Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Lo que el viento se llevó”: Lo que el tiempo no cambió en el alma de una mujer

Muchas cosas y desde perspectivas distintas pueden decirse de “Lo que el viento se llevó” (Gone with the Wind, 1939). El trabajo de Victor Fleming es la película por excelencia en torno a la Guerra de Secesión y a la desaparición de un mundo de caballeros y damas, de amos y esclavos… y también la historia de amor más recordada del cine (con permiso de “Casablanca”). Son conocidos los avatares de producción que sufrió (hasta tres directores trabajaron en esta producción de David O. Selznick) y también la novela de Margaret Mitchell en que se basaba. También son recordadas sus antológicas escenas: el incendio de Atlanta y la anarquía de sus calles, la estación ferroviaria atestada de miles de heridos, el juramento de Escarlata en la colina de Tara, o el famoso “pensaré en ello mañana” con que cerraba sus dilemas… momentos que han pasado al imaginario del espectador como ejemplos emblemáticos de la época dorada de Hollywood. Todo eso, junto a la misma banda sonora de Max Steiner o los diez Oscar® que se llevó (incluidos mejor película, director, y actriz protagonista para Vivien Leigh), hicieron que durante muchos años ostentase el título de film más taquillero de los todos tiempos, y que su extensa duración o sus decorados de estudio de otra época no fuesen nunca obstáculo para que el espectador del siglo XXI siga quedando prendado de su historia y de sus protagonistas.

En las siguientes líneas, me centraré en analizar la especial personalidad de su protagonista femenina, aquella en torno a la cual giran todos los demás personajes y el propio desarrollo de la historia… porque ella es así, siempre centro de atención desde el inicio hasta el final, siempre una Escarlata de pura raza. Ya en la primera escena, la señorita O’Hara aparece rodeada de galanes sudistas que le hacen la corte… mientras se pavonea en la fiesta de romper todos los corazones, menos uno… el de Ashley Wilkes. Pero en esos primeros momentos esa estrella del Sur es aún una criatura un tanto infantil e inocente (salvo para las novias de los caballeros), aunque ya se nos presenta como orgullosa y vanidosa, como egoísta y con un punto de crueldad que el espectador parece estar dispuesto a perdonar… porque esos hermosos ojos verdes nos piden compasión y una segunda oportunidad, porque esa mirada audaz y fogosa nos transmiten su vitalismo, porque sus aires elegantes y desenfadados son tan atractivos como hipnotizadores.

Su futuro sentimental con Ashley parece vedado desde el momento en que este noble caballero está comprometido con la buena y comprensiva Melanie. Sin embargo, en el horizonte de Escarlata se cruza otro hombre que es… como ella, y con el que inicialmente se dará el lógico rebote de los polos iguales: Rhett Butler puede ser un héroe o un desertor, un mujeriego o un hombre sensato, un oportunista o un patriota… pero de lo que no cabe duda es que se trata de alguien que ha calado a la joven Escarlata desde el principio, y que espera el momento en que ella esté preparada para darle el primer beso y convertirla en su esposa. Ardua empresa la que se propone este maduro galán, pues domar a tan hermoso potro salvaje no será tarea fácil, y el futuro demostrará que casarse con ella no es lo mismo que poseer su corazón o quitarle de su cabeza al pobre Ashley, y también que la fragilidad de ese matrimonio tendrá que esconderse bajo las convenciones sociales primero o entre los cuidados de esa hijita mimada, fiel espejo de la madre… y flor de un día como la misma vida del matrimonio.

La bella Escarlata es muchas cosas, pero ante todo, es una mujer egoísta y tenaz, con una fuerza de voluntad que se convierte en obsesión por conseguir su presa. El amor a Ashley se transformará o complementará –nunca será sustituido del todo– por el amor a Tara: de ahí, de la tierra roja de Tara sacará fuerzas para lanzar al cielo ese juramento solemne que pone a Dios por testigo… Todos sus actos están siempre encaminados a conseguir su objetivo, y no le frena ni el compromiso de las otras mujeres –no digamos el de la ejemplar Melanie– ni el suyo con el marido de circunstancias, ni la guerra ni la locura o muerte de su padre, ni el hambre ni la especulación, ni un hospital atiborrado de heridos o un parto con una negrita cobarde de ayudante. En todas las adversidades, Escarlata sacará fuerzas de flaqueza y se hará más tenaz en su propósito… pero igual de egoísta y orgullosa, igual de superficial y vehemente, para terminar suspirando sobre las escaleras de su mansión al ser abandonada por Rhett lo mismo que había dicho a los dos gemelos en la primera secuencia ante su propuesta de barbacoa, o cuando mata al bandido y la conciencia le reclama un juicio: ahora no puedo pensar en ello… ya lo haré mañana”, cantinela que muestra esa huida hacia adelante sin pararse en el presente, y también esa irreflexión de la pasión infantil y caprichosa.

