Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“La cinta blanca”: Cría cuervos…

[9/10] No abandona Michael Haneke su disección de la violencia cuando se va un pueblo alemán y recoge los sucesos de comienzos de siglo previos a la Gran Guerra. Allá trasplanta todo el “universo Bergman” para construir un microcosmos en donde convierte la religión en caldo de cultivo de intolerancia e inhumanidad, en donde cuestiona el principio de autoridad porque supone abuso, y donde el puritanismo moral reprime la inocencia infantil hasta que ésta explota… y genera las mayores atrocidades en la edad adulta. «La cinta blanca» es toda una transfusión de sangre nórdica a un territorio germano que años después vería nacer el nazismo, apuntado pero no explicitado por el director. Es la violencia y el racismo que están latentes, el desprecio hacia los discapacitados y la rigidez que quita libertad para convertir al hombre en máquina sin conciencia, y también la hipocresía y doble moral de quien busca a Dios olvidándose de lo humano… un panorama desolador en el que Haneke escoge la versión más inhumana y adulterada de la religión para elaborar una curiosa teoría de la culpa, en lo que es una nueva manifestación del actual laicismo que asola Europa.

La composición de este negrísimo retrato colectivo está perfectamente hilvanado por la voz del maestro del pueblo, un bondadoso personaje que merecería llevar la “cinta blanca” por su pureza e inocencia, protagonista desde dentro y fuera de la escena. Él nos cuenta con voz en off los primeros brotes de violencia en la comunidad luterana, nos desvela de manera dosificada y dejando siempre la sombra de la duda ante tanto odio y amargura incubados en unos vecinos que viven con el miedo en el cuerpo y sometidos al patrón terrateniente, y en una autoridad –sobre todo paterna– que ve en la amenaza y el castigo la manera de imponer su ley y su control. Culpa, venganza, humillación e infidelidad para recrear todas las miserias y perversiones humanas hasta llegar al abuso de menores y al mismo incesto. Nada escapa a este especialista en impactar y despertar conciencias acomodadas, y en hacerlo sin espectáculo y evitando mostrar lo que puede dejarse oculto fuera de campo. Haneke deja la cámara fija y durante el tiempo preciso para congelar el aliento mientras el pastor aplica a sus hijos el castigo tras la puerta, crea un silencio que provoca miedo y perturba al espectador por sí mismo y sin efectismo alguno, de la misma manera que cierra la película con un plano en negro que supone todo un mazazo final y desesperanzado… mientras crece el dictador.

Pero también el director de “Funny Games” sabe crear sentimientos sutiles y delicados, escenas de ternura y amor profundo. Preciosos son los momentos del maestro y la niñera, desde la timidez inicial hasta la exquisita y respetuosa relación que nace entre ellos. El maestro es el único hombre que sale bien parado, el único con entrañas y sensatez frente a un terrateniente, un administrador, un médico o un pastor que rivalizan en dureza e insensibilidad, en abuso de poder y en inhumanidad. Frente a ellos, las mujeres muestran la otra cara, la comprensiva y tierna, aunque de poco les sirve en una sociedad gobernada por hombres. Y los niños… ellos son esos pequeños «cuervos que te sacarán los ojos», cuya barbarie es la que aprendieron y sufrieron en sus propias carnes, la que les inculcaron en la familia y en la iglesia. Todos los niños… salvo uno que está a punto de dar un vuelco a la historia y ablandar el corazón del pastor cuando le regala su pájaro, porque ve muy triste a su padre… Ese niño frágil y con corazón es el germen e imagen del maestro adulto, y la demostración de que siempre hay algunos hombres buenos entre los desalmados, de que la conciencia y la libertad nunca se pierden hasta el extremo de anular la propia responsabilidad.

Perfecta ambientación de época y de una sociedad asfixiante cerrada en su rigorismo, magnífica y estremecedora fotografía en un blanco y negro metafórico, una estupenda dirección de actores –sobre todo de los niños–, una planificación ajustada y un incuestionable dominio del tiempo fílmico para una película de ritmo preciso, con todo el despojamiento de Dreyer y toda dureza y amargura de Bergman. Todo ello le dio la Palma de Oro en Cannes y otros premios allá donde se ha presentado. Una historia de extrema dureza interior –el pastor es el más crudamente censurado, especialmente en las relaciones con su hijo Martin, más aún que el despreciable médico– que presenta a la religión en la génesis de toda violencia y a la que quiere cargar el muerto del nazismo (curiosamente pagano). Una oscura e ideológica propuesta, tan perfecta en lo formal como irrisoria y provocativa en lo conceptual, que pone en el banquillo de la sospecha y de la acusación a una fe vivida de manera atormentada y represiva, con frialdad y dureza, y a unos infantes que llevan el lazo blanco hasta que estén en condiciones de cambiarlo por la esvástica.

Calificación: 9/10

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En las imágenes: Fotogramas de “La cinta blanca” – Copyright © 2009 X Filme Creative Pool, Wega Film, Les Films du Losange y Lucky Red. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Publicado el 16 enero, 2010 | Categoría: 9/10, Alemania, Año 2010, Críticas, Drama, Francia, Italia

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8 comentarios en ““La cinta blanca”: Cría cuervos…”

  1. Individuo Kane

    Creo que esa voz en off destroza la película. Guía al espectador, lo maneja, hace que juzguemos a los personajes.
    En el fondo, sin la voz en off, la película se parecería mucho a «Caché». Sería más ambigua, se prestaría a muchas más interpretaciones, permitiría que las imágenes contaran la historia por sí misma y, sobre todo, la psicología de los personajes sería mucho más rica.
    Diciéndonos quién es el «malo» y quiénes los «buenos» pierde mucha gracia. Y, por otra parte, ese maniqueísmo de «buenos» y «malos» es un elemento que no estaba presente en «Caché».
    No me ha entusiasmado. Y, por supuesto, al margen de la fotografía, no creo que tenga nada que ver con Dreyer, Bergman o Tarkovski, como se dice por ahí.

