Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Los frescos de Ermanno Olmi en “El árbol de los zuecos”

Cuando hacía tiempo que el neorrealismo italiano era ya un capítulo de los libros de Historia del Cine, Ermanno Olmi nos regaló en 1978 una película fresca y antigua a la vez, “El árbol de los zuecos”. Como sus paisanos Rossellini o De Sica, echó mano de actores no profesionales escogidos entre los campesinos de la Lombardía, les dejó ser ellos mismos, en su ambiente de trabajo o en la hacienda del patrón, y quizá por eso nos legó una pieza que rebosa autenticidad y que es un documento socio-histórico de primer orden. Durante tres horas conocemos el quehacer diario de cuatro familias, contratadas por un burgués para que cultiven sus propiedades y cuiden de su ganado. Cada una vive en una austera dependencia con un patio-corral común, entre animales de granja o de labranza y rodeados de otros pobres mendicantes. Vemos cómo por las noches se juntan en torno a una hoguera para oír a uno de ellos contar historias de lo más variopintas, mientras las mujeres tejen y todos escuchan y ríen (es su sano entretenimiento y su vida familiar, cuando aún la televisión no había invadido el hogar y causado sus estragos).

Estación tras estación, asistimos al nacimiento de un potro, a la enfermedad de una vaca o a la matanza del cerdo —con todo lujo de detalles, y sin prisa alguna—, observamos el amor con que un anciano recoge excrementos de las cabras que sirva de abono para sus tomates tempraneros, o les vemos disfrutar durante las fiestas y rezar en familia o en la Misa dominical. No faltan alguna que otra borrachera o remedios de curandera para enfermedades no muy bien diagnosticadas. Son escenas cotidianas llenas de amor a la vida del campo y a unas gentes sencillas, que trasmiten paz al espectador y que encierran abundantes momentos llenos de delicadeza y ternura, como el gesto del hijo mayor de una viuda que se niega a que sus hermanitas se vayan de casa y comienza a trabajar para sostenerles a todos, a pesar de su corta edad; o cuando ese padre corta a escondidas un árbol para trabajar un zueco para su hijo, que así podrá seguir yendo a la escuela; o todo el proceso de noviazgo y boda de una joven pareja, con el epílogo de la adopción de un niño expósito.

Pero no todo es lirismo costumbrista ni tranquilidad. También hay tiempo y lugar para recoger las diferencias de clase y los primeros movimientos sociales de protesta, para dar testimonio de los disturbios urbanos y de las mezquindades de unos tipos a los que el hambre aprieta. Y en ese entorno, un patrono distante y sin corazón, que castiga sirviéndose de su “longa manus”, un capataz encargado de despedir al buen padre —el “ladrón” de un árbol del camino— y con ello truncar la prometedora educación de su hijo. Todo nos es mostrado en su ambiente, sin énfasis ni prejuicios ideológicos, acercándose a la realidad para extraer la verdad que nos enseña —fiel a los postulados neorrealistas—, plasmando esos días fríos y brumosos de invierno o la vitalidad de la Naturaleza, y también unos corazones humildes y cristianos con inusitada sensibilidad y sin tergiversar el espíritu de la época. Toda una joya de cine —Palma de Oro en Cannes—, de historia y de sociología para disfrutar en cada uno de los mil detalles de la vida del campo a finales del siglo XIX, ahora que ya no es posible en nuestra sociedad industrializada.

Imágenes de “El árbol de los zuecos” – Copyright © 1978 Gruppo Produzione Cinema, Ital-Noleggio Cinematografico, Radiotelevisione Italiana, SACIS y Société des Établissements L. Gaumont. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 20 Septiembre, 2009 | Categoría: 9/10, Años 70, Costumbrista, Directores, Drama, Filmoteca, Italia

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