sus protagonistas-artístas y de una puesta en escena muy libre e esteticista, un montaje que respeta los ritmos musicales, fotografías perfectamente integradas en la obra total, y una respetuosa fascinación por el trabajo creativo los intérpretes. Cine especial y minoritario por la materia y la sensibilidad que exigen, ejemplo de buen hacer y amor a la cultura nacional.

De otro tipo era la película Hermanas, de la argentina Julia Solomonoff: una nueva aproximación a la dictadura militar de su país, con sus tensiones y represiones, o sus personas desaparecidas y exiliadas. Pero en esta ocasión, importa más la historia familiar de dos hermanas, separadas desde hace nueve años y que ahora vuelven a verse en Texas: Natalia se exilió a España, trabaja por el mundo como periodista, y mantiene vivos sus ideales revolucionarios así como su voluntad de saber quién delató a su novio; Elena es una mujer felizmente casada para quien su familia, el orden y la estabilidad son lo prioritario. Son mundos opuestos sobre los que sobrevuela un misterio y un sentido de culpa que es necesario curar. Ambas se necesitan aún sin saberlo, porque desde su separación han vivido atrapadas por el dolor y la dictadura. El reencuentro y la mirada de Tomás, un niño de 8 años, servirá de “puente” –según declaraciones de la directora en la rueda de prensa- y ayuda para esclarecer ese fantasma y mirar al futuro sin resentimiento, para que una se libere de la culpa y la otra entienda que el afecto que necesita está en la única familia que tiene. Solomonoff ha construido magistralmente la historia, con un guión reescrito en varias ocasiones –según comentó, en su afán de encontrar el equilibrio necesario entre las miradas de las dos protagonistas- y que sabe dar la justa información al espectador para que vaya reconstruyendo el pasado y se meta en la historia de lleno. La película va y viene en el tiempo, gracias a una cuidada fotografía con filtros y texturas distintas para el tiempo actual y para los años setenta. Aunque cae en algún tópico fácil, los personajes están muy bien construidos y se esfuerza por no caer en posturas maniqueas, tratando con respeto a cada postura vital;  aún están mejor interpretadas por dos actrices, Ingrid Rubio y Valeria Bertuccelli, que sintonizan perfectamente entre ellas y dan credibilidad a los sentimientos que sus vidas esconden. Historia personal en medio de otra socio-política para una película que gustó a los asistentes, y que sorprende por la madurez al tratarse del primer largometraje de su directora.

La representación americana de cine independiente ha corrido a cargo de Hans Canosa con Conversaciones con otras mujeres. Lo más novedoso es su aspecto formal, con la pantalla dividida en dos partes desde el inicio: unas veces, la misma escena es contemplada desde ángulos distintos y complementarios de forma que el plano-contraplano de la conversación se hace innecesario; en otras ocasiones, cada mitad avanza a un ritmo temporal diferente, con lo que el espectador contempla la acción de una manera retardada o premonitoria –como se prefiera-; o también sirve para romper las distancias espacio-temporales y contar dos historias semejantes pero sucedidas en diferente tiempo y lugar. Y es que la historia contada es la de una pareja que se conoce en una boda, y que entra al juego de la seducción durante la noche previa a la partida de ella para Londres, donde la espera su marido y su hijo. Al poco tiempo, el espectador descubrirá por la conversación que, en realidad, se trata del reencuentro de un matrimonio fracasado hace diez años, que desde entonces han buscado la felicidad posible por su cuenta, y que albergan la esperanza de volver a rehacer sus vidas juntos. Entonces es cuando cobra sentido la partición de la pantalla, como recurso formal para expresar esa posible vida en común, ahora fracturada e imposible de recomponer, por mucho galanteo y relación sexual que haya. No son los jóvenes idealistas de antaño, sino que el tiempo les ha cambiado y vuelto algo escépticos acerca de la fidelidad al amor. Además del valor de esta propuesta un tanto experimental, destaca la elaboración de un guión bien construido, con diálogos inteligentes y hábiles, tan sugerentes como cínicos, que juegan con el doble sentido y la doble verdad –es decir, con la mentira-, con el engaño y el auto-engaño como maneras de conducirse. En definitiva, Canosa elabora una propuesta atrevida y con cargas de profundidad no exentas de melancólica y un pesimismo acerca del amor. Con todo, no parece una película para el gran público, precisamente por esa complejidad formal.

