Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Que el Cielo la juzgue”: Hay amores que matan…

“Que el Cielo la juzgue” porque sólo Dios sabe lo que pasa por una mente como la de esa mujer que dicen que “ama demasiado y que no puede compartir su amor”, de esa viajera que se queda absorta en el tren cuando su mirada se posa en un hombre atento y caballeroso, de esa hija que acaba de perder a un padre al que había absorbido hasta desplazar a la madre y esposa. Es una cría caprichosa acostumbrada a ganar siempre, a quien no le gustan las sorpresas porque le obligan a un cambio de rumbo a los planes que había trazado para todos… siempre en torno a sí misma. Es también la actitud imprevisible de una novia que rompe su compromiso para seguir siendo el centro de atención con una nueva presa conquistada, que alguien que maquina planes y conspiraciones inimaginables hasta el punto de sacrificar vidas por su bienestar emocional.

Dicen de ella que es un monstruo como no se pude imaginar, porque sacrificó a un minusválido y al niño que llevaba en su vientre, porque desde la sepultura estuvo a punto de acabar con la vida de su hermana al incriminarle en su asesinato y con la de un buen marido que lo contemplaba todo con incredulidad, de la misma manera que en su infancia ya había acabado con el amor entre sus padres. Nada sobrevive a los celos patológicos de esta mujer que responde al nombre de Ellen, a su complejidad y egoísmo a la hora de tramar cómo salirse con la suya, pese a quien pese y caiga quien caiga. Ahora, su único objetivo es tener al marido fiel para ella sola, porque no existe más que ella y todo lo que le sirva en sus objetivos. Gana en el pulso por un matrimonio a su gusto frente al fiscal, como lo hace en la carrera de natación en el estanque de “La otra cara de la luna”, y también sale indemne en el crimen del pequeño inválido y del nonnato… pero no ante la verdad que la vida acaba imponiendo. Su amor ha llevado a muchos a la muerte pero de poco le ha servido, y John M. Stahl nos ofrece un final esperanzado después de tanto drama y agonía.

Un melodrama duro pero con sentimiento, en el que el espectador es omnisciente en todo momento y en el que no puede dejar de juzgar los nulos escrúpulos que observa en esta niña malcriada. Por su parte, el director se encarga de mirar al pasado sirviéndose de un narrador que cuenta la historia de todo lo ocurrido, y de crear un ambiente de dolor y melancolía ante los duros acontecimientos sufridos por el bueno de Richard, con cielos pintados y decorados de paisajes idílicos que se mezclan con ligeros e inquietantes picados y con sombras proyectadas sobre la casa del estanque. Es la amenaza que se cierne sobre un matrimonio construido sobre el capricho de una mujer enferma en su amor obsesivo y absorbente, con el drama que estalla en momentos puntuales bien precisos y que alcanza su clímax en la escena del juicio, cuando se destapan los verdaderos sentimientos de Richard y de Ruth ante el acoso del fiscal.

Amor, tragedia y suspense para una de las películas inolvidables de los años cuarenta, con escenas que quedan grabadas en la memoria y que invitan a volver a disfrutar de las interpretaciones de Gene Tierny, Gornel Wilde o Jeanne Crain… porque son impresionantes, como lo es la dirección de John M. Stahl, el guión de Jo Swerling o la música de Alfred Newman. Una joya del cine donde, una vez más, el amor y la muerte van de la mano… hasta que el Cielo la juzgue.

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En las imágenes: Fotogramas de “Que el Cielo la juzgue” – Copyright © 1945 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Publicado el 28 noviembre, 2009 | Categoría: 8/10, Años 40, Filmoteca, Hollywood, Melodrama

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Un comentario en ““Que el Cielo la juzgue”: Hay amores que matan…”

  1. Crítica de 'Que el cielo la juzgue' (1945) - elCriticon.es

    […] “Un melodrama duro pero con sentimiento, en el que el espectador es omnisciente en todo momento y en el que no puede dejar de juzgar los nulos escrúpulos que observa en esta niña malcriada” (Julio R. Chico, ‘La mirada de Ulises’) (+) […]

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