Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“El espíritu de la colmena”: La mirada de la inocencia

El próximo estreno de la película colectiva “Centro Histórico”, que incluye el último trabajo de Víctor Erice “Cristales rotos”, es una oportunidad para volver sobre una de las obras maestras del cine español, “El espíritu de la colmena”, y tratar de acercarnos a un cineasta lúcido y sugerente pero nada pretencioso, humanista y comprometido socialmente pero nunca partidista, formalista y pulcro con el lenguaje pero no distante ni frío a la hora de mostrar una realidad que quiere reflejar toda la verdad posible. Erice siempre ha recalcado la necesidad de educar la mirada para saber ver más allá de las apariencias, para descubrir el verdadero rostro de la realidad y para aprender a vivir con una memoria capaz de recordar y también de olvidar: en eso consiste, en su opinión, la tarea del cineasta. También se ha referido a su concepción del cine como camino para conocer esa realidad, que habría que recorrer sin ideas preconcebidas y sin buscar primeramente un resultado en la taquilla. Su honradez de planteamiento, su sensibilidad para captar la verdad más profunda, y su oficio para servirse de los recursos formales que el cine le ofrece… le convierten en un faro para cualquiera que quiera aprender a mirar… el cine y la realidad.

En “El espíritu de la colmena” Erice nos anima a contemplar la vida y la muerte con los ojos inocentes de Ana, una niña pequeña que vive tanto de las impresiones de los fotogramas de “El Doctor Frankenstein” como de una realidad cruenta y dolorosa, que plasma su mundo interior en los dibujos de los títulos de crédito iniciales y que alimenta su imaginario a partir de unas sombras o unos ruidos en el piso de arriba. A su cabeza llegan imágenes nuevas para ella y para las que no tiene una explicación. No entiende por qué el monstruo mata a la niña ni por qué los vecinos del pueblo responden con la misma violencia, como tampoco termina de explicarse la presencia de ese espíritu en la casa abandonada ni su repentina desaparición. Su inocencia y sencillez hacen que la palabra rencor y venganza no hallen cabida en su interior, que el ser más monstruoso aparezca ante ella como alguien que necesita una flor, una manzana (curioso influjo del cine en la vida) o un poco de compañía…

En un mundo de sombras y silencios en el que solo alguna vez se escuchan canciones populares como ese “vamos a contar mentiras, tralará…”, la mirada de la niña está limpia de odio y engaño, atenta únicamente a ese crepitar de la hoguera, al frenético movimiento de las abejas en el enjambre, a sus juegos infantiles o a la novedad del cinematógrafo. Pero su viaje a la madurez exige que salga en busca de la verdad… conducida por el San Rafael del cuadro, que se escape en una excursión nocturna y se pierda en la oscuridad, que se encuentre con la muerte más allá del peligro que suponen unas setas venenosas o de unas calaveras recogidas en un lienzo de San Jerónimo. En su aventura encontrará amigos espirituales con los que hablar con solo cerrar los ojos, aprenderá a tener secretos -hasta para su hermana Isabel- y adquirirá conciencia de culpa al ocultar a su padre su plan… para terminar huyendo hacia otro mundo donde la sangre no brote del odio. En vano intentará su padre traerla a la realidad desde ese imaginario infantil, y su grito de “¡Ana!” no encontrará más respuesta que la carrera de la niña campo a través.

Poco sabemos de ese apicultor misántropo y de pocas palabras, y no mucho más de su esposa que escribe una carta dirigida a Francia… para terminar echándola a la chimenea. Son misterios y heridas que la vida trae consigo y que resultan difíciles de enterrar… porque siempre acaban saliendo a flote. Vemos que, al final de la película, el doctor le dice a la madre que no se preocupe, que la niña se recuperará pronto, en cuanto vaya olvidando la fuerte impresión recibida. Seguramente así será porque, a veces, para vivir hay que morir a la memoria y aprender a olvidar (perdonar), y conceder un tiempo de prórroga al otro (el reloj que Ana da al fugitivo). Es posible que esa haya sido una de las líneas del subtexto que Erice está interesado en remarcar, teniendo en cuenta que la historia está ambientada en el primer año después de la Guerra Civil, con familias rotas, represalias y persecuciones…

En cualquier caso, la niña Ana comienza con Frankenstein a tener una vida para adentro y otra para afuera, aprende a simular e incluso a mentir en una lucha por la supervivencia, a buscar por sí misma respuesta a sus interrogantes y explicación a esa “vida agitada que se da en el enjambre de cristal”, a construir su propia identidad a partir de unas fotografías que le permiten rescatar el pasado de sus padres. Probablemente, tras el plano final seguirá saliendo a las vías para ver pasar el tren envuelto en humo y ruido… como la vida, pero tratará de seguir su propio camino y no el que marcan los raíles. Con el cine y con la vida, habrá crecido y se habrá hecho un poco más juiciosa… aunque también algo más escéptica y descreída. Ya no necesitará jugar a ser mayor… como en ese falso afeitado ante el espejo, porque la vida le habrá obligado a ello; ni tampoco volverá a creerse esa muerte simulada por su hermana, porque la habrá visto con sus propios ojos; ni tendrá miedo ante la oscuridad porque la ventana seguirá abierta y siempre podrá llamar a su amigo… con solo cerrar los ojos.

 

Y nosotros habremos dejado de creer que “todo lo que sale en el cine es mentira”, porque sus imágenes serán un fiel -y a veces pálido- reflejo de lo que la realidad nos ofrece. En ese juego de ficción y realidad, Erice se mueve a sus anchas porque sabe que todo se junta en la cabeza y en el corazón del espectador, en su mirada llena de inocencia, miedo y heridas sin curar… que exigen recordar para olvidar. La historia que comenzó con el “Érase una vez…” de los cuentos habrá terminado, pero sin convencernos de que no nos tomemos demasiado en serio lo que se iba a contar… porque esa fantasía era tan real como la vida misma.

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En las imágenes: Fotogramas de “El espíritu de la colmena”, película producida por Elías Querejeta © 1973. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 9 diciembre, 2013 | Categoría: Años 70, Drama, España, Filmoteca

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