Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

El amor también es interesante en las historias

Pablo Castrillo (CinemaNet).- Recuerdo con perfecta nitidez el comienzo de la maravillosa «The Princess Bride»: en la primera secuencia, el abuelo comienza a leer un libro a su nieto y éste, a los pocos minutos, le detiene indignado: «¡un momento, un momento! ¿Es una novela de besos?» Al muchacho no le interesan los besos: lo deja muy claro desde el principio: «¿tiene algo de deportes?» Y, sin embargo, más adelante, vemos a ese mismo mozo aferrado a sus sábanas, tiritando de emoción por lo que pueda suceder a los enamorados protagonistas de la historia.

Nadie duda de que el interés es la pieza -o mejor dicho, el lubricante- que hace posible el éxito de la narración. Y la narración es exitosa cuando alguien cuenta algo… a alguien. Es fundamental no olvidar esta última parte: sin receptor no se cuentan las historias. De hecho, los grandes problemas del cine de autor, y en concreto del cine-arte típicamente europeo, nacen de ahí: «lo que usted tiene que decirme no me interesa» (incluso resulta gracioso cómo algunos ‘autores’ se empeñan en imponer el criterio sobre lo que resulta interesante, como si eso fuera posible). Lo que con toda seguridad resulta más arduo es dar algunas pistas sobre dónde radica el interés de las historias. Por mi parte, adelanto que no tengo la respuesta, o de lo contrario estaría haciéndome de oro en Sunset Boulevard. Pero merece la pena reflexionar sobre ello.

Estas disquisiciones tienen su punto de partida en la discusión que -en cierta ocasión, en cierto lugar- presencié por casualidad: un gran sabio, profesor universitario, se revolvía furioso en su asiento: «el mercado no puede mandar, decía. Y si no, estamos perdiendo el tiempo». Su postura era fácilmente comprensible, si El amor también es interesantese tiene en cuenta que la discusión venía a cuento del eterno problema de la (in)moralidad en las pantallas. Pero el otro experto tampoco se equivocaba, con los datos de recaudación en la mano, al decir que muchos de los mayores éxitos de taquilla -suponemos por tanto que hablamos de las películas más «interesantes» para el público- son títulos absolutamente asépticos, en el sentido ético o moral de la expresión. Con ejemplos: entre las diez películas más taquilleras de la historia se encuentran dos entregas de «The Lord of the Rings»; y otras dos de «Harry Potter». A primera vista, cine “limpio”, si se me permite la expresión.

También es cierto, empero, que si nos separamos un poco del visor hacia el Top 100 del boxoffice mundial, se aprecian otros datos reveladores y quizá preocupantes, sobre todo en lo relativo la calidad narrativa (y no tanto ya en lo que toca a las cuestiones éticas y morales). Y esos datos preocupantes tienen todos su nombre y su número: con el 22, la infumable «The Da Vinci Code»; con el 44, la ridícula «Transformers»; con el 55, la indigesta y cansina «Troya»; y con el 77, la basura inmisericorde de «Matrix Revolutions» (y estoy siendo muy permisivo con otras películas mediocres…)

¿Es pues, el mercado, un buen indicador de lo que interesa al público? La respuesta, desgraciadamente, no es radical: hay zonas en sombra. Por una parte, puede inducir a confusión el hecho de que la también insoportable «Spider-Man 3» fuera capaz de recaudar casi 900 millones de dólares en las salas de cine a lo largo y ancho del planeta. Y al mismo tiempo, apostaría mi mano derecha a que un elevado tanto por ciento de los bolsillos que compraron entradas para el último trabajo de Raimi con el hombre araña -animados, quizá, por despampanantes maniobras de marketing– desearon después no haberlo hecho. Pero por este camino entraríamos en la sempiterna diatriba acerca de la reducción del cine a una mera fuente de espectáculo, y me parece que esa cuestión está hace largo tiempo superada.

Volvamos con lo que interesa al público y empecemos por desechar ese apestoso lugar común que aloja razonamientos tan simplones como el de: “es lo que quiere el público, ¿no?” De hecho, no. La pregunta es muy sencilla: ¿es el pueblo el que pide pan y circo? ¿O es que ha ingerido tanto pan que ya no recuerda que existe el caviar? Por ahí van los tiros, a mi entender: el espectador, obligado a escoger entre lo (poco) que se le ofrece, ha desarrollado el vicio de optar por los productos cómodos, simplones y espectaculares. Perdemos así la capacidad de llegar a ser una audiencia de criterio, dada a reflexionar sobre los temas que proponen las historias.

