Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Laura”: Un fin de semana de muerte y resurrección

El cine negro tiene en “Laura” una de sus paradas necesarias, y una de las obras maestras producidas en los fructíferos años cuarenta. En ella asistimos a la investigación de un asesinato que resulta no ser tal, a la fantasmagórica historia de un teniente que se enamora de un cadáver, y al tejido de una red de enredos y mentiras desde el amor y los celos. La película de Otto Preminger también puede analizarse desde la confrontación de lo sofisticado y lo vulgar, de la soberbia y la honestidad, de lo retorcido y lo sencillo, de la razón y el corazón. Entre esos polos se mueven dos de los protagonistas de esta curiosa historia de amor, un escritor engreído y un policía gris, Waldo y McPherson, ambos en permanente búsqueda por encontrar el equilibrio necesario entre ingenio y sentimiento, entre prueba demostrativa e intuición, y también por controlar una situación y lograr que cada bola vaya al agujero adecuado.

Desde esa óptica, el juguete con que el teniente McPherson se entretiene tiene su sentido, pues cada oveja ha de ir con su pareja en ese baile de relaciones que se presenta tan enmarañado. No existe afinidad entre el viejo crítico y la joven diseñadora de publicidad, ni entre ésta y ese oportunista un poco cobarde y superficial, ni probablemente entre Laura y tantos jóvenes como se le han acercado y a los que Waldo ha despachado… pues eran rivales con quienes no estaba dispuesto a compartir su pieza. Sólo ese teniente enigmático que se enamora de un cuadro o de un misterio parece responder a lo que ella necesita, y en cierto sentido habrá sido necesaria su propia muerte para que se le cayera la venda de los ojos y descubriera el amor, para resucitar a la vida y empezar a tomar sus propias decisiones.

La trama policiaca pasa, en cierta manera, a un segundo plano y sirve básicamente como entramado en el que se muevan unos personajes un poco peculiares. De hecho, el desenlace de la investigación podría calificarse de inverosímil por fortuita y casual, poco probable y resuelta por un golpe de azar. Tampoco es muy convincente, desde el punto de vista realista, el enamoramiento de ese policía un tanto triste y apagado. Y es que Preminger juega desde el inicio con la idea de mezclar y confundir el plano real con el imaginario, y en ese mundo onírico todo es posible: en realidad, McPherson se enamora primero de una imagen muerta de un cuadro que encierra un misterio y un resto de vida que le llama desde el más allá, Waldo hace tiempo que se creyó en posesión de esa mujer reducida a una idea sometida a su capricho, y Carpenter parece vivir un compromiso tan inconsistente como interesado y fútil. Por su parte, Laura vive en el mundo de los sueños de unos o en el imaginario de otros, sin que percibamos afecto, pasión o abnegación en sus relaciones con los hombres. Son, en definitiva, espíritus que se mueven fuera de la realidad, envueltos en sus celos y mezquindades (Waldo), en su pasado y amargura (McPherson), en su superficialidad y liviandad (Carpenter), o en su falta de personalidad y madurez (Laura).

Como estudio de caracteres y psicologías, “Laura” presenta una galería de personajes arquetípicos que no tienen desperdicio. Entre todos, destaca Waldo Lydecker ya desde su primera aparición en una bañera y dando muestras de extravagancia y displicencia. Los calificativos para este ser frío e inteligente no pueden ser menos favorecedores: misógino y engreído, duro y cínico, egoísta y soberbio en grado sumo, celoso sin recato y elegante en su falsedad e hipocresía, manipulador y refinado en un maquiavelismo sin escrúpulos. Además, Waldo se nos presenta como un ser ingenioso, omnisciente y controlador de su entorno, del pasado y futuro del resto de personajes, constructor de maquinaciones y cizañero sin parangón. No puede aceptar que nada ni nadie se escapen a su designio, y a unos y otros les hiere con el dardo de su palabra o con la escopeta de turno. Es, en fin, un ser peligroso en su maldad, más aún por su apariencia elegante y correcta.

McPherson es, por su parte, un individuo de pasado traumático que le pesa en el alma tanto como el plomo que lleva en la pierna herida. Está triste y narcotizado a la felicidad, ahogando sus penas en whisky y no sólo cuando se queda dormido en el sillón ante el cuadro. Es un individuo que necesita ser despertado de la apatía… y eso sólo puede ser obra del amor de una princesa optimista y luminosa. La propia Laura se presenta como una joven alegre y jovial, poco reflexiva y aún por madurar… que necesita un shock como el de su propia muerte para decidirse a tomar las riendas de su vida y no estar a merced de hombres a los que no quiere. Por su parte, Carpenter y Mrs. Danvers son personas de un escalón más bajo y sin doblez alguno, que se conforman con el momento presente y con lo que les llegue, de sensaciones más epidérmicas y sentimentales que profundas e intelectuales. Y Bessie es la prototípica criada, tan sencilla y adorable como servicial y directa.

