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y la sociedad como protagonistas

“Memorias de África”: Una brújula para aprender a amar y a ser libre

En recuerdo del recientemente fallecido John Barry, he vuelto a ver “Memorias de África” de Sidney Pollack, para acabar teniendo las mismas sensaciones que en otras ocasiones y algunas reflexiones que pongo por escrito. Sin duda, en ella destaca la música del compositor como factor decisivo a la hora de crear un clima de romanticismo entre Meryl Streep y Robert Redford, y su continua presencia se intensifica en esa puesta de sol de un atardecer rojizo o en el paseo en avioneta sobrevolando las praderas de Kenia. Y sin embargo, su persistencia no cansa ni resulta molesta sino que ayuda a la contemplación de esas dos almas que viajan mental o físicamente en una búsqueda de amor y libertad… con la ayuda de una brújula, e incluso suaviza una tragedia que se ve venir desde el tono nostálgico de la voz en off de la escritora, que evoca mientras ve nevar a través de la ventana sus años en África… como los más felices de su vida.

Son los recuerdos que Karen Blixen escribió en 1934 bajo el seudónimo de Isak Dinesen (sus novelas “Lejos de África” y “Sombras en la hierba”): su propio matrimonio de conveniencia con su primo Bror para conseguir ella el título de Baronesa y él dinero para sus cacerías, la llegada a Kenia y su proyecto de café, su contagio de sífilis y el romance con el cazador Denys, la pérdida de todas sus posesiones tras el incendio de la plantación y la muerte de su amante, y también el intento para que las autoridades inglesas devolviesen a sus amigos los kikuyus las tierras que les pertenecían. Unos sucesos tratados con placer y gusto exquisito, sin prisas ni tensiones que rompan la armonía de un entorno pacífico, con toda la suavidad de la banda sonora y la belleza de una fotografía que hacen que el espectador se enamore de la luz y de los paisajes africanos. Es una historia de amor a fuego lento entre Karen y Denis, y entre la escritora y África… y también una evasión en tiempos de guerra, en avioneta o con esos largos relatos que en la película sólo se apuntan.

Un romanticismo de ensoñación y un idealismo que busca sensaciones placenteras y una libertad absoluta y sin ataduras… que a los protagonistas les reportará buenos momentos y también una sensación de insatisfacción, porque “noté que nunca nos perteneció, que nunca me perteneció”, dirá Karen en el entierro de ese llanero solitario. Aunque Denys la ama sinceramente, parece que no está dispuesto a renunciar a su modo de vida, a su autonomía, a sus escapadas… a asumir un compromiso que el matrimonio pueda imponerle. Para él, el amor que siente por Karen no tiene otras obligaciones que las demostradas en el momento en que están juntos y en saber que siempre volverá… pero no quiere que se refleje en un papel ni en unas restricciones a su libertad de movimientos o a la posibilidad de buscar otros afectos.

En cambio, la misma Karen que aceptó a un marido sin ponerse mutuamente trabas a otras aventuras amorosas… ahora, enamorada verdaderamente de Denys, le pide que se case con ella porque quiere “tenerle para ella sola”. Sabemos que esa diferencia entre ellos a la hora de concebir el amor y la libertad provocará su separación… poco antes de un trágico accidente que potenciará su romántica historia de amor… hasta la leyenda y hasta la misma sepultura. Y sin embargo, a pesar de la pasión y la tragedia, nada en la relación entre Karen y Denys, entre Bror y Karen es violento ni dramático, por muchas infidelidades y desencantos que se hayan generado: es un mundo sin normas morales y también sin traumas que puedan provocar su incumplimiento, con una Sabana convertida en Arcadia feliz donde los leones no son tan fieros como parece y el sol calienta plácidamente, donde los espacios abiertos –recogidos con unas espléndidas panorámicas– invitan a volar en libertad y a soñar con relatos románticos, tan bonitos y hermosos como imposibles y falsos.

Han sido dos almas que buscaban libertad y amor en territorios por civilizar, lejos de normas y reglas, en un clima expansivo que trataba de llenar el vacío interior. Al conocerse, Denys le dio una brújula a Karen para que no se perdiera en una expedición… cuando salía en busca de su marido, que es lo mismo que decir que para que encontrase el amor en su vida. Con el tiempo, ella lo encontró y quiso conservarlo, pero Denys era un centauro del desierto que no podía echar raíces porque su máxima era la libertad… aunque su defendida soledad hubiera quedado perturbada para siempre desde la llegada de Karen, como le dirá al separarse. La evolución de Denys es escasa porque es un hombre con una personalidad ya fraguada y muy seguro de sí mismo, que dice no necesitar nada del mundo pero que “realmente lo quiere todo” (en palabras de Karen)… pues espera conservar su amor y a la vez no renunciar a sí mismo ni a su estilo de vida.

En cambio, “la cándida adolescente” Karen sí que experimenta un cambio importante al conocer a Denys y al pueblo africano, hasta convertirse la película en un auténtico itinerario espiritual: tras su desembarco llena de cerámicas y de cosas (el coleccionismo de objetos y amores sería una cuestión interesante para el análisis del film), renuncia a su granja de vacas, aprende a trabajar la tierra, levanta una escuela para los niños… y finalmente hasta se humilla ante el nuevo gobernador al pedir su favor con los kikuyus. Ella realmente sí ha aprendido a compatibilizar amor y libertad, felicidad y renuncia, y esos años permanecerán en su memoria como aquellos en que aprendió a amar a un hombre, a un continente y a unas gentes, y también a un amigo fiel (su criado Farah) a quien promete encender una gran hoguera para reunirse con él.

Durante dos horas y media, Pollack nos ha ofrecido una hermosa historia llena de pasión contenida, con un tira y afloja entre la necesidad de amor y la defensa de una libertad innegociable. Meryl Streep y Robert Redford lo dicen todo con sus miradas y con unas impecables interpretaciones, y el resto se lo dejan a John Barry con su música… para transportarnos a un mundo en el que Karen “tenía una granja…” y un amor, junto a bellos recuerdos… lejos de la civilización y de las normas que un día la impidieron entrar en el Club de los caballeros, para terminar ganándose el amor y la admiración de todos, y no sólo de Denys. “Memorias de África” es uno de los más memorables romances épicos del cine de los años 80, ganadora de 7 Oscar® en 1985 (mejor película, director, guión, fotografía, música, dirección artística y sonido), y una de las mejores películas del tándem formado por el realizador Sydney Pollack y el actor Robert Redford.

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En las imágenes: Fotogramas de “Memorias de África”, Mirage Enterprises y Universal Pictures © 1985. Todos los derechos reservados.

Publicado el 24 marzo, 2011 | Categoría: 9/10, Años 80, Drama, Filmoteca, Hollywood, Romance

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