El penúltimo día de programación de películas a competición nos traerá mañana la segunda aportación española, Segundo asalto de Daniel Cebrián. También veremos Banquete de boda, del belga Dominique Beruddere.

Jueves 27 de octubre

El reencuentro de un padre y un hijo ha sido el tema de las dos películas de hoy en competición de la Sección Oficial, aunque desde estéticas diferentes y con una resolución distinta.

Por su parte, el director belga Dominique Deruddere adapta al cine el cómic Luna de guerra del artista gráfico Hermann y del escritor Jean van Hamme, para realizar Banquete de Boda, una tragicomedia contemporánea sobre la violencia, aunque también en torno a la maduración, encuentro y aceptación entre un padre y su hijo. Tras la boda de Mark y Sophie, los invitados se dirigen al restaurante para la celebración del habitual banquete. Pronto queda patente la extravagancia de Hermann, el padre de Mark, acostumbrado a salirse siempre con la suya, aunque sea a por medio de escopetazos. Todo se tuerce definitivamente cuando en el aperitivo, el estado de unas gambas sirve de excusa –en realidad es la negativa de Franz a venderle el restaurante- para enfrentarse y abandonar sin pagar… aunque dejando “olvidadas” a su mujer y a su nuera, que pasan a convertirse en rehenes. El asedio, asalto y defensa del fortín no hace sino comenzar y no parar durante el resto de la cinta, con alocadas e imprevisibles situaciones en que cada personaje queda al descubierto: un hijo inmaduro y otro no querido, una hija y esposa condescendientes, un empleado pusilánime, un empresario frívolo y casquivano, unos huérfanos infelices… Cada uno queda descrito por sus reacciones –o por su falta de decisión-, y todos moviéndose al son de un caprichoso y colérico padre convertido en tirano y matón. El ritmo es trepidante, los gags con frecuencia divertidos y en ocasiones algo soeces, la puesta en escena efectista y las interpretaciones correctas; pero la clave está en el guión, bien armado y que avanza con fluidez, que sabe mantener la atención del espectador, atónito ante tanta falta de sentido común. Es precisamente esto lo que su director ha resaltado como trasfondo pretendido de la película –ya se sabe, por muy ligera que parezca, una comedia siempre esconde alguna crítica mordaz y afilada-, pues considera que lo sucedido en el hotel-restaurante no se diferencia mucho de lo que cada día pasa en nuestro mundo: no le falta razón, si echamos una mirada al panorama internacional y vemos cómo los intereses y el empecinamiento de unos y otros convierte la calle en un campo de batalla donde reinan el delirio y la muerte. El absurdo y esperpéntico comienzo se va tornando poco a poco, sin que el espectador se dé cuenta, en drama y llega a amenazar con tragedia: hasta ahí hay que llegar para que el padre –el todopoderoso- reconozca al hijo a quien nunca quiso, y para que éste asuma decisiones personales. Estamos ante una película entretenida y fresca, muy bien acogida por el público tras su primer pase en la Seminci.

También el español Daniel Cebrián quiso tratar de padres e hijos en Segundo combate. En esta película, el boxeo vuelve a ser pretexto y metáfora –como “Million Dollars Baby”, de la que quiso desmarcarse en la rueda de prensa- para hablar del conflicto y enfrentamiento de dos personas y de dos modos de entender la vida. Ángel es un joven boxeador que desea llegar a profesional y emular a un padre al que no llegó a conocer. Su vago deseo de mantenerse al margen de “hacer cosas que están mal” se resquebrajará cuando se encuentre con Vidal, un ex-boxeador que ahora vive acomodadamente entre turbios negocios encubiertos tras una imagen respetable. La tentadora propuesta es atracar un banco y vivir…, aunque para ello Ángel tendrá que dejar principios y otras cosas por el camino. Cebrián recalcó su interés en contraponer una moral convencional y establecida a otra más personal y circunstancial, de manera que su película se pudiese leer como un viaje de aprendizaje del adolescente inexperto. Tal pretensión evidencia una falta de profundidad ética considerable y un curioso afán transgresor, tan pasado como insostenible. Al margen de esa confusa percepción de lo moral y lo legal, Segundo combate no pasa de ser un refrito de géneros e imitaciones, con tópicos acerca del padre que vuelve para recuperar al hijo –y encima con un cáncer que hace que los días contados-, un submundo del boxeo con empresarios explotadores y jóvenes con aspiraciones, o de mafias callejeras que se mueven entre la droga, la prostitución y el robo. A pesar de la buena interpretación de Darío Grandinetti y de una eficaz fotografía que logra crear una ambientación sórdida a base de un fondo en blanco y negro en el que destellan colores puros, el resto de la historia resulta bastante previsible, con una relaciones entre los personajes frías y sin emoción alguna. Una lástima para el cine español, que no acaba de encontrar su propia identidad y acaba imitando lo que se hace más allá de las fronteras.

