Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Los cuatrocientos golpes”: Las cuatro miradas de Truffaut

Se cumplen cincuenta años de “Los cuatrocientos golpes”, una de las películas fundacionales de la Nouvelle Vague francesa con la que se daría carpetazo al clasicismo cinematográfico. Aprovechamos el evento para trazar cuatro miradas que François Truffaut dirigió a la modernidad, y donde quedaban retratadas muchas de sus vivencia adolescentes así como un idea del cine que había defendido como crítico. Dedicada al teórico y fundador de Cahiers du Cinéma André Bazin –había sido su padre adoptivo y acababa de fallecer–, Truffaut levantó sobre Antoine Doinel –con la ayuda de Jean-Pierre Léaud– su alter ego y le prestó sus ojos para mirar un mundo acartonado y sin vida, injusto e insensible hacia los indefensos, reacio al cambio y remiso a enfrentarse a la realidad. Por eso, sacó la cámara a la calle y abordó la existencia sin filtros esteticistas ni guiones literarios, defendió la autoría de la obra como huella del director, y se atrevió a romper las reglas de la narrativa y planificación clásicas a la búsqueda de una mayor autenticidad.

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“Los cuatrocientos golpes” es la mirada a un adolescente y a sus desconciertos interiores, a lo que deja atrás y a lo que desearía encontrar… Es la tensión entre el querer y el poder, entre el ayer y el mañana, entre la ilusión y el desencanto. En sus sueños idealistas se juntan su veneración casi religiosa hacia Balzac y el anhelo de ver el mar con la cruda realidad de un maestro que solo le considera un alborotador y una casa convertida en una cárcel de aire irrespirable. Sus esfuerzos por evadirse de una vida sin atractivos le llevan al cine o a buscar nuevas sensaciones como “fugitivo escolar” o “ladrón arrepentido”: basta con huir de un ambiente en que no se siente querido ni valorado, en que no es nada más que un trasto. Es la mirada de la cámara nostalgia que recuerda una época difícil pero grabada en su memoria como la de los grandes ideales.

Es una mirada al mundo que rodea al joven Antoine, a la familia que lo cobija y a la sociedad que lo atrapa… aunque sea para comprobar que en ellos no hay nada de lo que anhela. Es una mirada crítica hacia una estructura social de apariencias y formalismos, donde el padre juega como un niño con sus rallyes y la madre se comporta irresponsablemente con su amante, mientras que los de su amigo René no corren mejor suerte. Es un ambiente de bronca en el que el hijo nacido vino a estropear sus planes egoístas, en donde la amargura y la vulgaridad se extienden a una escuela… en autoritarismo y falta de diálogo y humanidad, y a un correccional donde los recluidos no tienen más delito que el no haber recibido cariño. Es una realidad triste y penosa de soledad y desamparo que, sin embargo, Truffaut llena de momentos de poesía y diversión, de travesura y risa juvenil.

Es una mirada al hombre, a sus anhelos de libertad y a la finitud de sus horizontes, a sus deseos utópicos congelados por una sociedad aburguesada, a su idealismo rebajado por las limitaciones de una cruda realidad. Es esa mirada a cámara del fatigado Antoine con que se cierra la película con el mar al fondo, después de una prolongada carrera de huida y búsqueda… y con un muro-tapia que le cierra el camino y que el espectador no ve. Es la mezcla de grandes deseos y mezquinas cortapisas, de la asfixia de una reducida  habitación o de un cuestionario realizado por una psicóloga insensible y de los grandes horizontes que el cine, la literatura o el mar ofrecen. Es la llamada a soñar y trascender una realidad frustrante desde la conciencia de la dignidad del hombre y a lo que puede aspirar.

Es una mirada al cine, cansado de someterse a la literatura, al teatro o a las artes plásticas, deseoso de salir a las calles y reflejar la realidad vivida por la gente corriente y en pequeñas historias cotidianas. Es la libertad de poder mirar a cámara sin miedo a romper con las rígidas normas clásicas, o de suspender la historia entre la ambigüedad y lo incierto del futuro. Es el derecho a buscar la verdad en la realidad misma y en el plano-secuencia, y no en el artificio de un guionista ingenioso o de un hábil montador. Es la apuesta del cine por una dimensión humana y social, por la toma de conciencia de su vocación transformadora del entorno y de servicio al individuo. Es la mirada de un “joven airado” que encontró en el cine el cauce para crecer y el afecto que la vida no le había ofrecido.

En las imágenes: Fotogramas de “Los cuatrocientos golpes” © 1959 Les Films du Carrose y Sédif Productions. Todos los derechos reservados.

Publicado el 9 mayo, 2009 | Categoría: 9/10, Años 50, Directores, Drama, Filmoteca, Francia, Narrativa y estética

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Un comentario en ““Los cuatrocientos golpes”: Las cuatro miradas de Truffaut”

  1. marichuy

    Es la mirada que me marcó y conmovió, como muy pocas, Cuando Antoine Doinel llega finalmente a su anhelado mar y su mirada se vuelve hacia la cámara, quienes lo vemos –todos los Antoines Doinels del mundo- querremos creer que ante él se ha abierto un horizonte menos gris y doloroso. Eso queremos creer.

    Amo esa película

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