Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Seminci’53. Crónica del viernes 31. Dos maneras de recuperar el pasado y un cierre para la esperanza

En su último día, la Seminci decidió mirar al pasado para recuperar la memoria histórica y la identidad personal. Una directora española y un canadiense hicieron sus propuestas, desde ópticas distintas pero con idéntica implicación personal en los acontecimientos. A primera hora, pudimos ver “La buena nueva” de Helena Taberna, película polémica sobre la Guerra Civil española que apunta a la Iglesia y dispara sin escrúpulos acusándola de complicidad. La cinta llega lastrada por una experiencia familiar negativa de la directora y eso, lejos de darle autenticidad a la historia, abre grietas en un guión que no sabe distanciarse lo suficiente de la realidad y ser equilibrado en sus juicios (uno de los grandes problemas del cine español revisionista). Taberna demuestra tener buena mano para contar historias pues la cinta discurre a ritmo preciso y se ayuda eficazmente de la música de Ángel Illarramendi –lo mejor de la película– para conducir al espectador y ayudarle a tomar partido. Es la crónica de una guerra vivida en un pueblo navarro socialista donde requetés y falangistas se unen contra los rojos, con humillaciones, asesinatos y represalias… A él llega don Miguel, un joven sacerdote cuyo único interés es predicar el Evangelio y atender a todos sin excluir a nadie… lo que se antoja una tarea nada fácil.

La película arranca con vigor y fuerza narrativa, atenta a mil detalles de diseño de producción que creen ese ambiente de tensión y enfrentamiento y también a poner a la Iglesia en el punto de mira de la cámara. Sin embargo, en el segundo tercio se le empiezan a ver las costuras a un guión sectario y asoman los prejuicios ideológicos: entonces la cinta comienza a discurrir por caminos de lo políticamente correcto,  en pro de recuperar la memoria histórica con frases tan manidas como “lo único que ahora podemos hacer es no volver a matarlo una segunda vez con el olvido”, palabras del sacerdote a una de las viudas que bien podría decir el político de turno. En el último tercio, la mirada sesgada y beligerante se intensifica hasta dar un tiro en la cabeza a la Iglesia, al contraponer por un montaje paralelo la actitud oficial de la jerarquía a la de un sacerdote cada vez más en crisis de valores y desencantado. Todo se ve venir desde hace rato porque circula por lugares tópicos y con intenciones palmarias, incluida la historia de amor del cura con la joven viuda que interpreta sin fuerza Bárbara Goenaga. Es la cruzada particular de Helena Taberna, en ocasiones con imágenes poco sutiles –basta ver a los curas haciendo instrucción con los fusiles– para terminar perdiéndose en su pretensión de adoctrinar al espectador. De nuevo, el cine español demuestra aquí tener una asignatura pendiente con la Historia, porque denunciar o mostrar el pasado debe hacerse sabiendo aparcar los prejuicios ideológicos, si no se quiere acabar construyendo personajes sin verdad ni autenticidad, portadores de clichés para la confrontación.

Después llegó Atom Egoyan con su “Adoration” y no defraudó. Su cine es arduo de ver por ir directamente a la inteligencia del espectador sin concesiones al sentimiento, con imágenes que recogen ideas complejas e historias contadas desde distintas perspectivas en su voluntad de reconstruir el pasado. Aquí Simon trata de averiguar la verdad sobre sus padres, fallecidos hace años en accidente de tráfico. Su abuelo y tío le han inculcado una idea de un padre –un judío implicado en una confusa trama terrorista– asesino de su esposa al provocar el siniestro. En sus indagaciones y búsqueda se cruza su profesora de francés Sabine, quien detecta algo de verdad en la historia que el chico elabora para una representación teatral en el instituto. Ejercicio de estilo sobre el lenguaje cinematográfico y el poder de la imagen para retener la realidad, con la misma historia del pasado traída en flash back, recordada por el anciano y recogida por su nieto en su cámara, y también presente en el guión dramático que Simon escribe y en las revelaciones que se le tienen reservadas. El cine como instrumento para llegar a conocer la verdad del pasado y de uno mismo, que debe contemplar que “la ira y el rencor deben quitar todo a la inteligencia”, como dice un personaje y le sucedía a Helena Taberna. Egoyam es claro y rotundo, por otra parte, en su mensaje por la tolerancia y en su lucha contra el fanatismo de las ideas, y por eso hace que el chico queme en una hoguera las tablas con los Reyes Magos pintados por su abuelo, símbolo de ruptura con una cultura recibida. Lo que no sabemos es si el director canadiense no caerá con ese gesto en la misma actitud de intolerancia que critica, si no podría haber matizado un poco esa enmienda a la totalidad de la cultura occidental-cristiana y si el abuelo y tío elegidos podrían haber sido algo menos exagerados en su racismo, cerrazón y terquedad…, porque con esos estereotipos es fácil hacer demagogia. Pero, al margen de este sentido un tanto engañoso de la historia, la película está primorosamente construida y refleja la frialdad de un ambiente lleno de enigmas y misterios y posee buenas interpretaciones. Hará las delicias de los cinéfilos.

Para bajar el telón de esta 53º edición, Javier Angulo nos tenía reservada, fuera de concurso de la Sección Oficial, una película premiada por el público en el Festival de Los Ángeles, y que dejó buen sabor de boca. Una apuesta muy arriesgada de la Seminci y también del británico Stephen Walter que dirige “Corazones rebeldes” (Young@Heart) porque simplemente recoge la aventura de unos jubilados convertidos en rockeros durante sus ensayos para el estreno de un concierto. Y un documental sobre ancianos metidos en versiones de rock y punk no es un plato a priori que pueda triunfar y, sin embargo, su buena factura pero sobre todo el haber logrado transmitir el buen humor y ánimo de sus protagonistas, su capacidad para afrontar retos e ilusionarse con cantar en una cárcel o en ese concierto preparado durante seis semanas… es un entusiasmo que se pega y contagia. El espectador disfrutará y se conmoverá en el emotivo recuerdo a los ancianos que fallecen en esos días o con el “podemos, podemos” de una canción que se les resiste por su complicada letra, sentirá la vida que alienta a Fred siempre pegado a su botella de oxígeno pero con una voz portentosa, y admirará a Bob –el director del coro de cuyo nombre toma su título la película– por su optimismo y categoría humana. Walter consigue recoger y transmitir vida con las imágenes, con los testimonios y con las letras de las canciones, y no faltan momentos de humor para reírse de las dificultades y problemas de salud que a todos afectan –ahí está la canción “Schizophrenia”– con una autenticidad y un sentido humanista que ayuda a vivir y a morir. Muy recomendable para elevar el ánimo y para aquellos que piensan que la vida se termina con la jubilación o la falta de productividad de la persona. Mis felicitaciones para todos ellos.

Se acabó la Seminci de este año, de un nivel más que aceptable dadas las circunstancias. Solo falta esperar al fallo de los premios para conocer a los triunfadores y felicitarles a ellos también, y esperar la próxima edición con la ilusión de volver a intentarlo y mejorar lo que, sin duda, debe mejorarse. Hasta entonces.

En las iméganes: Fotogramas de “La buena nueva” – © 2008 Lamia Producciones. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados. De “Adoration” – © 2008 Ego Film Arts. Todos los derechos reservados. Y de “Corazones rebeldes” – © 2007 Walker George Films. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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