Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Cuento de otoño”: Vendimia de amor en el ocaso de Eric Rhomer

El maestro Rohmer ha muerto, pero su mirada permanece viva entre nosotros, entre las frescas imágenes y los ricos diálogos que pueblan sus películas. Era un cineasta que entendía el valor de la palabra y la cuidaba con esmero, que apreciaba la belleza del plano y que buscaba la verdad tras su representación en la imagen. Sus guiones siempre partían y se apoyaban en un discurso en el que la palabra era la plasmación de una postura moral, de una naturaleza humana en continua duda y contradicción, entre el misterio del azar y el destino que se cernía, entre la libertad personal y las relaciones con el entorno: era un “cineasta de la prosa” que buscaba siempre al personaje y lo que su conciencia se planteaba. El amor fue su tema preferido y el pozo sin fondo al que acudía una y otra vez para sacar agua y dar de beber a sus personajes.

Frecuentemente acudió a jóvenes que sentían ese primer impulso y que se veían asaltados por el deseo, que se planteaban la conveniencia de una relación y la probabilidad –Pascal siempre fue un referente de su cine– de que desembocase en buen puerto. La afinidad de los enamorados en edad o carácter, en posición social o cultural fue una constante en sus “Cuentos morales” o de sus “Cuentos de las Cuatro Estaciones”, y más aún en sus “Comedias y Proverbios”. De toda su filmografía y a modo de homenaje, me ha parecido oportuno centrarme en una de sus últimas películas, que por su madurez y temática bien podría servir de síntesis de su trabajo cinematográfico. Se trata de “Cuento de otoño”, con la que en 1998 cerraba su serie sobre los “Cuentos de las Cuatro Estaciones”, y donde el periodo otoñal se cargaba de un protagonismo metafórico.

Es la historia de individuos que buscan el amor para huir de la soledad, pero que tratan de hacerlo en los “viñedos” apropiados, en el momento y del modo adecuado. Su protagonista principal es Magali, una viuda entrada en los cuarenta y convertida en viticultora, para quien su amiga Isabelle y la joven Rosine tratan de buscar un hombre de su gusto. Maquinaciones y enredos, suplantaciones y búsquedas de autenticidad, orgullo y terquedad, amistad y frivolidad… todo se da en el juego del amor entre parejas que asisten a su particular primavera o a su otoño sentimental. Con probada maestría, Rohmer acerca su cámara al corazón de los personajes y retrata sus dudas y anhelos más íntimos, su empeño por contrastar la rectitud con que el otro se acerca y también por escuchar los sentimientos que despierta en su propio corazón.

Juegos de palabras y personalidades, intercambio de amores y de fotos para establecer un entramado personal y social en el que el azar es guiado y conducido por quien lleva las riendas de la situación cuasi in oculto. La maquinaria de unos encuentros aparentes es puesta en marcha por dos “embajadoras del amor”, pero siempre queda un lugar al flechazo, a la incertidumbre y a la libre respuesta del otro. Rohmer nos dice que el amor sí entiende de una condiciones afines entre los enamorados donde es más o menos fácil que prenda, pero que siempre queda ese misterio insondable e imprevisible… ese convencimiento interior de haber encontrado a la persona esperada, y que eso es algo que queda al margen de la razón y de la idea o “tipo de mujer” (o de hombre) que uno se haya hecho antes. Preparación e improvisación, razón y sentimiento en un terreno de libertad y autenticidad, que responden a la propia manera de entender el cine y de rodar que tenía Rohmer (con férreos guiones, salvo para “El rayo verde”).

La puesta en escena responde a la misma búsqueda de verosimilitud y autenticidad con los que los personajes buscan el amor, y Rohmer se entretiene entre las viñas azotadas por vientos y que requieren mínimos herbicidas… porque son metáfora de las relaciones humanas, y atiende entonces al sonido directo porque responde a la misma vida que se ofrece con sus sensaciones puras. El guión se centra en los encuentros entre los personajes, y el tiempo avanza a buen ritmo entre unos y otros para detenerse mientras se relacionan con la palabra; entonces, el director les cede protagonismo y ellos se desnudan interiormente, mostrándose como son porque quieren ser aceptados así.

C

Especialmente conseguido es el encuentro-confesión entre Isabelle y Gérald, reflejo de sus buenas intenciones pero también de la fragilidad con la que se está construyendo el futuro amor y que precisa airearse para que pueda fortalecerse: el espectador es invitado a reflexionar sobre si se puede querer a la persona por su imagen (foto) o por lo que dice de sí misma, por la realidad de su vida pasada o por los sentimientos que despierta, por sus promesas o por nuestras expectativas con ella…. Pensamientos y afectos que surgen en Magali y en Gérald, en Isabelle y en Étienne, en Rosine y en Léo. Unos ponen a prueba la consistencia de sus afectos y otros recelan de lo que pueda causarles heridas sangrantes. Tenemos jóvenes con “amores de transición” y también a punto de comprometerse, un profesor seductor de antiguas alumnas, y un matrimonio estable y feliz, pero sobre todo tenemos dos personajes que huyen de la soledad y que han tenido que trasplantar su corazón (ambos son viudos) y su casa (son de origen foráneo), y que quieren claridad y sinceridad antes de formalizar su relación.

El cine de Rohmer es profundamente humano y moral, siempre en busca de la posible estabilidad y certeza de unos sentimientos que traigan felicidad… y para encontrarlos frecuentemente sale al campo, donde el silencio y la Naturaleza permiten respirar la pureza y frescura que la ciudad ha contaminado. Espera entonces el instante de luz en que salga el rayo verde y se perciba una epifanía del amor. Por eso, “Cuento de otoño” termina con la escena del baile de la boda, mientras una canción habla de “la vida como un viaje para el que se desea a cada uno que tenga un buen día”. Por eso, ahora que a Rohmer le ha llegado su “otoño personal”, es buen momento para volver a ver este “cuento” sobre el amor y el deseo, sobre la felicidad y la soledad, sobre la belleza física y moral.

Una película para el disfrute de los sentidos y también para la reflexión, que explora magistralmente los entresijos del alma humana –se detiene más entre los pliegues de los personajes femeninos, retratados con una sutilidad admirable– y que está abierta a la modernidad y a la sensibilidad más exquisita. Una magnífica película que discurre entre viñedos y amores en construcción, con unos estupendos actores magistralmente dirigidos y con una atmósfera de luz natural que invita a la esperanza… porque siempre se puede vendimiar cuando se busca la verdad y el amor en libertad.

En las imágenes: Fotogramas de “Cuento de otoño” – Copyright © 1998. La Sept Cinéma,Les Films du Losange, Rhône-Alpes Cinéma y Sofadinko. Todos los derechos reservados.

Publicado el 18 enero, 2010 | Categoría: 10/10, Años 90, Costumbrista, Directores, Filmoteca, Francia

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