Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

La vida soñada por los hombres… y por el cine (I)

Dice el maestro Manoel de Oliveira que “el cine es espejo de la vida, de sus modas y costumbres cambiantes”. Sin duda lo es o debería serlo de manera habitual, porque en ambos casos el hombre es el protagonista y porque su huella se dejará ver a cada paso –en cada plano– como reflejo de inquietudes personales y sociales. Sabemos que unas veces la ficción tratará de acercarse a esa realidad hasta confundirse con ella, y que otras preferirá la evasión al mundo de los sueños para buscar alivio y consuelo de posibles sinsabores de la vida. En cualquier caso, casi siempre procurará trabajar con imágenes que encierren un trozo de esa realidad y darle cierta verosimilitud –aunque se deje en ellas la impronta del propio gusto estético–, ya sea buceando en la experiencia vivida por el director o penetrando en el subconsciente de esa otra realidad soñada, deseada, reprimida…

Pero ya se trate de realismo, surrealismo o esteticismo, de sucesos cotidianos o espectaculares, de adaptaciones del cómic o de la ciencia ficción, no hay duda de que detrás de una imagen, de una escena, de una película… siempre se encuentra un hombre que deja parte de su alma y de su experiencia, con su búsqueda formal y también existencial, con su insatisfacción vital o su voluntad de denuncia social… alguien que respira con la cámara y que escribe su propio diario personal con cada plano. No hace falta que lo reflejado en el celuloide sean episodios de carácter autobiográfico, pues en unas ocasiones bastará con que la historia narrada tenga su germen en algún breve trance de su experiencia personal, mientras que en otras al director se le escapará –sin pretenderlo, sin poderlo evitar– ese enfoque de la vida y de los acontecimientos que le desnudan mejor que cualquier entrevista periodística pueda hacerlo.

En definitiva, parece claro que el cine quiere hablar, de una u otra manera, de la vida vivida o soñada por los hombres. Ahora bien, habrá que ver si logra reflejar esa vida con la fuerza narrativa y visual necesarias, con la sensibilidad y estética acertadas, con la autenticidad y honestidad exigidas. Indudablemente, también será necesario valorar si esas imágenes dan fe del objeto mirado sin traicionar su esencia, si existe la voluntad firme de no filtrarlo tan subjetivamente que acabe haciéndose irreconocible. Hace ya tiempo que en ese sentido se han manifestado los auténticos cineastas, más interesados que nadie en capturar fragmentos de realidad acercándose a ella con respeto y el menor intervencionismo posible, de modo que sea el propio espectador quien la contemple y saque sus conclusiones. Unos lo harán desde el documental y otros desde la ficción, pero importa poco el género o formato elegido, pues es sabido cómo la puesta en escena y el montaje siempre están presentes… como forma artística y de manipulación cinematográfica (sin que eso reste honestidad ni verdad a lo recreado). Es patente, por otra parte, que cada vez son más borrosas y confusas, más delgadas y tenues, las fronteras entre imagen y realidad, entre ficción y documental, y que las migraciones y contaminaciones están a la orden del día desde que comenzamos la era de la imagen digital.

Una vez hechas estas consideraciones acerca de los géneros, de la imagen cinematográfica y de la realidad presentada, tenemos que plantearnos también si el cine que invade la cartelera se acerca verdaderamente a la vida real, con lo que tiene de cambiante y con la riqueza que encierra, con la hondura e incertidumbre que esconden, con toda la potencialidad del hombre para escaparse al destino y a lo previsible. En definitiva, si el cineasta (director, guionista…) conoce de verdad al hombre a quien va convertir en protagonista y si sabe llegar a lo más íntimo del espectador (vía emocional o reflexiva), si tiene algo que contar sobre el hombre y la sociedad, si su obra contribuye al progreso individual y colectivo de quien lo ve, si su discurso aporta alguna luz o novedad… o si se repite hasta la saciedad y se queda en un formalismo vacuo. Partiendo de que cualquier generalización nace con la etiqueta de la falsedad, todo parece indicar que la industria de entretenimiento gana por goleada a la cultura y al pensamiento, que las ideas en el cine quedan arrinconadas en las ya inexistentes salas de arte y ensayo y que las películas artísticas son sepultadas en las muestras organizadas por los Museos.

