Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“El camino a casa”: En la escuela del amor

En “El camino a casa” Zhang Yimou nos invita a asistir a la gran escuela del amor: el texto de la clase habla de la libertad para construir la propia vida, y el sistema educativo la sinceridad y la fidelidad en los pequeños detalles. Los protagonistas de este encuentro a la vera del camino son un joven de veinte años venido desde la ciudad para ser el nuevo maestro, y una chica de dieciocho que es analfabeta pero que tiene la ciencia del corazón. Ambos tienen una mirada limpia y un espíritu abierto para amar las tradiciones populares y también para renovar aquellas que cercenan la dignidad de la persona. El marco de la historia es la China maoísta y su Revolución Cultural, vivida en un ámbito rural donde el maestro es una autoridad y el alcalde el representante de Partido. La llegada del joven maestro Luo Changyu se vive como una fiesta en el pueblo pues además trae consigo la construcción de una nueva escuela, tarea a la que todos contribuyen con su trabajo: ellos levantando el edificio, ellas con sus mejores platos… Ilusión por instruirse con los libros y por abrir la mente a valores como el respeto a los mayores, y también por aprender a amar con sacrificio y a esperar con paciencia y lealtad hasta que ese enamoramiento madure.

“El camino a casa” es la historia de un amor construido desde la discreción, el silencio y la perseverancia, ya presentes la primera vez en que se cruzaron sus miradas adolescentes y vivas hasta el día en que Zhao Di trae a su difunto marido de regreso a casa. Una vida que es recordada por el hijo de ambos, Yusheng, que ahora llega de la ciudad para acompañar a su madre en el entierro y descubrir quiénes eran verdaderamente sus padres. Ella está empeñada en traerle desde el hospital al modo ancestral, cargando el féretro a hombros de una comitiva y no sirviéndose de un tractor, pero en el pueblo no quedan jóvenes que puedan hacerlo. La tradición dice que, de esta manera, el difunto no olvidará el camino a casa. Además, Zhao desea terminar un paño de tela roja que cubrirá el ataúd, aunque para ello tenga que trabajar toda la noche. Son las dos últimas muestras de cariño de una vida de entrega, intensa y felizmente compartida después de cuarenta años repletas de detalles que sólo un alma enamorada puede percibir. Uno de esos deseos es fiel reflejo de aquella otra tela roja que a modo de bandera abrazó la viga de la primitiva escuela y que a Luo le ayudaba a pensar en su mujer vestida con la chaqueta del mismo color, mientras que el otro es continuación de aquellas tres ocasiones en que el joven maestro recorrió ese camino a casa.

Efectivamente, no es nuevo para Luo ese camino… que en realidad es el del encuentro con el amor de su vida. La primera vez llegó de manera un tanto inconsciente y sin saber lo que se iba a encontrar, pero en cuanto vio a Zhao… ya no olvidaría su sonrisa ni su mirada sencilla y sincera, ni esa horquilla que le regaló para que hiciera juego con su chaqueta roja, ni esas pudorosas aproximaciones a la escuela yendo a por agua al pozo viejo. Su defensa de la libertad y de un aperturismo político le granjeó más de una disputa y un interrogatorio que le separó de ella cuando iba a entregarle una cocción de raviolis; esa fue la segunda vez que tendría que volver a casa, tras una promesa incumplida –por imperativo político– de hacerlo antes de que comenzasen las vacaciones, y que obligó a Zhao a ir para la ciudad en su búsqueda y caer enferma en esos helados y solitarios caminos. La partida sin permiso de Luo al enterarse de la gravedad de su amada trajo consigo una sanción por desobediencia y una nueva separación de dos años: otra espera y un nueva vuelta a casa, que sería la definitiva… si exceptuamos la que el cortejo fúnebre hará hasta el cementerio del pueblo.

Desde el recuerdo y la nostalgia, desde el amor y la gratitud, una foto de los padres de Yusheng nos traslada al pasado en un instante mágico en que la música entra en escena de la mano del color: miradas y sonrisas furtivas, encuentros provocados con pillería y atajos que buscan unas migajas de afecto, ilusiones y esperanzas de ser correspondida, vestidos y comidas pensando en agradar y seducir, y unos rostros jóvenes rebosantes de la felicidad de los enamorados a los que dan vida unos actores en estado de gracia: Zhang Ziyi aporta toda la frescura e inocencia que Zhao Di representa de joven, mientras que Zhao Yulian le presta las arrugas de la ancianidad al mismo personaje, Hao Zheng es el discreto maestro de voz segura y libre, y Sun Honglei ese hijo Yusheng que vuelve al pueblo para ser un alumno más que descubre el amor de sus padres y que decide transmitirlo –aunque sea por un día, pero no en su versión oficial– a una nueva generación.

Un telar para hacer el paño más hermoso… porque estaba tejido con amor (el color rojo no es casual), un tazón que contiene las mejores comidas y que estratégicamente se coloca al borde de la mesa para que lo coja su pretendiente o que se repara con lañas cuando se rompe en añicos tras la caída en una precipitada carrera (excelente trabajo documental sobre la manera artesanal de trabajar, y bella metáfora de un amor roto por las dificultades de la vida y reconstruido para seguir sirviendo con nuevo aspecto), una horquilla perdida y mil veces buscada por esas montañas que se levantan entre los dos jóvenes… porque su valor es incalculable para Zhao, o esas lecciones cantadas por el maestro a sus alumnos que ella no comprende pero que fue a escuchar durante cuarenta años porque amaba esa voz fuerte… Son pruebas y manifestaciones de un amor pretendido y cuidado con pequeños detalles en apariencia intrascendentes pero que condimentaron una vida llena, y que ahora se merece una despedida solemne para volverse a encontrar en “el otro camino a casa”.