Spiderman 3

Lo que el primer sabio explicaba es que la anestesia ya ha tenido efecto en los cuerpos y mentes de los espectadores. Por lo tanto, en nuestros días, puede resultar complicado atraer las miradas hacia una historia poco lustrosa: porque se necesita interés (o emoción, o conflicto, si se quiere) o su sucedáneo: el espectáculo. Y existe un problema mayor aún, que resume a la perfección -a pesar de su tono tan pesimista- la filósofa Simone Weil: “el mal imaginario es romántico, lleno de variedad; el mal real es triste, monótono, desértico, aburrido. El bien imaginario es monótono, el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagador.  Por eso, la literatura [léase, el cine] es o aburrida o inmoral (o una mezcla de las dos)”. Parece pues, una aporía sin salida. Si sólo es posible colocar en el mercado productos malignos y su contrario es el aburrimiento, parece que va siendo hora de cerrar el chiringuito y enterrar el cine en el olvido. Pero –Deo gratias– Weil se equivocaba en buena parte: no porque no tenga razón en lo que dice, sino porque ha habido ejemplos más que suficientes para demostrar que se puede hablar de lo bueno y resultar interesante al mismo tiempo.

Bien es cierto que no estamos descubriendo ningún mediterráneo y que estas consideraciones son harto conocidas. Pero vuelvo sobre ello con la esperanza de que recordemos la regla número uno del arte de contar historias: no aburrir. Por que si aburrimos, será imposible alcanzar las mentes y corazones del público. Corazones, por cierto, intoxicados con “drogas blandas” como las citadas más arriba entre el «Top 100» de la recaudación mundial; o con auténticas sustancias tóxicas como las de la repugnante franquicia «Saw», que constituye una inyección de cianuro para la sensibilidad humana.

Si yo fuera el lector, estaría ya clamando por una buena muestra de ese tipo de películas que resultan interesantes, son de calidad y además carecen de inconvenientes morales (sabiendo que los raseros son diferentes para cada persona, claro). Y como articulista benevolente, no me puedo negar a juntar algunos títulos, eso sí, consciente de que las listas son siempre imperfectas, incompletas, inabarcables, etc. Pero, “a bote pronto”, sólo en 2009 me vienen a la mente joyas como «Gran Torino», «Slumdog Millionaire», «The Visitor», o «Up». ¿Y qué tienen todas ellas en común? Quizá a alguien le pueda resultar un tanto sorprendente lo que vengo tratando de afirmar, pero uno de los ingredientes estrella de toda receta interesante es el amor. Y lo demuestra Goldman con meridiana claridad en «The Princess Bride», como decíamos al comienzo.

Otros indicadores -menos valiosos, a mi entender- son las cifras que mueven las comedias románticas cada año en la cartelera (a pesar, muchas veces, de su pésima calidad): si seguimos nuestro paseo por éste último año, encontramos productos variopintos como «Todo incluido», «New York, I love you», el fenómeno incontestable de «New Moon», «Love Happens», «Last Chance Harvey», «Qué fue de los Morgan», «La Proposición», etc., etc., etc. Que no me digan que el amor no vende. Aunque, desgraciadamente, se vende un tipo de amor equivocado. Pero ése es otro problema y debe ser resuelto en otra ocasión.

Volvamos a las historias de amor verdadero. Pensemos en el arranque de Up, que constituye un bellísimo canto al amor conyugal, con esos diez minutos de puro y auténtico cine. ¿No es eso interesante? Y recordemos la batalla que sostiene contra sí mismo el Sr. Kowalski para hacerse capaz de concebir el perdón (que es otra forma de amor). Lo mismo sucede con la pareja protagonista de «The Visitor», por no hablar del boom de Danny Boyle.

El amor también es interesanteTambién podemos movernos más en el tiempo. ¿Saben cuál es la única película con la que, hoy y ahora, me pongo a llorar cada vez que la veo? Les parecerá una tontería pero es «¡Qué bello es Vivir!» Porque, una vez más, es un maravilloso relato en torno al amor (en este caso, algo más volcado hacia la faceta familiar). Pero los ejemplos son infinitos: ¿por qué se habrán convertido en gigantes de la historia del cine obras tan dispares como «Casablanca», «La Reina de África», «Gone with the Wind» o «Un Tranvía llamado Deseo» o «El Apartamento»?


Me parece que no hay que tratar de hacer más demostraciones: la cuestión está bastante clara. El hombre -un ser que vive de, por y para el amor- necesita historias que le hablen de ello. Y es tal nuestra naturaleza que, al final, como enérgicamente defendía mi sabio, podemos también decir: donde hay amor no hay aburrimiento.

En las imágenes: Varios carteles de películas mencionadas. Fotogramas de «Spiderman 3», “Casablanca” y de «¡Qué bello es vivir!». Todos los derechos reservados.

Publicado el 31 enero, 2010 | Categoría: Colaboraciones, Industria y taquilla, Romance

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Un comentario en “El amor también es interesante en las historias”

  1. El amor también es interesante en las historias

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