Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“El silencio de los corderos” y el dolor de las crisálidas

Quien se sienta en la butaca para ver “El silencio de los corderos” (The Silence of the Lambs, 1991) se dispone a investigar, durante dos horas, a un asesino en serie que escoge a sus víctimas entre jóvenes adolescentes, en cuya boca introduce una crisálida de mariposa para después proceder a arrancarles la piel. Ese espectador lo hace acompañando a Clarice Starling (Jodie Foster), una joven ambiciosa y experta en conductas psicópatas que quiere ingresar en el FBI. Pero la misión de localizar y atrapar a Buffalo Bill -así se llama el psicópata- no es tarea fácil, por lo que recurre a otro criminal sin escrúpulos, el psicoanalista Dr. Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) que ahora está encerrado en una prisión de alta seguridad, para obtener de él información sobre sus patrones de conducta. Entre esta pareja detectivesca surge una especie de juego psicológico de mal gusto y de una naturaleza un tanto curiosa, entre la amistad y la distancia, entre el compasión y la humillación. Su relación es áspera e inquietante en la superficie pero íntima y profunda… hasta convertirse en un auténtico duelo que trata de entrar en el pasado y en la conciencia del otro. Clarice tiene que ganarse el favor de Lecter para el éxito de su misión, y este ve en la joven una oportunidad para continuar su maquiavélica batalla contra el orden establecido y las apariencias, y también para afianzarse en su orgullo intelectual.

Asistimos a una primera entrevista en la cárcel en que Lecter desnuda -metafóricamente- a esa joven asustadiza e insegura, hasta el extremo de sacar a la luz recuerdos largamente enterrados de una niña que un día oyó chillar, estando en la granja de su tío, a corderos destinados al matadero… sin poder hacer nada para salvar a uno de ellos. Son traumas de la infancia que necesitan ser curados y que quedarán sanados cuando Clarice termine su investigación. Tras la resolución del caso, ella ha madurado lo necesario y está en condiciones de ir por la vida con la cabeza alta, sin pesadillas que la atormenten ni sombras que le quiten la paz. Es cierto que ha salvado a esa nueva joven secuestrada, pero fundamentalmente es ella quien se siente liberada de un peso que la agobiaba desde niña. Por su parte, Lecter ha aprovechado las circunstancias para imponer su intuición e inteligencia, para huir de la cárcel y seguir demostrando al mundo que es necesario superar las apariencias en un ejercicio de autenticidad. Y es que este perspicaz criminal ha facilitado a la joven pistas que conducían a Buffalo Bill, identificándole como alguien que vive con la obsesión de creerse transexual y de transformarse como la crisálida.

 

En ambos casos encontramos la necesidad de una catarsis personal para sacar a flote lo profundo de uno mismo, proceso en el que Lecter pondrá en juego todos sus conocimientos y su refinada perspicacia, incurriendo en la humillación y en el abuso de confianza si es necesario, espoleando los instintos más primitivos del individuo en un ejercicio de desafío y provocación. Porque él piensa que, en la maduración de la crisálida, es necesario convivir con el dolor -físico, psíquico y moral-, y que este debe afrontarse personalmente luchando contra los fantasmas del pasado -Clarice- y de una sensibilidad perturbada –Buffalo Bill-. Considera que la vida, en definitiva, discurre entre unos momentos de oscuridad a los que suceden otros de claridad, y eso explica la escena del desenlace de la historia… cuando ella oye unos gritos desde el sótano -sin duda, se acordará de los corderos de su infancia- e intuye que se encuentra en la casa del asesino, cuando este se esconde por los pasillos y quita los plomos de la luz para colocarse en una situación de ventaja al disponer de unas gafas de visión nocturna, cuando se inicia una oscura persecución del gato y el ratón que concluye con el destello de los disparos y la luz del sol que entra por la ventana.

En esos instantes, el espectador vive un tenso suspense -algo que el director consigue con maestría, apoyado en la cámara subjetiva y en el trabajo de sonido, por ejemplo-, mientras agudiza el oído para percibir con Clarice los ruidos más ínfimos o escuchar los gritos de auxilio de la adolescente secuestrada. Fogonazos y disparos a ciegas y a discreción, miedos y temores que rayan lo macabro y lo terrorífico, tensión y ansiedad que parecen disolverse cuando la luz entra en la habitación… y vemos a Buffalo Bill abatido y muerto en el suelo. Pero estamos, una vez más, ante una relativa paz aparente, pues pronto veremos a Clarice, durante su graduación en el FBI, recibir una llamada telefónica de Lecter -que se ha escapado de la cárcel-, que le  pregunta “si los corderos han dejado de chillar”… con lo que se anuncian nuevos e insospechados encuentros y peligros.

La investigación ha concluido y el asesino de adolescentes ya no es un peligro real. Un psicópata ha facilitado que otro haya sido identificado y anulado, mientras él lograba escapar… ¿para ser el nuevo psicópata que hay que encontrar? De esta manera, parece que el suspense psicológico lucha por prolongarse sin fin con un nuevo caso de investigación y búsqueda, que el mal no puede ser extirpado definitivamente a partir del propio mal -personificado en Lecter-, que el miedo acompaña a la condición humana -encarnada en Clarice- en todo tiempo y lugar, que los corderos continuarán dejando oír sus chillidos en el silencio de la injusticia. Por otro lado, hemos asistido a momentos que quedarán grabados en el subconsciente del espectador -en ocasiones, con un rechazo ante lo desagradable de la escena-, con una trama que intencionadamente deja en la sombra algunos detalles de la investigación (que se aceptan sin dudar para que la historia avance en su desarrollo)… como dando por hecho la imposibilidad de descifrar el comportamiento humano. Además, una vez más, el thriller criminal ha echado mano del psicoanálisis freudiano para adentrarse en el laberinto de la mente humana, y también una vez más el espectador ha quedado atrapado en una telaraña de complejidades y paradojas… convencido de que el guionista le conducirá a buen puerto.

Nada de la trama detectivesca que acompaña al thriller moderno ha quedado fuera de la cámara de Jonathan Demme, ni tampoco de la novela homónima de Thomas Harris en que se basa. Nada del carácter engreído y seguro de sí mismo de Lecter se ha perdido gracias a la soberbia interpretación de Anthony Hopkins, y nada de la inocencia y fragilidad de Clarice ha dejado de reflejarse en el rostro de Jodie Foster. Todo ello la hicieron merecedora de los cinco Oscar principales (mejor película, director, actor y actriz principales, y guión adaptado) y obligaron a la industria a las correspondientes precuelas y secuelas, para seguir asistiendo al silencio de los corderos y al dolor de las crisálidas.

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En las imágenes: Fotogramas de “El silencio de los corderos” – © 1991. Strong Heart/Demme Production, Orion Pictures Corporation. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 3 abril, 2014 | Categoría: 8/10, Años 90, Drama, Filmoteca, Hollywood, Terror, Thriller

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