Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Rebecca”: El hechizo de un fantasma del pasado

Pocas veces una voz en off ha resultado tan fascinante e hipnótica como la de la narradora que nos abre las puertas de “Rebecca”, la espléndida adaptación al cine de la novela de Daphne du Maurier que realizó Alfred Hitchcock. Hechizados por su dulzura y encanto, somos atraídos y conducidos hacia un pasado fantasmal y enigmático, y recorremos los sinuosos caminos que conducen hasta la mítica Manderley. Es una casa de perfil gótico y aire señorial, con un ala oeste clausurada por su dueño Maxim de Winter después de que su mujer Rebecca muriera trágicamente en el mar. Quien evoca aquellos misteriosos días es “la nueva señora de Winter”, una joven sencilla e inocente que un día estando en Montecarlo se dejó llevar por el corazón… para bajar a los infiernos de un alma atormentada y poder rescatarle del peso de la culpa y del dolor.

Entre nieblas y oscuridades, con la sola luz de una luna a ratos oculta y con el recuerdo vivo de aquella severa ama de llaves, llega de nuevo a Manderley “la mujer sin nombre”. Ella es, a ojos de muchos, la sustituta que viene a ocupar el lugar de la admirada Rebecca, tan inteligente, hermosa y refinada… La nueva inquilina se siente insegura y torpe en un mundo que no es el suyo, continuamente juzgada y condicionada por esa inicial marcada en servilletas, pañuelos y papeles. Ella no tiene nombre propio y sólo aparece como “la nueva señora Winter” o también como “la Cenicienta” o “Alicia en el País de las Maravillas” (lo que habla del carácter de cuento fantasmagórico de la película). Pero será el ancla y la tabla de salvación para quien está abocado a un nuevo naufragio existencial, siempre con el deshonor y la muerte acechando.

Por otro lado, nunca vemos una foto ni un cuadro de “R” y desconocemos la realidad de su belleza –aunque nos dicen que era alta, morena y elegante–. En realidad lo sabemos todo sobre ella –o al menos eso creemos– a partir de la huella que ha dejado en cada uno de los personajes… porque todos viven bajo su sombra y hechizo, porque su vida sigue marcando cada uno de los pasos y pensamientos de quienes la conocieron, porque el espectador intenta desvelar desde el inicio qué hay detrás de esa vida tan subyugante y de esa historia que el mar devoró. Idolatrada, admirada y amada… Rebecca es el fantasma del ala oeste, envuelta en un halo de misterio que rodea esa habitación con vistas al jardín y al mar y que es custodiada por el perro cancerbero, lo mismo que la cabaña de la playa es vigilada por otro personaje que tampoco está dispuesto a romper el hechizo ni a desvelar la realidad.

Es Rebecca la protagonista invisible del film de Hitchcock, la habitante más real de un Manderley erigido sepultura de una época que debe ser purificada por las llamas y también en botella que encierra recuerdos que amenazan una felicidad que ha visitado al atribulado Maxim. Dos gigantes construidos de sombras –Rebecca y Manderley– que deben ser vencidos y superados por otras dos figuras reales –“la nueva señora de Winter” y Maxim–, el miedo y el chantaje que deben ser superados por el amor y la lealtad, y la apariencia que debe ser desenmascarada por la verdad de lo sucedido. Por eso, será necesario que ese Cupido de porcelana se rompa en añicos para levantar otro más auténtico, aunque sea a partir de los errores y desengaños del pasado.

“Rebecca” comienza con una mujer que nos dice que “anoche soñé que volvía a Manderley…” y desde el inicio nos encontramos viviendo una pesadilla inquietante y perturbadora. Es posible que “la nueva señora de Winter” tenga el sueño alterado desde los episodios de aquel primer año de matrimonio en que su amor se puso a prueba y cuando tuvo que enfrentarse a un fantasma perfecto y a su lugarteniente ama de llaves. Hitchcock nos regala planos que son susurros entre las sombras proyectadas en las paredes, picados que angustian y generan dramatismo a la atmósfera, vientos que soplan y parecen traer aires enrarecidos y misteriosos, recuerdos embalsamados y envueltos en una aureola de perfección. El mago del suspense nos da una obra maestra que juega con las ilusiones y los desengaños, con las luces y las sombras, con las apariencias y las realidades para esconder un pasado oculto y sombrío… hasta que la verdad sale a flote con el cadáver, en un juicio con pruebas –los testimonios del constructor de barcos y del médico– tan determinantes para el veredicto como para el desenlace al servir como giros narrativos.

