“Despedidas”: Cuando la muerte se convierte en vida

Saltó la sorpresa y “Despedidas” ganó el Óscar a la mejor película en habla no inglesa durante la última edición. Por eso, al verla ahora en nuestros cines, uno se pregunta ¿qué tiene esta cinta japonesa para hacerse con dicho galardón y superar a trabajos tan precisos y comprometidos como “La clase” o “Vals con Bashir”? Sin duda, estos dos films podrían haberse llevado la estatuilla y nadie lo cuestionaría, pero lo que Yôjirô Takita consigue en la suya es implicar al espectador en una historia tan esperpéntica y emocional como difícil de llevar a término, aunque para eso renuncie a su identidad oriental y se abandone en lo hollywoodiense: su propósito es acompañar a su protagonista Daigo hacia la reconciliación con un padre que le abandonó siendo niño, redención del individuo poco original donde lo novedoso es hacerlo mirando tan de frente a la muerte, sin recurrir a subterfugios ni adoptar aires solemnes o espectaculares. Y es que Diago, un joven músico, ve cómo un día se disuelve su orquesta y tiene que volver a su pueblo para sobrevivir: allí no tiene más remedio que aceptar, con la oposición de su mujer, el trabajo de “amortajador” y aparecer así como un “apestado” ante la sociedad nipona.

Tras unos inicios un tanto cómicos y caricaturescos donde la gestualidad de Masahiro Motoki está a punto de hacer despeñar la propuesta, finalmente lo humano y sensible ganan la partida a lo artificioso y excesivo, y la cinta avanza por unos territorios de mayor profundidad y trascendencia. Vemos cómo en la diaria tarea de limpiar y preparar los cadáveres para su entierro no hay regodeo ni morbo por parte del director ni del protagonista, sino delicadeza y tacto y una ceremoniosidad que hablan de cariño al cuerpo sin vida, del convencimiento de que se trata sólo de una despedida hasta que se vuelvan a ver en el más allá. Lo experimentan los familiares de esos clientes que “hacen su última compra sin decidir el ataúd que quieren” y lo siente el espectador que se siente arrastrado a ponerse en su lugar: algunos pasan de los lloros a la emoción al ver el rostro del ser querido resplandeciente tras los cuidados recibidos, e incluso se animan a darle unos besos que dejan su huella entre bromas y risas. Decididamente, la muerte ha sido vencida y ha dejado de ser una cuestión tabú, y el contacto con el muerto ya no es motivo de impureza y repulsa. Con esa misma comicidad, dice su jefe que “para vivir hay que comer, y qué son sino cadáveres esos trozos de pollo que llenan la mesa”.

Con todo, está claro que para Motoki es fundamental perder el miedo a la muerte y acostumbrarse a su realidad inevitable, también para cada uno… pues llegará el día en que el observador de ese ritual de amortajamiento pasará a ser sujeto pasivo. Y entonces estará eternamente agradecido a quien con tanto respeto y cuidado traten su cadáver, aunque instantes después vaya a ser incinerado junto al ataúd de precio considerable. Lo importante es el amor que se pone en esa despedida a la persona –y los gestos con los que se manifiesta– y no lo material o económico, y por tanto parece vital superar antes ese rechazo y miedo a cruzar el “umbral”, a dejar de hablar de lo “macabro” para pasar a contemplar esas lágrimas llenas de vida ante la persona muerta que seguirá viva en el alma de quienes le quieren.

En “Despedidas” asistimos también a los misterios de la vida y a sus recónditos caminos en busca de la paz del alma, y vemos la peculiar manera de alcanzar esa piedra lisa y redondeada que, en el fondo, el hijo anhela recibir del padre huido. Es un reencuentro necesario como la misma muerte, y también un reencuentro posible porque el corazón del hombre siempre es proclive al perdón (lo vemos en el protagonista y también en su amigo de la infancia a la muerte de su madre). Muy emotivas y profundas escenas finales con un amortajamiento que repite formas rituales que saben a nuevos, con un corazón vivo alentado por una música que él mismo tocó con su cello desde niño y que ahora brota del fondo del alma para convertir lo dramático y grave (como las notas que salen del instrumento) en acordes líricos y melódicos. Es el lenguaje universal de la música que expresa una realidad también universal como lo es la muerte y el amor. Por eso, por saber tratar la realidad más humana y hacernos “viajar” con comicidad, placer y lágrimas en ese tránsito difícil, por eso y a pesar del excesivo subrayado emotivo-musical e interpretativo que encauza el sentimiento del espectador, “Despedidas” se llevó el Óscar.

En las imágenes: Fotogramas de “Despedidas” – Copyright © 2008 ContentFilm International, Shochiku Company y Departures Film Partners. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Publicado el 9 Agosto, 2009 | Categoría: Año 2009, Drama, Japón, Opinión, Óscar

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7 comentarios en ““Despedidas”: Cuando la muerte se convierte en vida”

  1. Manuel Márquez

    Ya tenía, compa Julio, alguna otra referencia interesante de esta peli, pero, tras leer tu reseña, más motivo tengo aún para intenerlo tan pronto como me sea posible.

    Un fuerte abrazo y buen verano.

  2. Julio

    Manuel, “Despedidas” es una curiosa mezcla oriental-americana que se apoya en exceso en la banda sonora para suscitar emociones, pero con un humanismo que se desprende también de la manera de tratar la historia y a los personajes.

    Supongo que desde la mentalidad japonesa se entenderá mejor esa distancia frente a la muerte, pero pienso que el director contempla su validez para cualquier cultura. Y su tratamiento es exquisito, muy sensible.

    Un abrazo, y que tengas un agosto no excesivamente caluroso.

  3. El unicornio

    Tengo muchísimas ganas de verla, aunque la gerencia de los Renoir aquí en Zaragoza sigue em-pe-ña-dí-si-ma en ponerlo todo doblado.

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