Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

SIGNIS organiza un Congreso sobre el cine y la fe religiosa. Artículo sobre Ermanno Olmi y su crisis de fe.

Este año, la Asociación SIGNIS-España organiza su II Congreso con el tema “La mirada de la fe en el cine”. La novedad de esta ocasión es su carácter multisede, desarrollándose en la Universidad San Dámaso de Madrid los actos centrales durante los días 17 y 18 de octubre. Conferencias, mesas redondas y encuentros con cineastas, críticos, teólogos y hombres de la cultura permitirán tomar el pulso y debatir sobre la huella de la religiosidad en el cine contemporáneo. Los interesados pueden encontrar más información y el programa detallado en este enlace.

Invitado al encuentro por su director Juan Orellana, presentaré una comunicación sobre el cineasta italiano Ermanno Olmi que he titulado “Ermanno Olmi y su crisis de fe”. Será una aproximación a su obra y estilo, a su pensamiento e inquietudes, especialmente a partir de sus dos últimas películas: Centochiodi (Cien clavos) (2007) y “Il villaggio di cartone” (2011). Ahora dejo a disposición de todos una primera aproximación a lo que será dicha comunicación, sin entrar en cada uno de los aspectos apuntados ni responder a los interrogantes planteados. Más adelante -en fecha posterior al Congreso- se la ofreceré a quien tenga interés.

Ermanno Olmi y su crisis de fe

Figura incómoda y polémica, espíritu libre y ensimismado, Ermanno Olmi se presenta como uno de los últimos neorrealistas y también como uno de los humanistas que ven en el cine un instrumento para hablar al individuo y plantearle cuestiones existenciales. Sin formación académica y reacio a cualquier encasillamiento en una escuela o credo determinado, su cine se ha ido renovando con la modernidad en un intento por acercarse a la realidad sin traicionarla y sin esclerotizarla. En esa búsqueda por recuperar el estado de naturaleza primigenia tanto del hombre como de la sociedad, su cine supone cierto rechazo a la intelectualidad y a cualquier tipo de cultura oficial impuesta, provenga ésta de las ideologías o de la misma Iglesia. Aboga por la contemplación que propicia el ambiente campesino frente al mundo urbano, y por la escuela de la vida frente a la teorización y sistematización del saber. Sensible y defensor de las clases humildes, su mirada es sencilla y sobria, parca y diáfana. Entiende la amistad y la convivencia como el humus adecuado para la felicidad anhelada, y rechaza tanto el materialismo consumista como cualquier conjetura alejada de la existencia real.

Acostumbrado a recurrir a la parábola y a la metáfora para explicar la realidad y evocar otras verdades espirituales, su religiosidad busca la autenticidad natural y liberarse de los corsés del dogma o de la liturgia. De familia y formación profundamente católica, la figura de Jesucristo aparece con frecuencia en su cine como imagen a la que remiten algunos de sus personajes, siempre con un halo de heterodoxia que le ha granjeado críticas tanto desde posiciones católicas como agnósticas. Si su cumbre cinematográfica llegó con “L’albero degli zoccoli” (El árbol de los zuecos, 1978) y se prolongó con “La leggenda del santo bevitore” (La leyenda del santo bebedor, 1988), tras “Il mestiere delle armi” (El oficio de las armas, 2001) nos dejó un doble testamento fílmico con “Centochiodi” (Cien clavos, 2007) y “Il villaggio di cartone” (2011). En ellas, el pesimismo y desencanto son evidentes, y su crisis de fe se agudiza hasta anunciar una personal huida del mundo civilizado y de la ficción cinematográfica. Como sus personajes -es en gran medida un cine autobiográfico, pues piensa que solo se puede hablar de la vida-, Olmi se retira a un universo sencillo y casi franciscano, donde su conciencia es norma definitiva de actuación y el amor se presenta como el único condimento que da sentido a la vida.

En la presente comunicación, nos proponemos acercarnos al epílogo cinematográfico y vital de sus dos últimas películas, para estudiar en qué consiste esa crisis de fe en la realidad y en la intelectualidad, en el hombre y en la sociedad, en Dios y en la Iglesia, y descubrir en esa rebeldía un intento de preservar su libertad creadora y evitar la  homogeneización de su misma existencia. Quizá a su pesar, Olmi podría ser incluido entre aquellos artistas y pensadores de posguerra que, en un entorno y momento difícil, apostaron por la utopía social y por la libertad como absoluto, en un acto de resistencia idealista que derivaría hacia el desencanto y el pesimismo.

¿Es su cine realmente católico y trascendente? ¿Se trata simplemente de una actitud de rechazo a la cultura y a la intelectualidad que se nos ofrece o encierra un ideal atractivo en su búsqueda de la armonía perdida? ¿Cree Olmi en el hombre y en su capacidad para rebelarse a las ideologías que se le ofrecen? ¿Piensa realmente que el cine puede transformar esa sociedad? ¿Habla un lenguaje cinematográfico que pueda entender el espectador del siglo XXI? ¿Qué se desprende de la actitud de ese profesor universitario que abandona los libros para construir una nueva sociedad con los más humildes? ¿Qué supone ese párroco que da cobijo a unos emigrantes… en los que ve una nueva Iglesia? En sus películas, el director se plantea el sentido de la vida y del dolor, la religiosidad y la racionalidad, la educación y las relaciones humanas, y sobre ello trataremos brevemente en el estudio presentado al Congreso.

 

En las imágenes: Fotografía de Ermanno Olmi durante el rodaje de “Il villaggio di cartone”. Fotogramas de “Cien clavos” – Copyright © 2007 Cinema11undici y Rai Cinema. Distribuida en España por Sagrera. Todos los derechos reservados. De “Il villaggio di cartone”, película distribuida en España por Paco Poch Cinema © 2011 Cinemaundici, Rai Cinema, Edison e Intesa San Paolo. Todos los derechos reservados.


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Publicado el 13 septiembre, 2013 | Categoría: Año 2011, Drama, Italia, Opinión

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