La solución es siempre dirigir la mirada al día de mañana, convencida de sus artes de seducción y manipulación, de su fuerte voluntad para salirse con la suya sin frenarse ante las dificultades, sin temor a nadie ni a nada, siempre dispuesta a volver a intentarlo y a marcar los plazos de actuación: es un ejemplar único y una personalidad fuerte, “una oveja negra” a la que uno no sabe si considerar amiga o sobre la que mantener distancias, si considerarla heroína o villana, mártir de las circunstancias o víbora que maquina y mete cizaña. Su hermosura y fortaleza contrastan con su complicación interior, su dulce mirada seduce y da miedo a la vez, sus circunloquios enredan y confunden, y sus artes de galanteo atrapan a los hombres mientras espantan a las mujeres.

Todos parecen conocerla y saber lo que pueden esperar de ella, y todos (o casi todos) la quieren… y dejan hacer, quizá porque no se sienten capaces de oponerse a ese torbellino de vitalidad o porque también saben que en el fondo, es buena y será capaz de todos los sacrificios… también por ellos. Para unos es la hija preferida o la niña consentida a la que seguir cuidando, para otros es el amor prohibido o el que se espera con paciencia, y para algunos es la amiga a quien confiar el bebé y el marido… En cualquier caso, todos en “Lo que el viento se llevó” giran en torno a ella y el espectador se siente fascinado y atrapado también por su figura y personalidad, tanto como lo sufren Ashley, Melanie, Rhett… y sus miles de admiradores.

Con el tiempo y las piedras del camino, la inocente Escarlata madura, perfecciona sus tretas y argucias manipuladoras, y se afianza en su objetivo inicial. Se siente capaz de todo para lograr el amor de Ashley o para que nadie vuelva a pasar hambre en su querida Tara. Contra viento y marea, a favor de las costumbres o enfrentándose a todas las normas de cortesía y moralidad… el fin siempre justifica los medios y todo vale si con ello se sale con la suya (ahí está ese “aunque tenga que mentir, robar o matar… pongo a Dios por testigo de que nunca volveré a pasar hambre”). Encomiable es la paciencia de Rhett hasta el plano final, donde el abandono de su particular empresa de domesticación de la fierecilla parece consumarse (al margen de la secuela que la película tuvo hace pocos años): él era como ella, de su misma calaña y estilo, pero todo tiene un límite… y aunque estaría dispuesto a comer rábanos para salir adelante, no lo está a “bailar con el propio Lincoln”, algo que sí haría ella.

Durante cuatro horas hemos asistido al enfrentamiento de dos mundos en guerra civil y al desmoronamiento de la mentalidad sudista, pero también al choque de otros dos fraguados en el entorno de las plantaciones de algodón. Porque Escarlata y Rhett pertenecen al universo de la pasión y de la aventura, a ese género de personas que necesitan alicientes continuos para vivir y superarse, que nunca se sienten indefensas ni vencidas ante las circunstancias más adversas, que son “capaces de afrontar las cosas y llamarlas por su nombre” y nunca se conforman con lo alcanzado. En el otro extremo, están Ashley y Melanie, personas pacíficas y que buscan la estabilidad, hogareñas e inocentes, quizá un poco pusilánimes y paradas, con más bondad que ardor guerrero. Son mundos que conviene no mezclar, aunque el capricho de una jovencita se empeñe en ello… porque el agua y el aceite siempre tenderán hacia su lado, aquel al que su propia naturaleza les empuja. Son también los microcosmos de Tara y de Twelve Oaks, de la representación y la pasión –Escarlata– frente a la autenticidad y la modestia –Melanie–, del oportunismo y del realismo –Rhett– frente a la nobleza y al idealismo –Ashley–, en una nueva inmortalización del espíritu de Sancho y Quijote.