De la sección Punto de Encuentro de estos días, podemos destacar dos producciones interesantes, exóticas y del gusto de un público amplio. Por una parte, Sombras del tiempo, del alemán Florian Gallenberger, aunque todo conduce a pensar que se trata de una película india, a tenor de su temática y estética: es un melodrama romántico de amores imposibles y tintes sociales, con una bella y colorista fotografía, e interpretaciones contenidas para una historia muy humana y conmovedora. De China llega Sueños de Shangai, de Wang Xiaoshuai, drama de las familias que fueron obligadas por Mao a ir a trabajar a las fábricas del interior para regenerar la economía en lo que se conoció como “tercera línea”; en tono intimista y social nos cuenta los intentos de volver a su Shangai natal, de las dificultades para educar a unos hijos que se están modernizando, así como de sus amistades y amores juveniles. Ambas gozan de una notable calidad artística e interpretativa, y encierran interesantes visiones de unas  culturas que nos siguen resultando muy lejanas.

Mañana asistiremos, en el último día de películas a competición, a la esperada Manderlay de Lars von Trier, continuación de Dogville. También veremos la polaca Mi Nikifor de Krzysztof Krauze, para terminar con Feliz Navidad, película de Christian Carion con la que se clausurará el Festival.

Viernes 28 de octubre

Un año más, Lars von Trier acudía a la Seminci dispuesto a no dejar a nadie indiferente y a provocar la polémica. Sin embargo, esta vez no dejaba lugar a la sorpresa, al tratarse Manderlay de una continuación stricto sensu de Dogville, tanto en la historia, en su estética como en su crítica hacia los Estados Unidos. El fundador de Dogma 95 vuelve ahora a servirse de una Grace ingenua y bienintencionada para arremeter contra un país esclavista en su esencia -en opinión de von Trier-, aunque ésta adopte unas veces formas convencionales y otras lo haga de manera más sofisticada, con contratos y formulaciones jurídicas vejatorias y segregacionistas. Padre e hija se han dirigido al Sur, escoltados por la banda de gánsters, hasta llegar a una plantación de Alabama: allí Grace se compadece de una mujer negra que le suplica que interceda por un hombre al que van a azotar. El esclavismo es una realidad en Manderlay -aunque haya sido abolido hace 70 años-, pues está regido por la Ley de Mam; la joven intrusa se ve pronto en la obligación moral de ayudar a construir una nueva comunidad sobre la libertad y la democracia, ardua tarea para la que unos y otros no parecen estar preparados, y que hace necesario el uso de la fuerza. A lo largo de más de dos horas, el director hace un repaso a los males y deficiencias de un régimen que en la práctica ha generado corrupción, estafas y chantajes, donde se ha demostrado que el número de votos no es garantía de verdad -si no, que se lo pregunten a Grace-, donde se instaura la pena de muerte a la primera de cambio, o donde la desconfianza, el individualismo o la ociosidad se instalan con facilidad. Pero la mayor carga de profundidad que von Trier lanza gira en torno a la irresponsabilidad de quienes “siembran vientos y luego se extrañan de recoger mareas”, en alusión a una política americana que repetidamente incuba problemas contra los que después lucha. Con todo lo que de verdad haya, el tono de la cinta es excesivamente beligerante y parcial, con una postura combativa que obvia los matices y que deriva hacia la caricatura. Se podrá argumentar que se trata de una fábula moral, y que el planteamiento responde a una parábola sobre lo actual, pero aún así la falta de medida y respeto (¿se habrá planteado qué harían otros países como Francia o Alemania, si liderasen el orden mundial?) contribuye a que pierda credibilidad. Por eso, parece acertada la opción tomada de retrasar la tercera parte de la trilogía sobre Estados Unidos…, no vaya a ser que el público haya quedado saturado. En el aspecto cinematográfico, la película no se desvía un ápice de “Dogville“: decorados abstractos y puesta en escena teatral con un aire brechtiano que invita a la reflexión, juegos de luces que generan espacios, división de la historia en capítulos con fuerte presencia del narrador –en ocasiones, abusiva-, y una prioridad concedida a unos personajes que responden a arquetipos antropológicos. Las interpretaciones de los actores son más que acertadas, pero con menos fuerza que su antecesora, lo mismo que la propia historia, predecible al seguir un esquema similar a aquélla.

