Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Psicosis”: Cincuenta años con Hitchcock y sus pantanos interiores

Se cumplen cincuenta años de “Psicosis”, una buena ocasión para rendir homenaje a quien ha sido llamado “el mago del suspense” y muchas cosas más. Pocos directores tan populares y que hayan inoculado en tantos el virus de la cinefilia como Alfred Hitchcock, y pocos cuyo rastro haya sido tan profundo en otros colegas (el mismo Gus van Sant hizo en 1998 un remake de esta película), en los estudiosos del cine (ahí está la devoción de los cahieristas franceses le profesaron), y en unos admiradores que bromeado y hecho sus propios ajustes en la escena de la ducha hasta la saciedad. También se ha dicho que nadie como él retrató a las más bellas actrices rubias en sus películas para ser acusado después de misoginia, y que su cine era espejo de sus traumas infantiles y de sus obsesiones a partir de su educación y de su relación maternal.

Centrándonos en el film de Anthony Perkins y de Janet Leigh, de Bernard Herrmann y de Saul Bass, son muchas las escenas y planos de esta historia de terror y suspense que podríamos destacar. Tras la joya de los títulos de crédito de Bass, vemos cómo la cámara se introduce aparatosamente en la habitación de hotel como uno de esos pájaros o de esos mirones de Hitchock, para así poner sobre el tapete la motivación del robo y el deseo de esa mujer por tener una boda rápida. Más adelante podremos ver la célebre secuencia de la ducha, despiezada de manera antológica en el montaje, y también esos contrapicados góticos de la casa vista desde el Motel Bates, o escuchar las voces de Norman y de su madre enferma, o asistir a esa cena improvisada en la oficina rodeados de pájaros disecados… y donde un joven se muestra encerrado en su propio mundo interior y la misma Marion Crane decide salir de la trampa en que se ha enredado –o empantanado, por seguir con las metáforas– ella misma con el robo. Y así seguiríamos hasta la investigación, subidas y bajadas por la escalera de la mansión y del sótano… y así hasta el sorprendente desenlace, con esa imagen de la mosca que se posa en la mano del enfermo ya en la comisaría o de ese coche rescatado del pantano.

Podríamos seguir recordando y gozando de tantos momentos como nos brinda este obra maestra, pero de todos ellos me quedo con el largo trayecto en que Marion huye con el dinero robado, y se queda a solas con su conciencia mientras conduce sin rumbo. Sus ojos no tienen desperdicio mientras mira por el retrovisor, sus gestos no consiguen ocultar su patente nerviosismo y el largo monólogo interior responde a la inquietud de un alma que ha perdido los papeles: entonces su memoria trae los últimos diálogos en su lugar de trabajo de manera desordenada y caótica, su imaginación recrea con angustia lo que dirán cuando descubran su desaparición, y su conciencia le recrimina su acción y hacen que se sienta perseguida, que provoque la sospecha del policía o del vendedor de vehículos. Son instantes vividos intensamente, con una enorme tensión por el temor a ser descubierta, y esa voz interior y los espejos responden a una esquizofrenia (moral) que ha iniciado y cuyas consecuencias que acabará padeciendo a manos del inolvidable Bates-Perkins (esta vez la esquizofrenia es patológica). Además, esa inquietud será amplificada magistralmente por los violines estridentes de Bernard Herrmann, en un perfecto ejemplo de cómo la música de cine se pone al servicio del cine para reflejar estados emocionales de los personajes y generarlos en el espectador.

En el coche de Marion, asistimos a instantes íntimos de absoluto dominio del tiempo subjetivo por parte de Hitchcock, de malicioso juego con el espectador –basta con mostrarnos a Bates llevando en brazos a su madre– y con sus miedos interiores, de precisa puesta en escena donde lo que está dentro y fuera del plano –y que el espectador conoce– ejercen un influjo decisivo en su ánimo y le llevan a ponerse en lugar de la temerosa protagonista. Por eso la misma cámara que antes había enfocado la maleta abierta y el dinero sobre la cama para indicarnos la determinación de Marion de fugarse, más tarde apuntará al periódico-envoltorio sobre la mesita del motel… y nos hará creer que Norman Bates se olvida de recogerlo y que le delatará. El director británico planifica con astucia e inteligencia la escena, e invita al espectador a construir su propia historia a partir de lo que ve o sabe, para terminar dando un quiebro y sacando del subconsciente de algún personaje una razón oculta y definitoria que explique los hechos y el desenlace. Porque lo del psicoanálisis y el mundo interior de su cine, es otro cantar que daría para mucho (ahí esta el comentario de Bates a Marion en la amigable cena, acerca de que “el mejor amigo de un chico es su madre”, o la explicación final del psiquiatra), aunque no tanto como algunos se han empeñado en analizar.

En definitiva, con “Psicosis” Hitchcock realizó una obra que inmortalizaría a más de uno de sus colaboradores y actores (no hemos hablado del detective privado, ni del papel de Vera Miles, ni de toda la segunda parte de la película), y que se levantaría como una referencia obligada en el género de suspense y terror, capaz de jugar con los miedos y las emociones desde los mismos títulos de crédito hasta un final que obliga a volver sobre tantos detalles y conversaciones de Bates con su imagen de madre. Crímenes pasionales y dobles personalidades, huidas de la realidad y pantanos interiores, y siempre conciencias –la de Norman, la de Marion– que buscan una salida al crimen o al robo, porque siempre todo acaba saliendo a la superficie… cadáveres físicos o mentales, y también un sentido de justificación y de reparación que todo hombre se procura.

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En las imágenes: Fotogramas de “Psicosis” – Copyright © 1960 Shamley Productions. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 14 Febrero, 2010 | Categoría: 10/10, Años 60, Filmoteca, Hollywood, Terror

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3 comentarios en ““Psicosis”: Cincuenta años con Hitchcock y sus pantanos interiores”

  1. cyranobix

    ¡Qué película, Dios mío! Está todo tan bien contado. Hay un dominio tan brutal de los recursos del lenguaje cinematográfico, que la considero perfecta. La he visto montones de veces (ni me acuerdo cuantas), sé el final más que de sobra (de memoria). Pues no puedo evitar un escalofrío siempre que la vuelvo a ver. ¡Qué difícil es conseguir eso en una obra de arte, madre mía!. Saludos.

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