Escarlata es una mujer que se entregó en cuerpo y alma a todo aquello sobre lo que antes había puesto la mirada, que sacaba del orgullo la fuerza para perseverar y la rabia para sobreponerse al infortunio. Un personaje muy bien escrito en el guión (mérito de Sidney Howard, premiado con el Oscar®), tremendamente coherente y sólido de principio a fin, capaz de resistir la embestida de los yanquis y de sobrevivir a su mundo en decadencia, y que incluso venció al viento de los tiempos… que no pudo con ella. Y a ese personaje le dio vida una gran actriz, Vivien Leigh, memorable en su interpretación y rodeada de un magnífico reparto donde brillan Clark Gable, Olivia de Havilland, Thomas Mitchell, Leslie Howard, Hattie McDaniel… Pero es Vivien Leigh quien hizo el trabajo de su vida –no el único–, y nadie se acordó después de Katharine Hepburn, Paulette Goddard o Jean Arthur, alternativas para su papel en pre-producción.

Los ojos de Vivien Leigh van cargados unas veces de ligereza y coqueteo y otras de pasión y energía, y en un instante se llenan de intensidad cuando la ira, los celos o la vanidad invaden su alma… y el espectador percibe ese torbellino interior de sentimientos encontrados. La actriz británica es capaz de montar una escena teatral para engañar a un cándido Sr. Kennedy… y convertirlo en marido por 300 dólares, lo mismo que conseguir el apoyo de Melanie y retener a su lado a un Ashley huidizo del aserradero en su falta de coraje. Es cierto que también Melanie hace su teatro al recibir a los hombres borrachos que llegan de la refriega en el bosque… pero es por una causa justa y no por interés propio y mezquino.

Escarlata nunca ha tenido miedo ni escrúpulos para mentir o dar un trato inhumano a trabajadores presos, porque ha sido como “el ladrón que no se arrepiente de robar pero sí de ir a la cárcel”, como el potentado que cree que con dinero todo se puede comprar. Tras su pacto con el demonio –con los yanquis–, los vestidos, joyas, casas y desayunos en la cama… han llenado su horizonte vital de capricho, pero todo se derrumba con un accidente de caballo o con un tropiezo en el rellano de la escalera. Su mundo se viene abajo, sino es que no estaba ya antes carcomido… porque su corazón siempre había estado lleno de sí misma y de ahí la gran verdad de “que Dios ayude al que te ame de verdad”, como le dirá Rhett en el momento del abandono, después de haberla comparado a otra mujer (su amiga Belle) también dedicada a los negocios… pero con corazón y mayor honestidad.

Una vida de hipocresía y capricho, y también una vida de sueños alejados de la realidad… porque Escarlata no conoce ni comprendería a ese Ashley por el que suspira, pues sus esquemas tienen el honor por bandera… y ella de eso entiende poco; porque sorprende que le diga, nada más morir Melanie, que “¡deberías haberme dicho hace años que la amabas a ella y no a mí”… Y es que Escarlata ha amado algo que en realidad no existe y no hay peor ciego que el que no quiere ver; además, es verdad que siempre apreció a Melanie pero nunca la quiso por encima de sus intereses, que amó a Rhett más de lo que ella misma creyó (según le dice la moribunda Melanie a éste)… Pero eran sueños de niña que han esperado toda la vida para hacerse realidad, y que cuando llega el momento… se comprueba que no hay tal realidad; eran coqueteos y fingimientos de una mujer que nunca en sus crisis tuvo un pañuelo… porque siempre tenía al lado quien se lo ofreciera y quien la animaba a seguir siendo el centro de todo.

Con este panorama vital, ¿alguien cree que nuestra Escarlata no volverá a engañarse y a pretender salirse con la suya? Es imposible que sea de otro modo, y el final de esta odisea de amor será como el principio, sin hambre de pan pero con el corazón vacío… porque “la tierra es lo único que te importa”. A la puerta de la nueva Tara se dirá a sí misma que “tiene que haber algún modo de hacerle volver; no puedo pensarlo ahora; enloqueceré si lo hago; pensaré en ello mañana. Después de todo, mañana será otro día”. Por eso, sin duda el viento se llevó el mundo de los Estados esclavistas del sur, pero no consiguió cambiar ni doblegar el alma de esta mujer tan tenaz como egoísta, que al día siguiente volvería a buscar el modo de hacer girar el mundo en torno a su corazón de niña.

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En las imágenes: Fotogramas de “Lo que el viento se llevó” © 1939 Selznick International Pictures y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.

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Publicado el 28 marzo, 2011 | Categoría: 10/10, Actores, Años 30, Aventuras, Drama, Filmoteca, Hollywood, Romance

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4 comentarios en ““Lo que el viento se llevó”: Lo que el tiempo no cambió en el alma de una mujer”

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  2. Cinema Paradiso | CinemaNet

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  3. La Mirada de Ulises » Blog Archive » Las mejores películas de los años 30 (1930-1939)

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  4. petra

    !Buen recuerdo!

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