Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

La dignidad de la mirada: “El hundimiento”, “Grizzly Man” y “United 93”

En el intento del cineasta por capturar la realidad desde el compromiso ético y social, hay ocasiones en que la mirada de la cámara puede sentir la necesidad de ausentarse de la escena, de desviarse para no interferir ni desvirtuar su esencia y su verdad. Unas veces lo exigiría la naturaleza misma de lo representado, otras la propia dignidad del director o el respeto del espectador, y siempre la búsqueda artística en un ejercicio inteligente del lenguaje cinematográfico. Así lo han entendido los grandes cineastas, aquellos que han reflexionado sobre la realidad humana y moral que se esconde tras cada plano, tras cada movimiento de cámara. Lo decía Roberto Rossellini con su búsqueda de lo auténticamente humano en el escenario de la calle, lo recogía Jean-Luc Godard con su célebre frase de que “un travelling es una cuestión moral”, y lo había fundamentado ontológicamente el teórico francés André Bazin, entre otros.

En estos últimos años hemos podido ver ejemplos paradigmáticos de esa postura ética ante una realidad que debe quedar vedada al ojo indiscreto de la cámara. Tres directores de prestigio lo han reflejado en sus últimas películas, con escenas cargadas de significado y con interesantes declaraciones. Lo hizo Olivier Hirschbiegel con la polémica “El hundimiento”, lo repitió el también alemán Werner Herzog con ocasión del documental “Grizzly Man”, y también vimos en su momento en la controvertida “United 93” de Paul Greengrass. Todos ellos mostraban dramas personales y colectivos, con una puesta en escena realista y algunos momentos brutales, pero también con una sensibilidad que les llevaba a sustraer instantes de especial gravedad de la curiosidad de voyeur morboso, a renunciar al espectáculo de quien busca el éxito a cualquier precio, y a tratar al espectador como un ser inteligente al que no de debe manipular con recursos fáciles.

En la secuencia final de “El hundimiento”,  veíamos cómo Marta Goebbels envenena a sus hijos ante la perspectiva de un mundo sin nacional-socialismo, para después suicidarse ella junto a su marido. Más tarde, en ese momento de desesperanza y naufragio, el director narra los últimos instantes de Hitler y Eva Braun: les acompaña hasta el patio del bunker, y entonces el objetivo se retira dejando en fuera de campo a la pareja protagonista, dispuesta a terminar con sus vidas. Hirschbiegel no ha querido recoger la muerte del dictador, a pesar de que antes no ha tenido ningún rubor en mostrar con crudeza la de otros individuos. Aunque su intención fuese reflejar la monstruosidad en que había degenerado un dictador que era humano, Wenders le criticó que, con ese trato diferenciador e incoherente que la cámara le concede, lo que se consigue es una mitificación de un dictador cuyo cadáver no es visto por el espectador. Sea como fuere, las posturas de ambos directores alemanes responden a una actitud ética de lo que se debe o no mostrar, conocedores de las posibilidades y responsabilidades que encierra el lenguaje cinematográfico. Uno y otro son conscientes de que el espectador saldrá de la sala con unas impresiones que sutilmente condicionarán su forma de pensar e incluso de vivir, y de que, por tanto, su tarea creativa como cineastas debe buscar la veracidad de lo mostrado para conducirle a posturas de respeto y dignidad (en este caso alejadas de la intolerancia y salvajismo nazi).

