Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“La sombra de una duda” o la doble pérdida de la inocencia, según Hitchcock

Quizá no tenga grandes estrellas en su reparto ni sea una de las películas de Hitchcock más valoradas, pero “La sombra de una duda” (Shadow of a Doubt, 1943) es magistral en su guión y planificación, y supone una interesante aproximación al tema del mal en el mundo y a la complejidad del amor… que exigen y traen consigo una maduración de la persona. En este caso, la protagonista es Charlie, una joven que quiere huir de la rutina diaria de provincias y a quien se le ilumina el rostro cuando llega su querido y admirado tío desde la costa este. La sintonía o telepatía entre ambos es tanta que ambos se llaman Charlie, que se reclaman a la vez por telegrama o que se presentan al espectador tumbados sobre su cama en posturas idénticas. Son “algo más que almas gemelas” –en el recibimiento se comportan más bien como novios–, aunque ella sea pura y transparente, y en cambio él encarne el cinismo y el escepticismo más retorcido.

Desde el punto de vista de la joven Charlie, su frescura e inocencia juvenil dejarán paso progresivamente a la sombra de la duda que llega con los primeros tropiezos, equívocos o reacciones de su idolatrado tío. Un recorte de periódico, unos comentarios sin malicia que son entendidos con desconfianza, unas iniciales en un anillo… y el amor de un detective. El descubrimiento de la vida por esta chica idealista llega con sorpresa y perplejidad porque el mal y el amor se mezclan y confunden en su mente hasta generarle un doloroso dilema: la inicial adoración por su tío se convierte en rechazo que no llega a ser odio porque en el fondo le quiere y trata de mirar hacia otro lado; esos buenos sentimientos no sólo la empujan a dejarle huir para evitar a su madre un sufrimiento insoportable, sino que también siente lástima por la desesperanza de quien ha llegado a odiar a un mundo al que considera una pocilga de corrupción. Viendo el alma de su tío, no extrañaría ella hubiera seguido sus pasos –son almas gemelas, no lo olvidemos– y derivado hacia el lado oscuro y vacío… si no hubiera encontrado al mismo tiempo el amor sincero en Jack Graham, algo que le abre un nuevo horizonte.

Excelente interpretación de Teresa Wrigth en la evolución de su personaje desde la inocencia hasta la madurez, con sentimientos encontrados mostrados con dulzura y extrañeza. Y también de Joseph Cotten en el papel de un tío en el que se adivina un pasado difícil que le llevó al a comportarse como ángel exterminador o caballero sin rostro. Porque, sin duda, el tío Charlie vivió su época feliz y romántica en Santa Rosa con su hermana Emma cuando la gente era buena y maravillosa –de ahí el vals y la nostalgia–… pero parece que un día descubrió la presencia del mal y sucumbió ante él. Henry Travers y Patricia Collinge bordan su papel al frente de la sencilla y prototípica familia americana de clase media de los años cuarenta, mientras que Hume Haukins y los niños aportan comicidad y simpatía, el mismo humor que respiran comentarios como el de la camarera –habituales pistas sarcásticas de Hitchcock– que dice “yo me moriría por algo así” mientras contempla extasiada el anillo de esmeraldas de Charlie… justo cuando se acaba de desvelar el misterio.

“La sombra de una duda” era de las primeras películas americanas de Hitchcock y rodada en exteriores –aunque tuvo sus ajustes con decorados–, y en ella se observan toques de suspense que muestran al espectador lo que es preciso para generar inquietud y esconden lo que sólo debe intuir con su imaginación: unos billetes caídos en el suelo que aportan misterio, un primer plano de un recorte de periódico que sobresale del bolsillo o de un anillo convertido en prueba, unos insertos de un vals con una melodía que se han apoderado de la mente de tío y sobrina, una copa que se cae sobre el mantel o unas manos nerviosas que retuercen un papel que anuncian tragedia, una puerta del garaje que se atasca una y otra vez… junto a inteligentes diálogos con doble lectura según quien lo dice y quien lo escucha y que levantan sospecha en uno y tensión en otro… Elementos hitchconianos como lo son esa escalera y sus inquietantes contrapicados, esas sombras sobre las paredes que hablan del aire tenebroso que la llegada del tío Charlie ha traído a la casa, esos giros narrativos a partir del otro sospechoso del crimen o de ese juego detectivesco e imaginativo que el padre desarrolla con su vecino a partir de las novelas de asesinos (con las oportunas e irónicas referencias a la literatura europea de Hércules Poirot y Sherlock Holmes).

No falta en la película una defensa y apoyo al gobierno americano y a su política idealista –estamos en California en 1943–, a las clases medias y a su solidaridad vecinal, a la necesidad de confiar en la gente pero mantenerla vigilada… porque “a veces se vuelve loca, como tu tío”, último comentario del detective que sirve de colofón y mensaje a la cinta. Por último, es necesario hacer referencia a ese mundo de las apariencias en que la verdad acaba siendo enterrada con el personaje… quizá porque sea lo más prudente y lo mejor para todos, con ocasiones en las que es mejor no saber demasiado –constante en la filmografía del director–, y donde se huye del esquematismo al retratar al individuo como bueno o malo sin atender a los pliegues de intenciones, pulsiones o patologías.

Una película de apariencia menor pero que era la preferida de Hitchcock, que comienza aproximando los mundos opuestos de dos personas llamadas Charlie… hasta que en cierta medida una deba morir para que la otra viva, cuando ya está preparada para mirar la realidad diaria sin miedo y sin necesitar milagros extraordinarios que la hagan feliz. Historia de las relaciones de una joven idealista con su tío escéptico… pero sobre todo del individuo con el mundo y de la aceptación de la vida como viene, con la libertad de subirse o arrojarse del tren, de respetar o no a las viudas alegres, de superar el orgullo y ver que la gente corriente no vive en un infierno… porque el problema está en el alma de quien así lo ve. Con Hitchcock, Cotten y Wrigth hemos asistido a dos pérdidas de la inocencia diversas y opuestas a partir de un alma común, a un ejercicio de la libertad desde la desesperanza o desde el amor.

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En las imágenes: Fotogramas de “La sombra de una duda” – Copyright © 1943 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 16 mayo, 2010 | Categoría: 8/10, Años 40, Drama, Filmoteca, Hollywood

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