Los últimos años de la vida de uno de los más prestigiosos pintores naïf del siglo pasado ha sido el tema de Mi Nikifor, del polaco Krzysztof Krauze. Con facultades disminuidas y una tuberculosis que acabaría con su vida, un vagabundo analfabeto pinta profusamente cuadritos que vende a los visitantes de un balneario de los Cárpatos. Allí “ocupa” el estudio de Mariam, un pintor en ciernes, que se debate entre la piedad y compasión que siente hacia Nikifor y las presiones de su mujer, temerosa de contagiarse y con deseos de volver a Cracovia. Tras comprobar que este anciano enfermo y terco no tiene a nadie que le cuide, irá surgiendo una amistad honda, desinteresada y abnegada entre ellos que perdurará hasta su muerte. Como sucede en gran parte del cine polaco, lo más interesante que posee es la creación de personajes, con miradas y silencios que trasmiten un mundo interior dramático y complejo, y que dejan ver una “inquietud moral” y humana con la que acercan al espectador aspectos fundamentales de la vida. Aquí se pone énfasis en la amistad y cariño entre dos amigos, cuando Nikifor no era más que un viejo enfermo y desconocido. Es la realidad expresada con pequeños detalles que pueden pasar desapercibidos por su fuerte sentido simbólico -como ese coche rojo en que viajan atravesando las montañas nevadas- o por una fotografía de luces frías que facilita llegar al alma de los personajes.

La clausura de la Seminci ha correspondido al francés Christian Carion, con Feliz Navidad, que ya participó fuera de concurso en Cannes. Película oxigenante y positiva, complaciente para un público que llega cansado tras ocho días de cine. Estamos ante una coproducción de cinco países para hablar de la 1ª Guerra Mundial, cuando los ejércitos atrincherados de Francia, Inglaterra (Escocia, en la película) y Alemania hicieron una tregua para “confraternizar” durante la Nochebuena y días posteriores. Alegato antibelicista o proclama pacifista en tono de comedia amable para hablar del absurdo de una guerra –más absurdas y divertidas serán las situaciones producidas a raíz de la tregua-, y resaltar lo humano que une a quienes se enfrentan, punto de vista ya abordado en la clásica La gran ilusión, de Renoir. La intención de Carion es rendir homenaje a las personas de a pie, por encima de banderas, resaltando los aspectos familiares, religiosos o humanos que les unen…, aunque acabe cayendo en lo esquemático y simplón al retratar a las autoridades con estereotipos falseados, y especialmente al obispo anglicano que desacredita al buen sacerdote -artífice de la paz de la Nochebuena- y arenga a la tropa inglesa a una cruzada contra los alemanes…: un borrón político-ideológico en la película que lo es también de guión, pues da al traste con el enfoque general agradable que no iba contra-nadie y que se había fijado en lo que unía a todos como su banderín de enganche. Por ultimo diremos que la película gana mucho si se ve en versión original, pues la distinción de los ejércitos –y seguimiento de la historia- queda facilitada por el idioma.