Esta historia de amor comenzó discreta y silenciosamente porque eran otros tiempos y porque la delicadeza de Zhao y Luo así lo exigían, y sólo la curiosidad del alcalde hizo que todo el pueblo se enterase de que ellos eran la primera pareja que rompía la tradición de los matrimonios concertados. El director de “La maldición de la flor dorada” opta por el plano-contraplano y por el juego de miradas entre los dos enamorados, regodeándose en silencio con la complicidad que esconden esas sonrisas nada superficiales, permitiendo ver la elegancia con que se buscan entre el gentío mediante una ruptura intencionada del raccord de dirección, o acompañando a Zhao en sus correrías por el campo con travellings que terminan con una elevación de la cámara para coger altura y dar dimensión de eternidad a ese amor puro y profundo. También recurre Yimou a la repetición de escenas cotidianas y anodinas, montadas de manera sincopada para recoger una rutina que no tiene nada de vaciedad y sí mucho de amor perseverante: cada una de las veces en que Zhao se levanta del prado desde el que contempla a distancia al maestro que da clase a sus alumnos, cada una de sus visitas al pozo o de sus salidas al camino… son demostraciones de un amor que se va fortaleciendo en un continuo desvivirse.

Si la planificación, montaje y puesta en escena aportan toda la belleza de una historia cocinada a fuego lento, el trabajo de fotografía es excelente: un contrastado blanco y negro sirve para retratar el presente de muerte y dolor junto a los rostros ajados de unos tipos populares pero nobles, mientras que uso del color queda reservado para la historia de juventud contada en flash back con toda su luminosidad y variedad de sentimientos de felicidad. Hermosos parajes nevados o campos de trigo agitados por el viento o verdes praderas con una rica paleta cromática sobre los que destaca esa figura de rojo, una vieja escuela vista desde un molino de época o desde un interior con ventanales reconstruidos con papel y con mucho amor, telares tradicionales para tejidos de colores vivos y muy atractivos, y tazones que recogen los raviolis que el espectador puede incluso oler tras su cocción.

Los mismos sentimientos nos llegan por una banda sonora preciosa y envolvente, que nos da todo el lirismo de la historia con una cadenciosa repetición hasta penetrar en lo más profundo y suscitar en nosotros la misma alegría, angustia, amor, dolor y gratitud de sus personajes. Es un universo de sensaciones visuales, sonoras y ambientales que sirven para transmitir otras más interiores y que terminan convenciendo a Yusheng, a tantos antiguos alumnos y al propio espectador sobre la conveniencia de hacer ese viaje andando, como manda una tradición laminada por la Revolución Cultural.

De manera intencionada o no por parte de Yimou, las resonancias de otros clásicos del cine en “El camino a casa” son evidentes. La propia estructura de la historia con un prólogo en que el narrador parte de un fallecimiento para recordar una vida y retomar el entierro en un epílogo, o el recurso de jugar metafóricamente con el blanco y negro y el color… nos recuerdan a la entrañable y nostálgica “Cinema Paradiso” de Tornatore. Por otro lado, ver a esa mujer laboriosa que espera a su hombre en el marco de la puerta de la casa, sin traspasarla… nos trae ecos de aquella otra que Ford dejó para la Historia en “Centauros del desierto” como guardiana del ámbito doméstico y familiar. También el mejor Capra de “Qué bello es vivir!” está presente en un final emotivo y mágico, donde todos descubrimos el valor de una vida dedicada a los demás o la importancia de los amigos, porque cada uno recoge lo que se siembra. Y qué decir de ese cartel de la película “Titanic” de Cameron, alusión explícita a una de las historias de amor por excelencia que el cine nos ha dado.

No faltan, por tanto, momentos de emoción y humanidad que encierran también un mensaje socio-político aperturista. Es la “nueva primavera que ha llegado, la nieve que se derrite, la hierba que se vuelve verde” como recita el maestro con sus alumnos, o el mensaje de esa última clase –la primera y única que da el hijo, para satisfacción del fallecido Lou y de su madre– en donde los personajes recobran el color en otro instante mágico –réplica al de la foto inicial– y nos dejan un horizonte de esperanza que nos habla de los milagros que el amor puede obrar. Porque, durante hora y media, hemos asistido a una auténtica escuela de amor y de fidelidad, hermosa en sus aspectos visuales y precisa en los narrativos, con el ritmo adecuado para la contemplación y el remanso de sentimientos, y desde entonces también nosotros podremos reconocer esa voz segura cuando suene a nuestro alrededor… porque ya no seguirá el texto oficial sino el que escribió un maestro que sabía lo que era el amor.

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En las imágenes: Fotogramas de “El camino a casa” – Copyright  © 2000 Columbia Pictures Film Production Asia y Guangxi Film Studio. Todos los derechos reservados.

Publicado el 30 mayo, 2011 | Categoría: 10/10, Años 2000 / 2005, China, Filmoteca, Romance

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4 comentarios en ““El camino a casa”: En la escuela del amor”

  1. La Mirada de Ulises » Blog Archive » Lunes 24: Los pesos pesados se afirman en la Seminci… con un poco de amor y esperanza

    […] lo falso sino a través de un enamoramiento muy verosímil y hondo, con secuencias que recuerdan a “El camino a casa” por el detallismo de la puesta en escena o por las miradas cargadas de complicidad, por la […]

  2. diana

    Me pareció muy descriptiva la critica, muy completa, si de por si estoy enamorada de esa película la manera como la describes es tal cual la percibí ,gracias por la aportación.

  3. Julio

    Gracias, Diana. Me alegro de que te haya gustado. Se ve que tenemos gustos comunes.

  4. diana

    Definitivamente si coincido contigo, nuevamente me encuentro aquí leyendo tu critica y me sigue sorprendiendo.

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