  2. Julio

    Pues para mí, Individuo Kane, ese narrador es de lo más conseguido, pues permite asistir a la historia desde la distancia del tiempo y con la ausencia de certezas: «no está claro nada de lo sucedido»… Es una forma de dramaturgia que ayuda al espectador a dudar de lo que se le va a contar, a enfriar sentimientos (ya fríos de por sí en el ámbito luterano) y suspender juicios (cosa muy buena).

    Es cierto que hay maniqueísmo al presentar a los personajes, pero precisamente esa «mirada exterior» del narrador es la que permite cuestionar una aparente realidad y posibilita una representación parcial del pasado: la verdad no se agota con un punto de vista… que es lo que encontraríamos si la película estuviera hecha en Hollywood, escuela del tópico y de maniqueísmo.

    Ahora bien, es verdad que aquí Haneke se posiciona histórica e ideológicamente, y que muestra un cristianismo desalmado, hueco, formal…

    Tampoco estoy de acuerdo en que sólo la fotografía nos hable de Bergman o Dreyer. Hay muchos puntos de contacto, en la puesta en escena, en la economía narrativa, en la temática, en la caracterización íntima de sus personajes… Se respira, pienso, la misma culpa y otros sentimientos… de todo el cine nórdico.

    Un saludo,

  3. Individuo Kane

    Perdona que vuelva a compararla con «Caché», pero es que me la recuerda mucho sobre todo en el modo de abrir y cerrar, el plano inicial y el final. Aquel plano final de la salida del instituto te dejaba dándole vueltas a toda la película, a qué habría sucedido con los personajes.
    En «La cinta blanca» ese plano final es la entrada de la gente a los oficios. La voz en off te cuenta la post-historia. Sin esa voz me habría sentido igual que con «Caché»: ¿siguen la vida como si nada hubiera pasado? ¿ha cambiado algo? ¿se han hecho conscientes del mal? Bueno, a mí me habría gustado más sin comentarios.
    En cuanto a la cuestión Bergman-Dreyer. Creo que estos directores planteaban preguntas, desconcertados, pero buscando una verdad. Con Haneke no tengo la sensación de que la busque. Más bien la teme. En todos ellos hay culpa, es verdad. Pero Bergman y Dreyer son conscientes de que son partícipes de ese mal. Haneke no soporta esa idea. No quiere asumirlo. Esto, por supuesto es muy de sensaciones, pero yo salgo de sus películas de modo muy distinto. Haneke me incomoda. En «Caché» tuve una sensación positiva: las cintas de vídeo eran el despertar de una conciencia adormecida. En «La cinta blanca» no lo veo. Es más bien al contrario. Nadie quiere asumir el mal que hace.

  4. Julio

    El plano final, Individuo Kane, es tan negro como el panorama de quien no quiere que la verdad salga a la luz y calla, con lo que el mal incubado acabará saliendo a la luz antes o después. Esa es la tesis de Haneke, y su apuesta visual totalmente coherente con su pensamiento. Todo sigue igual porque algunos no están dispuestos a que sea de otro modo y esconden el mal, el ingenuo maestro se va con su intuición del mal a otra parte… y los niños se quedan con el veneno dentro.

    Haneke no es Dreyer ni Bergamn, eso está claro: es distinto. Pero, a su modo, también plantea preguntas al espectador y le deja con interrogantes sin resolver -el narrador no es categórico-, y de ahí esa búsqueda de impacto y provocación que le caracteriza (no hay más que ver Funny Games). Hablar de intenciones en su búsqueda de la verdad nos lleva a otro plano, y no creo que Haneke se plantee los temas desde el punto de vista metafísico ni existencial, pero sí sociológico.

    Esta es más una película de ambientación histórica, distinta a Caché o a Funny Games… ese juego realidad-representación que llevaba a cabo con las grabaciones de vídeo, aquí lo ejecuta a través de la voz del narrador.

    Un saludo,

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  6. κριτικός

    He leido con interés vuestros diferentes puntos de vista sobre la voz en off y pienso que se puede añadir una nueva lectura.

    El espectador tiende a «unir» dos planos rellenando el contenido intermedio. Conocemos porque «completamos» los huecos de las diferentes percepciones. Y esta película tiene momentos que no permiten hacer esta unión y que el texto tampoco completa.

    Haneke usa el narrador para fijar lo que quiere dejar como nuclear en su narración y también para confirmar los muchos hilos que deja abiertos de un modo bastante abrupto: No sabemos si se acabo yendo a Italia la baronesa, qué pasó con el doctor, dónde está el niño herido, … pero en algunos casos lo confirma aunque no parezca necesario.

    El resultado final es de un profundo desasosiego que se va acentuando a medida que avanza la película y que alcanza el cimax al final con ese plano en el que el pueblo completo se presenta a nuestro escrutinio (junto con el Pastor, su referente moral que se sienta con todos) como si del final de una representación teatral se tratara.

    Nos ha presentado a un toda una generación que alardea de la mayor altura moral y que llevará al mundo occidental a las dos confrontaciones más crueles conocidas con pocos años de intervalo. Y nos deja la inquietante pregunta de cómo es posible que suceda esto y si puede volver a suceder.

  7. kulebra

    Gracias x los comentarios sino os hubiera leido la «Cinta Blanca» me hubiera parecido una porqueria.

    Saludos

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