Por su parte, el autor de “Aguirre, la cólera de Dios” nos dejaba un falso documental sobre los últimos días de Timothy Treadwell, ecologista radical que convivió durante trece veranos con los osos Grizzly de la reserva de Katmai en Alaska, hasta que el instinto de supervivencia de éstos acabó con su vida. Se trataba de otro drama con la muerte a las puertas, también con un personaje desequilibrado y con otro director alemán dispuesto a indagar en la naturaleza humana –que le interesa más que la del oso asesino– y en cómo la locura y fantasía de grandeza del protagonista acaban irremediablemente por devorarle. Apoyado en imágenes filmadas por el propio Treadwell y por testimonios de quienes le conocieron de cerca, Herzog refleja su perturbado y utópico sentido de la realidad, sus pretendidas relaciones de amistad con los feroces osos, y la propia puesta en escena hollywoodiense que hace de sí mismo. Sabemos que el ataque del oso no quedó recogido porque la lente de su cámara estaba cubierta por la tapa, pero también que sí quedó grabado el audio de ese trágico momento, que Herzog pudo escuchar. En la propia película, el director evoca cómo el joven americano y su acompañante debieron ser decapitados y devorados tras una lucha inútil, y cómo aconseja a la destinataria de la cinta que la destruya sin llegarla a escuchar. Con la prensa, justificó su decisión de no compartir esa experiencia con el público, argumentando que “la muerte es un acto muy privado en el que la dignidad de la víctima debe ser preservada”. De nuevo, razones éticas para dilucidar lo que puede ser mostrado o no, en señal de respeto hacia la persona biografiada y también hacia quien asiste a la proyección. Vemos cómo Herzog actúa con la honradez de quien entiende que no todo lo posible es ético, asumiendo que su tarea consiste en mostrar la verdad de la realidad siempre que ésta no se vuelva contra la persona, y sabedor de que hay circunstancias íntimas que no deben ser expuestas al exterior sin que ello suponga una traición a su naturaleza privada.

De nuevo la violencia es la protagonista en el film del británico Paul Greengrass, quien en “United 93” reconstruía los sucesos del 11 de septiembre, dando prioridad al avión secuestrado que no alcanzó el objetivo terrorista gracias al heroísmo de sus pasajeros. Con un hiperrealismo documental, rodado en tiempo real sin actores de renombre, y alejado del espectáculo lacrimógeno y de la retórica política, el director de “Domingo sangriento” no dejaba de mostrar el pánico de unos y el salvajismo de otros, con sus momentos duros y cruentos, y sin embargo decide cegar con un plano en negro el instante en que el avión se va a estrellar contra el suelo. Según sus propias declaraciones, tiene claro que no debe mostrar un final trágico por respeto a las víctimas, a la vez que encuentra en esa elipsis el modo de golpear la conciencia del espectador y dejarle pegado a la butaca: ante él se abre un vacío en negro, seguido de los títulos de crédito, algo que le permite reflexionar sobre el camino que nos ha llevado a una situación tan extrema y desasosegante. Como en los casos anteriores, un recurso del lenguaje del cine permite tratar realidades sociales con una mirada llena de expresividad, dignidad y sentido crítico.

Son miradas libres de censuras ideológicas o económicas que conocen los límites que la realidad impone. Son directores que trabajan con rigor y sensibilidad cinematográfica, que entienden la dimensión social y humana del cine, y que por eso luchan por despertar a un espectador quizá adormecido por la cultura de bienestar y de pensamiento único. Son humanistas que aspiran a buscar la verdad de nuestro tiempo a través de la imagen, aunque en ocasiones eso suponga dejarla en off  y perder tirón en la taquilla.

En las imágenes: Fotogramas de “El hundimiento” – © 2004. Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos reservados. De “Grizzly Man” – © 2005. Distribuida en España por Isaan Entertainment y Karma Films. Todos los derechos reservados. De “United 93” – © 2006. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 15 septiembre, 2009 | Categoría: Estudios y ensayos, Narrativa y estética, Opinión, Teoría y lenguaje

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2 comentarios en “La dignidad de la mirada: “El hundimiento”, “Grizzly Man” y “United 93””

  1. laura

    Qué interesante, me ha encatado el artículo, hago mía cada palabra. ME considero igualmente humanista y buscoi la verdad de las cosa a través de mi trabajo.
    Enhorabuena y gracias.

  2. Manuel Márquez

    Brillante exposición la que planteas, compa Julio, sobre un tema nada sencillo: la elipsis del horror expreso como planteamiento moral, frente al morbo de la imagen explícita. Está claro que, sobre eso, la postura de cineastas comprometidos nunca ha sido nada unánime: frente a los ejemplos que señalas, hay otros que prefirieron optar por la denuncia desde la descarnado (ahí está Pasolini, con su Saló…), aun a riesgo de incurrir en excesos escatológicos. ¿Mi opinión personal? No tengo criterio definido, allá cada autor con su enfoque y su voluntad de mostrar (y cómo); siempre que se haga desde la honestidad de mirada (cosa no siempre fácil de dilucidar, claro), me vale…

    Un fuerte abrazo y buena semana.

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