Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Profesor Lazhar”: La crisálida y el lobo

[9/10]   Un hombre de origen argelino comienza a trabajar en un colegio de Montreal, en sustitución de la maestra titular… que ha fallecido de manera trágica. Los niños han quedado impresionados por el suceso, y la primera misión de Bachir Lazhar será la de ayudarles a superar ese trauma y aceptar la dura realidad, la de que se abran a los demás y no se encierren en su dolor. El propio Lazhar tiene un pasado difícil y sabe de lo que habla, y por eso el aula será un lugar para la confidencia y las clases una prolongación de sus mismas vidas. El canadiense Philippe Falardeau nos regala con “Profesor Lazhar” una película luminosa y sencilla, tierna y profundamente optimista, y eso a pesar del suicidio con que se abre la película y la vida de esas pequeñas criaturas… y que amenaza con hacer despeñar la cinta por el precipicio de la tragedia o del sentimentalismo.

A medida que conocemos al profesor Lazhar, nos vamos encariñando con él y su figura se va agrandando hasta ganarnos por completo. Y lo mismo sucede con cada uno de sus niños, y no porque se nos ofrezcan unos rostros dulces o un material sensible… sino porque se hace con extraordinaria verdad y autenticidad, desde un lado muy humano y lleno de sinceridad. Quizá el mayor logro de la película de Falardeau esté en hablar de la muerte, de la inmigración y de la educación con una mirada positiva y sin miedo, con sentido crítico pero con cariño, desde una perspectiva constructiva y sin subrayar en exceso las penosas circunstancias que se dan. Hay mucha sensibilidad y delicadeza al tratar asuntos tan espinosos, y aquí se hace con contención y con la dosis justa de dramatismo, arrojando luz sobre los problemas… y sin prescindir del buen humor y de la fina comicidad. La riqueza del cuadro se construye en la cotidianeidad del aula, con limpieza y sin pretensiones, invitando a todos a mejorar los modos de educar y a superar las diferencias… para vencer incluso al miedo y a la muerte.

Falardeau trabaja con sencillez y transparencia la puesta en escena, recoge sentimientos con primeros planos, con imágenes desiertas de los pasillos -la soledad y el abandono son otro gran tema de la cinta- o con oportunos fundidos en negro. Además, lleva a cabo una magnífica dirección de actores, con especial mérito en lo que se refiere al reparto infantil… porque todos los niños rebosan inocencia y espontaneidad, aunque es Mohamed Fellag quien canaliza tanta luz y tantos buenos sentimientos, en una interpretación entrañable y generosa, honda y sin ningún artificio. El guión adapta de manera brillante la obra teatral homónima de Evelyne de la Chenelière, con un tempo  intimista y con calculada sobriedad, apoyándose más en los silencios y en las miradas que en unas palabras que explicarían demasiado. Es, por otro lado, un placer contemplar cómo se van abriendo esas pequeñas almas a la vida e ir conociendo los monstruos que se alojan en sus cabecitas, y también ver cómo el profesor nos desvela su duro pasado -todos los personajes arrastran ese peso- y una actitud que demuestra su gran corazón.

Con exquisita sensibilidad, con una fotografía de apagados colores invernales que le dan un aire documental a la cinta, con una partitura cargada de esperanza, la cámara se acerca a los rostros de unos niños hiperprotegidos o carentes de afecto por la ausencia paterna, sensibles y que necesitan unas palabras positivas o que arrastran el peso de la culpa… porque la galería de tipos infantiles es digna de un estudio sobre la educación y la familia (a veces, los niños parecen dar, en su sencillez, una lección de madurez a los mayores). Y, como quien no quiere la cosa, nosotros nos introducimos en sus vidas para apostar por el factor humano en la educación y la necesidad de no solo enseñar ni perderse en una modernidad innovadora y teórica -sorprende una psicóloga incapaz de meterse en la cabeza de los pequeños-, para rechazar la impostura y la violencia que sufren sobre todo los más indefensos -el estallido de Simon es sobrecogedor-, para mirar a la vida y a la muerte por encima de las fronteras y de los papeles.

Esta excelente película representó a Canadá en los Oscar® del 2012 y triunfó en la Seminci de ese año. Es un trabajo idóneo para el debate sobre los métodos educativos y el mundo de la enseñanza (en la línea de Tavernier, Cantet, Yimou o Kiarostami), sobre el derecho a la inmigración y los valores que han de prevalecer, sobre la problemática de países sin libertad política o de expresión, y también sobre el modo de acercarse a la realidad… sin miedo. Y, como no podía ser de otra manera, una magistral secuencia sirve para cerrar esta obra maestra y dejar al espectador conmovido y golpeado en lo más profundo de su alma. Sin duda, estamos ante una apuesta segura, ante una mirada llena de luz y arrojada desde el mismo corazón, y donde indirectamente los niños nos explican el mundo de los mayores. Al final, sabremos porqué eligió el aula para suicidarse, porqué la crisálida de convirtió en mariposa, y porqué a Alice le gustaba la historia de Jack London.

Calificación: 9/10

Imagen de previsualización de YouTube

En las imágenes: Fotogramas de “Profesor Lazhar”, película distribuida en España por A Contracorriente Films © 2011 Micro_Scope. Todos los derechos reservados.

Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterEmail this to someone

Publicado el 18 mayo, 2012 | Categoría: 9/10, Año 2012, Canadá, Comedia, Críticas, Drama

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Deje un comentario

Copyright © 2008 La mirada de Ulises. Todos los derechos reservados | Diseño: YGoY, modificado por rafacas | Cabecera: Echeve