Una Navidad con “Plácido” a la mesa

El año pasado recurría a “¡Qué bello es vivir!” para felicitaros las Navidades y desearos un nuevo año de cine. A la hora de escoger en esta ocasión la película que pudiera servirme para tal propósito, me he decantado por “Plácido” de Luis García Berlanga. Ciertamente, la sátira mordaz y ácida del director valenciano no deja el mejor sabor de boca para una celebración, y su tono agridulce y cínico dista mucho de aquel más amable –aunque con su dosis dramática– que tenía la de Frank Capra. Pero intentaremos encarar su lado más positivo, en lo humano y en lo cinematográfico, para que el pavo de la cena de Nochebuena no se nos atragante y sea un momento feliz y afable, tengamos o no un pobre en nuestra mesa.

Es Nochebuena y el pobre Plácido sufre porque vence la primera letra del motocarro que acaba de comprar para el trabajo… y no tiene dinero. Son años de posguerra, y la precariedad laboral, el hambre y el miedo al embargo se palpa en casi todos los estamentos sociales. Por eso, algunas personas tratan de ofrecer algo a los más pobres… mientras tranquilizan su conciencia y crean una buena imagen a su alrededor. En una pequeña ciudad de provincias, unos tratan de sortear ¡una olla Cocinex! con una gala benéfica y todo el bombo mediático de las estrella del cine, mientras otros acuden a los bonos de comida o ropa para el bebé que acaba de nacer. Cada cual busca lo que necesita, y quien tiene resuelta la necesidad material trata de acallar su inquietud interior con un gesto tranquilizador, mientras que algunos procuran engordar su insaciable vanidad o promocionar sus incipientes negocios… y otros luchan por tener algo que comer en esa noche tan singular.

Todos ocupan su lugar en la sociedad y las diferencias de clase no parecen provocar altercados ni revueltas callejeras. Hasta los pobres agradecen a sus benefactores el detalle de hacerles partícipes de sus manjares o piden disculpas por generar alguna que otra incomodidad. Todo está aparentemente suavizado en unos diálogos de Rafael Azcona que, con ironía y mordacidad, critica la falsa caridad de quienes se hacen propietarios de un pobre en beneficio propio… y mientras son vistos por el vecindario. Sorprende que la cinta haya driblado a la censura –sólo les obligó a suprimir el título de “Siente un pobre a su mesa”–, pues su mensaje es inequívoco y corrosivo: la aparente bondad de los personajes, de ese notario o de esa presidenta de la comisión de damas benefactoras les permiten –a Berlanga y a Azcona– incidir en el tono posesivo con que hablan de “mi pobre”, en el toque hipócrita con que aluden a la preocupación por la imagen de quienes buscan “que vean que tenemos nuestro pobre”. Es el mundo de apariencias y superficialidad, del cumplimiento con unas normas sociales y morales sin penetrar en el sentido profundo que las alienta, y sobre esa estructura carcomida de una burguesía bienintencionada pero hueca… lanzan sus dardos envenenados.

El trabajo del guión y puesta en escena respiran acidez y mordacidad, por mucho que unos y otros personajes se nos hagan más o menos simpáticos, humanos e incluso entrañables. Es el arte de la sutilidad y el doble lenguaje, necesarios para eludir la censura y que obligaban a agudizar el ingenio hasta conseguir una película inteligente en su manera de comunicarse con el espectador, con interpretaciones llenas de frescura y un sentido de lo auténtico. Ese espíritu castizo lo vemos en la algarabía en la estación de tren a la llegada de los famosos del cine a la posterior cabalgata, en la procesión fúnebre que se encuentran o en la necesaria aparición de una banda de música, en unos guardias civiles que se cruzan con unos presos (¿políticos?) o en unas buenas monjas con sus ancianitos… y siempre la prensa para dejar constancia de lo sucedido o para crear la noticia y manipularla. Todo contribuye a que nos traslademos a unos momentos en que hasta la maldad parece que se veía con una sonrisa porque dejaba ver la misma debilidad humana.

Y es que en el cine de Berlanga de esa época importaba tanto el modo de contar las cosas como lo contado, y más lo que se dejaba oculto que lo mostrado (por eso, con la democracia su cine explícito perdió todo el interés, al menos para quien escribe). Es el “cine del fuera de campo” que fustiga una caridad que utiliza al pobre… hasta que se pone enfermo o se muere y se convierte en estorbo, que critica el empeño de quien vela por las buenas costumbres y procede a casar a dos pobres ancianos que “viven en concubinato” –graciosa y mordaz es la escena de la boda–, que vacía el sentido religioso de la Navidad dando la vuelta a la letra de un villancico con el que se cierra la película, para afirmar de manera cáustica y pesimista que “en esta tierra ya no hay caridad… ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”.

Pero, de la misma forma que hizo el dúo Berlanga-Azcona y aunque pueda no estar en su propósito, se hace necesario referirse a “otro fuera de campo”… porque en toda crítica siempre hay algo que se pretende alcanzar en ese deseo de subvertir la situación presentada. Por eso, si se satiriza la caridad formal y oficial de algunos cristianos, habrá que dar por buena aquella otra de mayor hondura y solidez… que tanta labor humanitaria y social ha promovido; habrá que quitar lo que sobra y poner lo que falta en un actuar desviado, tolerando lo incompleto o superficial. Además, a la autenticidad exigida por “Plácido” y a su caricatura del cristianismo, siempre se le puede añadir una realidad incuestionable y es que, de hecho, Plácido y su familia pagaron la letra que les agobiaba, que algunos pobres tuvieron su noche soñada, que la dulce Conchita alcanzó su añorada boda con Pascual –por pocas horas, eso es cierto–, que las damas se quedaron contentas cumpliendo “su misión”, etc… Todos comieron perdices –o pavo, en este caso–,  sintieron algo de afecto (a pesar de que fuera subjetivamente interesado) y cantaron villancicos… con lo que parece que algo de caridad sí había, aunque fuera imperfecta.

Pero, por encima del mensaje encubierto de “Plácido” y de lo que no quiere reconocer, sin duda estamos ante uno de los momentos culminantes del cine español y del humor negro, con un guión que no da puntada sin hilo y encierra rápidos e ingeniosos diálogos, con una puesta en escena que recoge un periodo de nuestra historia y con individuos estereotipados que responden a cierta mentalidad –que no a toda, para hacer justicia a tanto otros–, y que nos acerca a un modo humano de entender la vida, con sus deficiencias y excesos, con sus diferencias e injusticias. No hay sangre y hasta los más pobres tienen su puro por Navidad –un consuelo para aquella época–, y sólo nos queda entender que esa hipocresía de las “damas cristianas” no iba asociada a la religión sino a su condición humana y a las lacras de una época concreta, aunque a algunos no les guste reconocerlo. Aún podemos leer cómo hoy Carla Bruni “pasa de vez en cuando a ver y charlar con Denis, un pobre “sin techo” que vive en las calles de París”… y nadie debe juzgarla por ello, aunque quizá algunos acaben haciendo una película sobre ella y su pobre.

En las imágenes: Fotogramas de “Plácido” – Copyright © 1961 Jet Films. Todos los derechos reservados.

Publicado el 21 Diciembre, 2009 | Categoría: Años 60, Comedia, España, Filmoteca

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