Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Ellos y ellas”: Jean Simmons, una “muñeca” en el Cielo

De nuevo la muerte nos obliga a hablar de una de las grandes estrellas del cine. Esta vez ha sido la actriz Jean Simmons quien ha fallecido tras una larga y fructífera carrera, y quien nos ofrece la oportunidad de recordar alguno de los grandes momentos que nos ha ofrecido en la pantalla. Para hacerlo, he elegido una de sus películas menos populares y ciertamente no la mejor, pero sí una de esas que mejora con el tiempo y donde podemos admirar su elegante presencia, su dulce rostro y su talento interpretativo. Dejando de lado el drama “Cara de ángel” (Otto Preminger) o la tragedia shakesperiana en que hacía de Ofelia en “Hamlet” (Laurence Olivier), y también el western que William Wyler le brindó en “Horizontes de grandeza” o el cine religioso (“La túnica sagrada”, Henry Koster) o de romanos (“Espartaco”, Stanley Kubrick), nos decantamos por un musical en que Joseph L. Mankiewicz la acercó a Marlon Brando y Frank Sinatra. “Ellos y ellas” (Guys and Dolls, 1955) suponía la primera incursión del director y del “padrino” en el género, y una “rareza” en la filmografía de ambos, y también una oportunidad para esta británica de regalarnos una mirada afable y delicada.

Son los años cincuenta en una Nueva York dividida entre delincuentes que tratan de organizar una partida clandestina de dados para hacer sus apuestas y una Misión puritana que procura la salvación de los pecadores. Entre medias, un par de parejas que juegan al amor y un policía que asiste a un escenario donde nada es lo que parece: un supuesto arrepentido que apuesta poder llevar a cenar a La Habana a la “muñeca” más difícil, una sargento muy segura de sí misma a quien su negocios de almas no le van muy bien, reuniones para celebrar una boda que en realidad lo son de apuestas… y viceversa, confesiones que brotan de órdenes impuestas donde se cuentan los sueños más inocentes… Un mundo de maquinaciones y equívocos donde las palabras dicen lo contrario de los hechos, donde los diálogos sarcásticos y la ironía del director de “Eva al desnudo” se dejan ver de continuo, aunque la ligereza y complacencia del género musical suavicen su habitual acidez.

Basada en un musical de Broadway, “Ellos y ellas” no oculta una puesta en escena teatral en la que todo es decorado estilizado y de cartón-piedra, con números de coreografía clásica en las calles o en las alcantarillas neoyorquinas (alguno recuerda a “West Side Story”) recogidos con planos generales, y con un argumento sencillo que se adivina con final feliz. En ese entorno, aparece Sarah Brown de uniforme rojo encabezando la banda de música de la Misión “Salvar un alma” y lanzando su llamada de vuelta al redil a los pecadores. Su mirada bondadosa y dulce, ingenua y sin doblez, fascina y encandila a un Sky Masterson que se acerca a ella de manera interesada y escéptica en su particular negocio para acabar siendo domesticado: ella es un ángel y él un diablo, ella virtuosa y él pecador, ella tierna y él de duro corazón… aunque sus iniciales posturas distantes acabarán siendo derretidas por la fuerza del amor, y el espectador lo sabe… porque se necesitan y ambos apuestan en juegos no tan diferentes.

En realidad, no hay tanta diferencia entre polos opuestos en este musical amable y romántico, porque en ningún momento los delincuentes dan miedo ni provocan rechazo, porque la frialdad de la sargento es solo aparente. De ahí, la suave pero drástica transformación que opera el “dulce de leche” (con su dosis de ron, claro está) en esa mojigata con escrúpulos de conciencia por haber dejado la Misión para irse a La Habana, y la prueba es el modo en que sucumbe al ritmo del baile caribeño para liberar su feminidad y terminar en brazos del pecador… y en una pelea a puñetazos. Sin duda, ésa es la mejor escena de Jean Simmons –y donde se aprecia el sarcasmo de un ateo como Mankiewicz–, bien tratada por una cámara que durante la cena recoge su más delicada belleza gracias a claroscuros y a un halo de romanticismo seductor que cae sobre el rostro. La fierecilla domada aún tendrá sus piedrecillas en el camino hasta llegar a la vicaría, aunque ya entonces habrá paladeado la dulzura de un Cielo por el que, a su modo, había ya apostado en su “misión”.

Pero Mankiewicz es un maestro del dardo de la palabra y sus ingeniosos diálogos no dan puntada sin hilo, aunque parezca que respiren inocencia o simplicidad y estén insertos en una trama sencilla y algo blanda. Por eso, este musical con aires de cine negro adquiere todo el tono crítico cuando el director apunta cómo el amor quiebra el vicio más obsesivo del juego o la moral más firme (se agrieta con la química de un beso, dirá), o cuando opone el goce de la luna y de la música en La Habana al folleto de una iglesia como modelos de vida incompatibles (después una desinhibida Sarah le pedirá que le hable “de la vida”, para seguir una bella declaración de amor). No faltan los toques de fina comicidad al traer a colación a Hitler, al hablar del ron que impide que la leche de convierta en yogurt, o al insinuar las bondades del leer un libro según el consejo médico.

También es interesante el retrato que hace de la mujer, una (Adelaide) con el matrimonio y la familia en su horizonte vital mientras disfruta de su trabajo en el espectáculo de variedades, y otra (Sarah) también con el amor como impulso aunque sometido y orientado hacia la salvación del alma. En esa dualidad, Mankiewicz habla de la moral como instrumento represivo que impide la felicidad al constreñir los impulsos afectivos, aunque es cierto que dibuja un panorama en que el bien está nítidamente diferenciado del mal, y la ambigüedad no tiene aún cabida en Hollywood (estamos en la época clásica).

Juegos de apariencias y la vida como representación, donde los nuevos sargentos del ejército son dulces y afectuosos, y donde los delincuentes se confiesan y dan su valiente testimonio con el corazón en una mano y la pistola en la otra… mientras se dejan llevar en la barca de los sueños hasta el Cielo para encontrar el amor, y la pura y noble Sarah aprende a decir su primera mentira para salvarles a ellos de la cárcel y a sí misma de la infelicidad e hipocresía. En realidad, parece mentira que un tipo duro como Marlon Brando encuentre buena química con la suavidad de Jean Simmons, pero quizá estemos ante un misterio más de lo que el amor es capaz de lograr.

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En las imágenes: Fotogramas de “Ellos y ellas” – Copyright © 1955 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados. Fotografías de Jean Simmons. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 27 enero, 2010 | Categoría: 7/10, Actores, Años 50, Filmoteca, Hollywood, Musical, Romance

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