Está claro, a estas alturas del artículo, que desde estas líneas se apuesta por un cine útil en el sentido menos pragmático de la palabra, por un cine antropológico y humano que no tiene por qué ser necesariamente complaciente: será sí un cine idóneo y válido para hacer mejor al espectador, de manera integral y sin reduccionismos ideológicos. Sirve tanto aquel que muestra con coherencia un mundo de convicciones firmes y que resuelve satisfactoriamente los conflictos planteados, como el que suscita dudas y empuja a la reflexión y a cuestionar las certezas que se tenían; el que va dirigido al corazón y busca suscitar emociones intensas o sutiles, como el que apunta al raciocinio y esconde mensajes entre sus símbolos y metáforas; el que muestra los aspectos más terribles y baja hasta las simas más profundas en que puede caer el individuo, como el que recoge sus más elevados ideales o apunta a la trascendencia de la persona; y también el que se contenta con que el espectador se ría y se divierta, viaje por el espacio o por su imaginación, o descanse y “juegue”… porque todo eso viene bien al hombre y forma parte de su misma naturaleza. Pero lo dicho hasta aquí no supone, sin embargo, un cheque en blanco para cualquier película, porque –desgraciadamente– hay muchas historias que no beben de la realidad ni la reflejan, porque hay personajes que no pasan de ser caricaturas o marionetas sin vida –o al servicio de ideologías– y sus reacciones están confeccionadas en un laboratorio que mira exclusivamente a la taquilla dando “pan y circo” o que identifica simplicidad con sencillez, espontaneidad con autenticidad, animalidad con humanidad.

Al cine solo le exigimos que trate al espectador con respeto a su inteligencia y a su sensibilidad, dejándole libre y defendiendo su dignidad, de forma que cada película sirva para su enriquecimiento personal, para la construcción de una sociedad mejor. Por otra parte, como ha dicho Jesús González Requena, conviene no confundir la experiencia estética con la identificación ideológica que uno puede buscar y desear, porque no siempre la mejor película es aquella que comunica más eficazmente y nos confirma en el propio orden de valores existenciales: más bien, el valor personal de una película “estriba en su capacidad para suspender y atravesar las ideologías, para golpearnos en lo más íntimo de nuestro ser”. El cineasta intentará, a través de su sensibilidad artística, transmitir una experiencia difícilmente codificable en signos de comunicación, y entonces el hecho de ver una película se convertirá en “un acto humano” en que director y espectador puedan tener su propia experiencia con la imagen y recorrer un camino en el que quizá acaben por encontrarse. Solo de esa manera, dice González Requena, “toda verdadera película es huella de lo real, cristalizada de la experiencia que tuvo lugar durante su rodaje. No en otra cosa se cifra su verdad o su banalidad”.

El problema es que, a rebufo de lo que el mercado cinematográfico ofrece, asistimos a una huida de la realidad por parte del propio espectador, que a su vez arrastra al director/productor y le “obliga” a realizar productos comerciales que dejen beneficios y le permitan seguir filmando. Es la pescadilla que se muerde la cola, y ahí es donde el cine comienza a cavar su propia tumba, porque huyendo de la vida real y escondiéndose en terrenos ya trillados que aseguren ganancias, las historias se repiten y copian sin escrúpulo alguno, las secuelas o los remakes proliferan sin más interés que saber qué pasó con el protagonista o descubrir si el director ha dejado algún sello propio, las novelas o los cómic se convierten en terreno abonado para el éxito o en mina que explotar tras el best-seller de turno: estamos ante una dinámica que Salman Rushdie califica como “proceso insaciable que a veces puede parecer voraz, dispuesto a tragarse el mundo, como si ahora viviésemos en una cultura que no para de engullirse a sí misma de forma que, al final, se habrá devorado por completo”. Evidentemente, quien escribe no tiene nada contra el cine de entretenimiento y de evasión ni contra las adaptaciones literarias o de novelas gráficas, pero resulta preocupante la escasez de ideas propias, de historias nuevas, de experiencias personales… que se llevan a la pantalla. Y esta inquietud se eleva a la enésima potencia en el caso del cine español, empeñado en imitar el cine de género americano en busca del éxito de taquilla, cuando no empantanado en obsesiones trasnochadas y patéticas, en discursos ideológicos y gregarios que no hacen sino hurgar en los mismos tópicos sin vida ni verdad.

En las imágenes: Fotogramas de “La escurridiza, o cómo esquivar el amor” –  © 2003. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos reservados. De “Un cuento de verano” – © 2007. Distribuida en España por Sherlock Films. Todos los derechos reservados. De “The Visitor” – © 2007. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados. De “Elephant” – © 2003. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados. De “La clase” – © 2008. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados. De “La teta asustada” – © 2008. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 20 junio, 2009 | Categoría: Cinematografía, Directores, Estudios y ensayos, Opinión

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