Poco importa el desenlace del juicio y de la historia y que sea poco verosímil y forzado, y mucho más relevante resulta esa ambición y egoísmo a la hora de poseer y disfrutar de Manderley, auténtico objeto de deseo de Rebecca y de la misma Sra. Denvers. Son vidas construidas sobre la mezquindad que se vendrán abajo por cosas del destino o por exigencias de una justicia divina que da a cada uno lo que se merece. Todo comenzó con un accidente desgraciado y por eso debe concluir con otro para que la vida triunfe: Maxim murió con Rebecca y ahora puede resucitar con la verdad… compartida con la mujer que realmente ama. De alguna manera, “la nueva señora de Winter” es como el Caronte que conduce la barca –no la barca hundida de Rebecca, símil del amor falso y vacío– hacia el cielo de la felicidad: ella es la amabilidad, la sinceridad, la modestia… capaz de amar y sentir ternura, aunque no sea tan inteligente, hermosa y sofisticada como Rebecca.

Puestos a imaginar cómo sería Rebecca, no sería extraño que tuviera algo de ese cinismo sin escrúpulos que manifiesta su primo Favell, capaz de robar la mujer, la casa y la comida a base de engaños y chantajes. Y también algo de la frialdad y superficialidad de una Sra. Denvers tan perfecta como distante y repulsiva, tan obsesiva como insidiosa y cizañera: la trampa al sugerirle el vestido de la mujer del cuadro para la fiesta de disfraces es… diabólica, o el instante en que abre la ventana a una alterada señora y la incita al suicidio entrañan tanta maldad… que resulta lógico que recibamos con cierta satisfacción esa viga en llamas que la lleva junto a su Rebecca. Por otro lado, vemos cómo un amigo noble y discreto como Frank sufrió en silencio la frivolidad de Rebecca y permaneció fiel a su señor, o cómo unos y otros ven en la mirada joven y honesta de “la nueva señora de Winter” un espejo que puede traer luz y alegría a un enmarañado y tormentoso pasado.

El director de “Psicosis” nos habla del amor y del desencanto, del honor y del orgullo, del pasado como tumba del presente y de la conciencia que saca a flote lo que estaba escondido, de quien lucha por una paz esquiva y también de quien no deja de “sembrar vientos para recoger tempestades”. Hay un descenso por una majestuosa escalera de una mujer que luce un precioso vestido y que se convierte en una bajada a los infiernos (como aquella de Escarlata en “Lo que el viento se llevó” o de Norma Desmond en “El crepúsculo de los dioses”), y también un primerísimo plano final en que la cámara se acerca a la “R” bordada sobre el paño de la cama que recuerda al protagonismo que tuviera aquel “Rosebud” del trineo de “Ciudadano Kane”. Son momentos inmortalizados por quien hace buen uso de la imagen para recoger toda la maldad, dolor, arrepentimiento e inocencia de los personajes o para sintetizar en un plano toda una vida y una historia.

Espléndida planificación y trabajo fotográfico –de hecho recibió el Oscar® a la Mejor Película y Mejor Fotografía en 1940– para crear una ambientación de ensueño donde los fantasmas merodean a sus anchas y las almas con culpas vagan necesitando una redención. Y magníficas interpretaciones de Laurence Olivier y Joan Fontaine –extraordinaria es su evolución desde la candidez e inseguridad inicial hasta la determinación y ternura que le da el amor–, junto a unos secundarios de lujo con George Sanders a la cabeza. Como la narradora, el espectador tendrá la sensación, al terminar de ver “Rebecca”, de haber tenido un sueño en el que volvía a Manderley para revivir una historia de fantasmas y mentiras, de miedos y culpas, de amores y desamores… hechizados por una voz que queremos volver a escuchar –y también con el deseo de leer la novela– para sentir que todo fue un pesadilla pero con final feliz.

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En las imágenes: Fotogramas de “Rebecca”, © 1940 Selznick International Pictures. Todos los derechos reservados.

Publicado el 15 junio, 2011 | Categoría: 10/10, Años 40, Drama, Filmoteca, Hollywood

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3 comentarios en ““Rebecca”: El hechizo de un fantasma del pasado”

  1. Pedro Fortuny

    Julio:

    no sé si has leído la novela. Yo la descubrí este año y es… cinematográfica. Lo impresionante no es cómo Hitchcock la lleva al cine sino como se puede escribir así y transmitir lo que transmite la película en un texto.

  2. Individuo Kane

    Hitchcock tenía cogido el punto a los libros de Daphne du Maurier (“Los pájaros”). Un año antes hizo “La posada de Jamaica”, más flojita, pero estaban Maureen O’Hara y Charles Laughton.
    El comienzo de “La posada de Jamaica”, el libro, me pareció una de las cosas más directas que he leído. Tres frases y supe que tenía que leerlo hasta el final.
    Decía así:
    “En otro tiempo colgaban a los criminales en Four Turnings. Ahora ya no.
    Ahora los cuelgan en Bodmin.”
    Os lo recomiendo

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