Y una vez finalizada esta 50 edición de la Seminci, toca hablar de los galardones. Esta misma tarde se ha sabido que la película premiada por la Juventud era Agua (Water) de la india Deepa Meta. Estaba –y sigue siéndolo- entre las favoritas, principalmente por el tema de denuncia en torno a la situación de las viudas -tan del gusto del Festival-, sin que ello le quiete mérito pues se trata de una película de estética cuidada y buen guión. Sin embargo, a la hora de elegir la de mayor calidad cinematográfica entre las que compiten en la Sección Oficial por las Espigas –o el Premio del Jurado, más valorado económicamente este año- nos decantaríamos por La espada oculta del japonés Yamada o por Escondido de Haneke. Es cierto que Lars von Trier es un candidato serio con Manderlay –más cuando Dogville estuvo hace dos años fuera de concurso, y hay una deuda contraída-, pero no supone ninguna aportación ni sorpresa, y no parece que vaya a obtener demasiados respaldos. Entre las interpretaciones, las que podrían llevarse premio son las de Manuel Alexandre y China Zorrilla en Elsa y Fred (son lo mejor de esta entrañable película) o la americana Helena Bonham Carter en Conversaciones con otras mujeres. Al público le han gustado especialmente las dos argentinas (Elsa y Fred, y Hermanas), además de la loca comedia Banquete de boda. Y entre las candidatas al Premio Pilar Miró (director novel), quizá se lo lleve Julia Solomonoff por Hermanas. Al margen quedan las dos películas españolas, Segundo asalto y Vida y color, a las que público e instituciones han apoyado mucho, pero que no pasan de discretas. Saura y su Iberia son para dar de comer aparte: es una obra de arte, pero no parece que vaya a ser premiado un musical. En cualquier caso, ha sido una edición especial, por la historia que encierra y -esperémoslo- por el futuro que anuncia.

Sábado 29 de octubre: palmarés

El palmarés de la Seminci ha sido dado a conocer esta mañana. Es sabido que en esto de dar premios y poner a uno por delante de otro, nunca llueve a gusto de todos, que el crítico puede ser tan subjetivo como cualquiera o haberle pillado cansado determinada película….Pero lo que no se nos había pasado por la cabeza es que las películas galardonadas fueran a ser El tiempo que queda (Ozon) y En la cama (Bize). Cualquier otra podía encontrar su justificación, pero no éstas. Por eso no entendemos qué ha podido pasar para suceder esto, qué habrán visto Techiné y el resto del Jurado para premiarlas y dejar de lado a La espada oculta (Yamada), Escondido (Haneke), Manderlay (von Trier). Es cierto que estas últimas han recibido ex-aequo el premio por el 50 aniversario…, pero esto parece más bien una consolación a la vez que un reconocimiento de que eran superiores a las Espigas concedias.

Al margen de las mencionadas, que eran nuestras favoritas, otras proyectadas en competición tenían también sus serias opciones. Ahí estaban Hermanas (Solomonoff), Agua (Deepa Meta, que recibió el Premio de la Juventud; al parecer, los jóvenes conservan un criterio claro, aún sin contaminar), Ping Pong Mongol (Hao Ning, que sí se lleva el Premio de fotografía, en esta ocasión admisible, aunque había otras mejores como Agua). También podían viajar con Espiga Elsa y Fred (Carnevale), Banquete de boda (Deruddere) o Conversaciones con otras mujeres (Canosa)…. Cualquiera de ellas, pero no las elegidas… Uno no sabe si ha perdido el norte o es que se han propuesto llamar la atención, dar entrada a nóveles… por ser nóveles. Hablando de directores nuevos, el Premio Pilar Miró se lo ha llevado Daniel Cebrián: sorprende que haya superado a Solomonoff, Canosa o Carnevale, pero en fin…, jugamos en casa (lo que no significa que sea mala película ni director; simplemente aceptable).

La interpretación femenina con premio ha sido para la actriz Krystina Feldman por Mi Nikifor (de Krauze): válida, aunque algunos preferíamos a China Zorrilla en Elsa y Fred  o la americana Helena Bonham Carter en Conversaciones con otras mujeres. Entre los hombres, Meilvil Poupaud ha sido el elegido (Ozon sale bien recompensado, y a más de uno de cuesta entenderlo): al margen de gustos, no se entiende que Auteuil o Alexandre no hayan sido reconocidos.

Se acabó este 50 Aniversario, con unos primeros días de interesantes proyecciones, para después tener sólo algunos chispazos. Lo peor, el palmarés: habrá que ver qué dicen nuestros colegas, pero esto no es fácil de entender. Y para el años próximos, los mejores deseos para seguir “amando el cine”.

