Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

El bueno de “Toni” y el fatalismo de Renoir

No pudo Jean Renoir escapar al fatalismo existencial que empapaba la cultura francesa de los años treinta. Lo había recogido en “La golfa” y ahora nos lo volvía a transmitir en “Toni”, un trabajo con aire documental para ilustrar un hecho real sucedido poco tiempo antes. En un periódico había leído la noticia de un asesinato pasional, y quiso servirse del suceso como punto de partida para esta historia de lucha por la supervivencia en la penuria laboral, de amores trágicos e imposibles, de violencia doméstica e inmigración, de evasión al mundo de los astros cuando el terrenal no resultaba muy consolador. Aquí, la muerte y el deseo de encontrar la felicidad se citan en la región de Martigues –en el sur de Francia–, a donde llega un italiano para trabajar en la cantera. Él es Toni, que se aloja en la pensión de Marie para terminar enamorándose de ella… hasta que una española llamada Josefa se cruza en el camino. Entonces, los celos y los deseos irrefrenables, la avaricia y la amistad, el oportunismo y los comentarios de los vecinos… aparecen en ese pueblo de inmigrantes, donde una pareja mantiene vivo el sueño de su amor mientras el destino les cierra las puertas.

Llama la atención el realismo y la actualidad de los temas apuntados, con una cámara que rueda en exteriores y respeta el sonido natural, con unos tipos populares que son auténticos obreros emigrantes del lugar. Por eso y por estar pegado al terreno de lo social, muchos han considerado a “Toni” como un antecedente del neorrealismo italiano, surgido en contraposición al convencionalismo teatral y al realismo poético que triunfaban en Francia en ese momento. Desde ese punto de vista, “Toni” sería reflejo de una postura ética al querer mostrar la realidad con transparencia, sin embellecimientos estéticos que la falsificasen ni evocaciones sentimentales fatuas. Lo suyo sería acercarse al individuo en su entorno socio-laboral –y también físico– para retratar la injusticia y tensión vividas, a través de símbolos que unían lo social con lo interior: esa explosión de la cantera o esa avispa que pica a Josefa camino del lavadero se convierten en signos de una tragedia personal, que se adelanta metafóricamente para el espectador. La escena del racimo de uvas y la avispa viene, por otra parte, llena de una fuerte carga erótica y también fatídica, al mostrarnos a un Toni que chupa el veneno de un destino que en adelante le acompañará para conducirle a la muerte en su inocencia.

Una historia cíclica con oleadas de emigrantes que llegan para sufrir las mismas penalidades que sus predecesores, donde el plano final cierra una estructura narrativa circular cargada de significado social. Pero también una historia de amor abocada al fracaso, en que Toni cree haber aprendido de su primer error cuando no peleó por el amor de Josefa y la abandonó en manos de Albert… pero donde el destino con que Renoir mira a la naturaleza humana parece salirse trágicamente con la suya. El deseo, el capricho, el suicidio y la violencia parecen cerrar sus puertas a esa segunda oportunidad de Toni, resignado una y otra vez a la situación presente para malvivir en una cantera o en un hogar de infelicidad. Por eso, es una especie de historia de dos bodas y tres funerales que reflejan el pesimismo de un Renoir comprometido con la causa comunista, con deseos de cambiar las estructuras de la sociedad y sus mismas fronteras, pues la historia no deja de ser transnacional.

Junto a ese fatalismo personal y a esa lucha social, “Toni” presenta una galería de personajes maquillados en el guión y constituidos en arquetipos de conducta: el bueno y honrado de Toni siempre a remolque de las circunstancias, Albert como donjuán perverso y sin entrañas, la seductora Marie despechada y capaz de todo, Josefa como aquella otra mujer sacrificada e indefensa que se acoge a la protección de su amor, o el vago de Gabi que vive de rentas y huye del compromiso y de lo que pueda suponer un problema, o Fernand como el amigo fiel y leal siempre dispuesto a ayudar. Son buenas o malas personas retratadas con rasgos precisos y nada ambiguos –algunos de ellos con una actitud machista–, absorbidos en un determinismo ambiental por la fuerza de la Naturaleza… hasta ahogarse en el lago o ser acribillado en las vías del tren –no es casual el lugar, metáfora de la vida–.

Un melodrama naturalista con una –o muchas– víctima inocente, que juega con la realidad hasta ser transformada por un guionista-demiurgo. Porque, en el fondo, estamos ante la historia trágica de la vida… según los ojos de Renoir, cantada por ese juglar del siglo XX que con su guitarra pone letra y música a lo que ve y que jalona este relato sobre “el bueno de Toni”. A continuación, podéis ver la referida escena de Toni y Josefa camino del lavadero.

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En las imágenes: Fotogramas de “Toni” – © 1935. Les Films Marcel Pagnol. Todos los derechos reservados.

Publicado el 26 septiembre, 2010 | Categoría: 8/10, Años 30, Drama, Filmoteca, Francia

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