Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Luces de la ciudad”: Charlot, príncipe y mendigo

En la época muda del cine -mejor llamarla silente-, Charles Chaplin encarnó al prototipo de individuo del gesto cómico y del gag visual, pero también al del humanismo más entrañable y sentimental. Su aspecto de mendigo indigente iba parejo a un espíritu poético y caballeresco que apuntaba a los corazones y que escondían una valiente crítica social. Su dignidad no quedaba rebajada por esa indumentaria estrafalaria y tosca de pantalones holgados y grandes zapatos, de bombín y bastón, sino que quedaba ensalzada por una mordaz crítica ante injusticias laborales o ante un Estado que atropellaba al individuo. Charlot es, en realidad, un gran corazón con andares torpes y bastón inquieto, con ojos vivos y mirada inocente y bondadosa. Es un caballero que respira humor y simpatía, que es incapaz de estarse quieto y al que le gusta jugar con persecuciones, tropiezos y golpes continuos. Sus travesuras son las de un niño bueno, pero sus acciones responden a un hombre comprometido con la pobreza y con la persona individual.

Es, junto a Buster Keaton, el mejor representante del cómico burlesco americano. En sus primeros años prevalecían esas correrías torpes y alocadas, con persecuciones de policías o maridos iracundos, con burlas juguetonas, bofetadas y lanzamientos de tartas que buscaban la provocación y la risa del espectador. Su comicidad se basaba en “poner al público frente a alguien que se encuentra en una situación ridícula o difícil”, motivo que le llevaba, por ejemplo, a elegir al policía que cae en una alcantarilla, tropieza con un cubo de yeso o sufre mil contratiempos… y donde perdía la aparente dignidad del poder que representa. Además, dice Chaplin que “el efecto cómico depende de la acción rápida, porque un suceso puede provocar la risa antes de que pueda llegar a explicarse con palabras”.

Con el tiempo, sus películas se irán cargando de trasfondo humano y social, y en esa evolución se encuentra “Luces de la ciudad” (“City Lights”, 1931), donde se encadenan gags divertidos con situaciones emotivas. Comienza la película con la hilaridad en torno a la inauguración de la escultura y Charlot dormido en el regazo de una de las figuras, y más adelante no faltan las secuencias que buscan la risa fácil por lo inesperado… en el muelle, en el combate de boxeo, en el restaurante o en la fiesta. Pero aquí prevalece el tono tierno y humano sobre el crítico y combativo, y su Charlot se nos presenta como un héroe humilde capaz de dar sentido a la vida de un rico borracho y desesperado, o de desprenderse de la única moneda ante una joven ciega desamparada (papel encarnado por Virginia Cherrill). Chaplin busca que el espectador se identifique con Charlot, que ría con él y se compadezca de la necesidad ajena. Así, su ingenuidad y generosidad, lo mismo que sus limitaciones y torpezas, provocan pena y adhesión en quien está en la butaca. Para éste, el pequeño hombre de bombín y bastón es un mendigo… pero, sobre todo, un caballero.

En ese sentido, en la película hay un momento en que el mendigo pierde el favor de un rico en ese momento sobrio… y los intertítulos nos dicen que “hacer de caballero sin el millonario es difícil…”, pero él lo consigue y se pone a buscar trabajo para conseguir el dinero que la ciega necesita para pagar una deuda. Charlot ha superado la prueba y el reto, porque es un hombre de corazón y sus ojos reflejan la misma chispa e ingenio del enamorado. De hecho, la chica curada de su ceguera le reconoce, al final, cuando sabe mirar lo que se esconde bajo su aspecto harapiento y descubre ese amor en sus ojos (siendo ciega y estando en el error sobre su identidad, ya había percibido que su benefactor era “mucho más que rico”). Son las luces en la ciudad a que hace referencia el título -la ceguera sirve de metáfora-, el resplandor lleno de esperanza para reconocer el sentido de la vida… a pesar de los problemas familiares (en el caso del millonario desesperado y suicida), o personales (salud y deudas de la ciega).

Como decíamos, no falta la carga social en “Luces de la ciudad” y por eso el director hace amigos -aunque sea solo en los periodos de borrachera- a un millonario solitario y a un mendigo extrovertido. De alguna manera, Charlot viene a ser la María de “Metrópolis”, un intermediario social que se sirve del corazón para poner en contacto a las capas sociales más distantes. Pero él es el agente del cambio pero no la causa, porque para encontrarla hay que mirar a la chica ciega, personaje que ilumina toda la película y que la hace avanzar con la fuerza del amor. Por eso, la chica termina exclamando “ahora ya veo” no cuando ha recuperado la vista tras la operación, sino cuando ha encontrado a quien amaba siendo ciega.

Al final, sin que “Luces de la ciudad” encierre secuencias cómicas tan memorables como “La quimera del oro”, “Tiempos modernos” o “El gran dictador”, no hay duda de que nos encontramos ante una película refleja el alma de poeta de su director, el humanismo de alguien que creyó en el hombre y que quiso protegerle de cualquier género de atropello (divertido es el momento en que Charlot defiende a la joven aparentemente maltratada por su acompañante en el restaurante… cuando en realidad es un tango que están bailando). Por eso, con todo derecho, podemos hablar de él como príncipe y mendigo.

Imagen de previsualización de YouTube

En las imágenes: Fotogramas de “Luces de la ciudad” –  © 1931. Charles Chaplin Productions. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 26 enero, 2014 | Categoría: 8/10, Años 30, Comedia, Filmoteca, Hollywood

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Un comentario en ““Luces de la ciudad”: Charlot, príncipe y mendigo”

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