“Laura” encierra también el misterio de un cuadro y el de la mirada de una mujer que observa, cautiva e hipnotiza… como hiciera “La mujer del cuadro” al gran Edward G. Robinson. Es también como el espectro de un fantasma que condiciona a todos los personajes desde su ausencia -hasta que regresa a casa desde el otro mundo-, como ya hiciera “Rebecca” al atribulado Maxim de Winter (de hecho, la inquietante mirada de Judith Anderson está presente en ambas películas). Por último, la voz de un narrador omnisciente que evoca su pasado con una mujer difícil a la que cree conocer nos lleva a otro crítico de postín, el Addison de “Eva al desnudo”. Y, como en toda película de cine negro que se precie, asistimos a un juego de tiempos a partir de varios flash back (cada declaración al policía se convierte en una larga escena con la que reconstruir el pasado) y de un presente resuelto a partir de interrogatorios convertidos en juego del gato y el ratón, de indagaciones que apuntan hacia un inocente culpable, de careos personales y grupales no exentos de envites y órdagos.

Dos escenas quiero reseñar en este breve artículo. La inicial con que se abre la película, con una cámara que recorre en un travelling horizontal la habitación de Waldo mientras su voz en off nos recuerda la historia de Laura: en su desplazamiento, se nos van mostrando los objetos que decoran su casa y, a la vez, se nos habla ya del carácter coleccionista de este singular crítico, en cuyo haber está una joven que responde al nombre de Laura; en ese momento no reparamos en el reloj de pared que resultará decisivo para la trama detectivesca, y nuestra visita por la estancia concluye viendo a Waldo en su bañera… en una primera manifestación de indiferencia hacia la opinión del policía, porque en realidad sólo le importa, de manera narcisista, su propia imagen y consideración.

El segundo momento es el instante memorable y mágico en que McPherson (gran y contenido trabajo de Dana Andrews, pero ¿qué hubiera sido con Humphrey Bogart?) se ha dormido en el sillón, después de beber una copa de más: en la penumbra, una mujer entra en la habitación -es Laura, hasta entonces sólo vista en flash back, interpretada por una Gene Tierney en el esplendor de su belleza- y se sorprende al ver a un intruso en su casa, al tiempo que éste se despierta y la incredulidad se mezcla con la alegría al ver que está viva aquella de quien se había enamorado a partir del cuadro; hasta tal punto estamos ante la escena bisagra de la película, que es posible interpretar todo lo que seguirá como un producto que exclusivamente de la imaginación de un policía enamorado y adormecido, que proyecta sobre la escena su fantasía frustrada, sus deseos imposibles… en lo que sería la prueba definitiva del diálogo entre realidad y ensoñación que Preminger quería construir, y que tendría su alma gemela en la mencionada “La mujer del cuadro”.

En definitiva, durante hora y media hemos presenciado el empeño de dos hombres por controlarse en un universo un tanto onírico, el cruce de afectos y relaciones entre hombres y mujeres que entienden el amor de manera desigual, el intento de encontrar algo de verdad en un entorno de desconfianza donde cada uno tiene sus cartas guardadas en la manga -una llave invisible, un vestido impostor, una botella de whisky, una radio que no funciona…- y donde únicamente se respira “verdad” en el encuentro de Laura y la Mrs. Danvers en el tocador… y en Bessie, naturalmente. No importa tanto saber quién es el asesino en un ambiente donde algo huele a podrido como percibir ese mundo interior que se vislumbra en cada personaje… con sus luces y sus sombras, como queda manifiesto gracias a un magnífico blanco y negro fotográfico. Al final ese fin de semana de muerte y resurrección puede haber sido un milagro del amor (“el amor es más fuerte que la vida”, se dirá al final de la cinta) o también una creación de la imaginación, pero en cualquier caso habremos asistido a un hermoso romance donde casi todos habrán tenido una segunda oportunidad para su redención o para su condenación.

Imagen de previsualización de YouTube

En las imágenes: Fotogramas de “Laura” © 1944 Twentieth Century Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterEmail this to someone

Publicado el 19 Abril, 2012 | Categoría: 9/10, Años 40, Filmoteca, Hollywood, Negro

Etiquetas: , , , , , , , , ,

Deje un comentario

Copyright © 2008 La mirada de Ulises. Todos los derechos reservados | Diseño: YGoY, modificado por rafacas | Cabecera: Echeve