Resumen y Balance de la Seminci de las Bodas de Oro

Había mucha expectativa ante esta edición de la Seminci por celebrarse su 50 aniversario, y también porque lo hacía bajo la batuta de un nuevo director, Juan Carlos Frugone, después de dos décadas con el sello de Fernando Lara. Como es lógico, estas Bodas de Oro han tenido una especial preparación, con spot publicitario de Isabel Coixet incluido, para poder contar con la presencia de directores como Costa-Gavras, Ang Lee, los hermanos Dardenne o Saura, para editar un libro conmemorativo de este medio siglo escrito por César Combarros, o para confeccionar la programación de un ciclo especial (50 años amando el cine) que recuperaba películas señeras desde que se llamaba Semana de cine religioso y de valores humanos hasta el momento presente: sesenta películas de otros tantos autores –la Seminci siempre ha hecho gala de mirar a un cine de autor, además de acercar el cine a la realidad social-, como Dies irae (Dreyer), El apartamento (Wilder), Caro Diario (Moretti), Las noches de Cabiria (Fellini), El séptimo sello (Bergman), El proceso de Juan de Arco (Bresson), Sacrificio (Tarkosvki), Charada (Donen), La vía lactea (Buñuel), El empleo (Olmi), La naranja mecánica (Kubrick), o las más recientes Italiano para principiantes (Scherfig), Una historia verdadera (Lynch) o Bailar en la oscuridad (Lars von Trier)… por ejemplo.

Al margen de algunas deficiencias organizativas –Frugone se excusó por el poco tiempo de que había dispuesto, y el Patronato ya ha adelantado la creación de la figura de un director gerente para próximas ediciones-, lo cierto es que la Seminci se ha vuelto a beneficiar de su calificación como festival tipo B, incluyendo películas galardonadas en otros foros. Hemos podido ver el León de Oro de Venecia (Brokeback Mountain –En terreno vedado- de Ang Lee), la Palma de Oro de Cannes (L’enfant –El niño-, de los Dardenne), o el premio FIPRESCI en Cannes (Caché –Escondido-, de Haneke). Fuera de concurso estaban las dos primeras, lo mismo que la presentada por Carlos Saura, Iberia, un sentido homenaje a Albéniz y al flamenco, con su habitual puesta en escena llena de vistosidad y una fotografía de gran belleza); o la de Costa-Gavras que abría la Semana, Arcadia, una tragicomedia de diálogos cáusticos y ácidos para criticar un capitalismo desaforado que conduciría a la pérdida de empleo, y a la postre a la ruina personal. Por su parte, el danés Lars von Trier avanzó en su particular cruzada contra los Estados Unidos, y condujo a la Grace de Dogville hasta Alabama para intentar democratizar un pueblo llamado Marderlay, anclado aún en el esclavismo: continuación estética de su precedente, con todo lo bueno y lo malo, que no sorprendió pero sí entusiasmó a los incondicionales.

Conforme avanzaba la Semana, la crítica coincidía en dar como favoritas a las propuestas de Haneke, von Trier, el japonés Yamada (La espada oculta, otra historia de samuráis en la línea de El ocaso del samurai, con héroes llenos de humanidad, y una cuidada factura y equilibrio narrativo), o incluso a la de Deepa Mehta (Agua, crítica a la situación vejatoria en que se encuentran las viudas en la India, realizada con una bella fotografía y un tono lírico muy sugerente, y que recibió el Premio de la Juventud). Pero se ve que André Téchiné y el Jurado que presidía pensaron en dar la nota, en respaldar películas de trasfondo dudoso, o en provocar el pataleo del respetable, y concedieron la Espiga de Oro al chileno Matías Bize por En la cama. Quizá para calmar los ánimos y no resultar escandaloso su veredicto, decidieron “compensar” con el Premio 50 aniversario a Haneke y von Trier –ex aequo- por “su madurez y trayectoria personal”. Se ha dicho que el mayor alarde de En la cama consiste en respetar durante hora y media la unidad de tiempo y lugar –una sola noche, una habitación de un motel y sólo dos actores-, para contar la historia de dos jóvenes que tienen un encuentro sexual ocasional, y para más tarde -tras una conversación un tanto insulsa- volver a tener nuevas relaciones que reflejan ya cierta intimidad y cercanía afectiva. Su explicitud en las imágenes, un guión mediocre y lánguido, y unos diálogos vacíos y zafios acercan la cinta más al cine pornográfico que al arte cinematográfico de la sugerencia o la elipsis, con lo que no se explica bien el premio alcanzado.

Si sorpresa causó el máximo galardón, la Espiga de Plata no se quedó a la zaga al recaer en  François Ozon por El tiempo que queda, en la que Melvin Poupad también se llevó el premio al mejor actor. Cuenta el drama existencial de un fotógrafo homosexual al que le diagnostican un cáncer y pocos meses de vida; decidido a llevarlo en silencio, enfrentado en soledad a una sociedad que le niega el afecto y tolerancia necesarios, la cinta tiene algún momento conmovedor y otros que no pasan de ser un homenaje a Bergman y sus Fresas salvajes, aunque sin su fuerza dramática ni su capacidad para reflexionar sobre el sentido de la vida. El premio para el mejor actriz fue para la polaca Krystina Feldman (Mi Nikifor) por una excelente caracterización del pintor naïf del título: se trata de un biopic de un artista descubierto por el mundo en la etapa final de su vida, cuando vivía enfermo y solo, malvendiendo sus cuadros a los visitantes de un balneario; fiel al espíritu cinematográfico polaco, es una película abierta a lo espiritual y a planteamientos morales en torno a la persona y la amistad. El premio a la mejor fotografía –no podía ser de otro modo- fue para una película china, Ping Pong Mongol, historia mínima llena de humanismo de Hao Ning.

El cine español obtuvo el premio Pilar Miró (mejor director novel) con Segundo asalto, de Daniel Cebrián: especie de thriller que se sirve del boxeo como excusa para tratar del reencuentro de un hijo y su padre, en medio de una trama de robos donde la moral convencional cede ante la conveniencia de un individuo –también en fase terminal por enfermedad- al que se le da una segunda oportunidad; con atmósferas bien conseguidas y esquemas de cine de género, cae en más de un tópico y planteamiento antropológico plano, y acaba resultando muy deudora de otros títulos recientes. Santiago Tabernero presentó Vida y color, reconstrucción amable de la España de la transición con un toque de misterio y también abundantes tópicos, pegados –como los cromos de la colección- en una historia de iniciación infantil; se llevó el Premio del público. Argentina presentaba sus credenciales de cine nostálgico y emotivo con dos obras: Elsa y Fred, de Marcos Carnevale, una conmovedora historia de amor a la tercera edad, magníficamente interpretada por Manuel Alexandre y China Zorrilla; y Hermanas, opera prima de Julia  Solomonoff, que se mueve entre dos momentos marcados por la dictadura militar, con dos hermanas que necesitan reencontrarse y superar misterios sin resolver o realidades familiares sin descubrir; buen guión e interpretaciones para una película que se merecía mucho más.

En Banquete de boda asistimos a una comedia loca y esperpéntica del belga Dominique Deruddere para hablar del sinsentido de la violencia desatada, mientras que Christian Carion hacía lo propio en Feliz Navidad –que clausuró el Festival y recibió el Premio FIPRESCI-, en un relato pacifista que aborda el absurdo de la guerra al recordar la confraternización entre ejércitos enemigos durante la etapa de trincheras de la Gran Guerra.

La sección paralela –llamada Punto de Encuentro– premió a Ruido, comedia uruguaya de Marcelo Bertalmío , encadenamiento de gags para hablar de un perdedor, de la soledad y también de la amistad. Por su parte, Cuadernos de contabilidad de Manolo Millares, de Juan Millares -una crónica de la historia de España del siglo XX-, y La dignidad de los nadies –en torno a la política neoliberal y sus efectos devastadores entre los más desvalidos- de Fernando Solanas se repartían el premio en Tiempo de Historia.

Al final, lo mejor ha resultado esa mirada a los 50 años amando el cine y la concentración de un puñado de películas de cuidada factura y no pendientes de la taquilla; y lo peor y más desconcertante, un palmarés al que muchos no acabamos de encontrar sentido ni justificación.

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