Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Eva al desnudo”: Las entretelas de Mankiewicz y de una mujer llamada Eva

Estamos celebrando el Centenario del nacimiento de Joseph L. Mankiewicz, y nada mejor para ello que hablar de su obra maestra, “Eva al desnudo” (All about Eve, 1950). Resulta difícil o imposible abordar en este espacio las entretelas del director y guionista por su complejidad narrativa, por las distintas lecturas posibles de sus trabajos, por lo extenso de su labor como productor, dialoguista, guionista o realizador, por el momento de transición que el cine estaba viviendo en esos años. Destacaremos, por tanto, algún aspecto a partir de la figura de Eva, una chica ambiciosa y manipuladora que vive y sueña con triunfar en el mundo del teatro. Porque, si algún aspecto de Mankiewicz resulta extraordinario es la perfecta construcción de sus guiones y la facilidad para adentrarse en los complejos mundos de la psicología femenina. Así lo confirman los retratos que hace de Eva y sus compañeras de camerino, como antes lo había demostrado en las tres esposas perturbadas por una carta durante un día de excursión, en la no menos alterada Elizabeth Taylor que recuerda lo que pasó en el último verano, en aquella condesa descalza enamorada e inmortalizada con una escultura de piedra, o en la imaginativa y soñadora señora Muir. Toda una galería de mujeres que se prestaban al ingenio y a la pluma de un intrigador llamado Joseph.

En “Eva al desnudo”, la voz en off del crítico teatral Addison (George Sanders) ya nos fascina al presentarnos a la estrella de la gala Eva Harrington (Anne Baxter) en el momento en que va a recibir el premio “Sarah Siddons”, ante la mirada displicente de otra estrella en decadencia, Margo Channing (Bette Davis) y de toda la “familia artística” con la que ha jugado y de la que se ha servido en una escalada sin escrúpulos. Vanidad y ambición, narcisismo y egocentrismo, amor y odio, celos y venganza, adulación y desconfianza… muchos sentimientos que salen a escena y que reflejan la manera salvaje y pasional con que alguien puede amarse a sí mismo y escalar hacia la cima profesional, aunque deje cadáveres por el camino. No hay en Eva más sentimiento que el triunfo y el amor a sí misma; todo lo demás está al servicio de la meta que se ha marcado milimétricamente desde que asistiera a las actuaciones de su ídolo. Pero no es culpa de la “pobre” Eva, porque tras su nombre se esconden tantas mujeres –podríamos decir hombres– como imágenes aparecen reflejadas en esa galería de espejos o que quedan representadas en esa jovencita que amable y desinteresadamente se ofrece al final a acompañarla en la escena final, cerrando así la estructura circular de una vida sin fin.

Una estructura construida a base de seis flash back con prólogo y epílogo, con un relato conducido por un omnisciente narrador que personifica el cínico Addison, encargado de ceder y retirar el punto de vista a cada uno de los personajes que entran en la vida de Eva y que son manejados y utilizados, tomados y arrojados según conveniencia de la astuta joven. Crónica de un ascenso meteórico que se corresponde con una caída también vertiginosa –la de Margo– y con un progresivo distanciamiento de la realidad que sufre la propia Eva en su ensimismamiento. En esa carrera no será difícil imaginar la vida de esta mujer con el paso de los años, porque mirando hacia atrás adivinamos los comienzos artísticos de la propia Margo hasta llegar a su estatus de diva intocable, admirada pero no amada en su frialdad calculadora… porque su vida es un gran teatro en el que representar un personaje y escuchar aplausos de otros personajes sentados en la sala.

El director de “La huella” no es propiamente un clásico porque introduce numerosos elementos que trastocan y tergiversan la transparencia narrativa o de puesta en escena, pero aún mantiene el racionalismo de quien se distancia de la realidad para poder representarla y criticarla. Es más bien un manierista que da todo el peso de la narración a un personaje que manipula el relato, que maquina y juega con el destino del resto creando una tela de araña y una ficción con aires teatrales: estamos ante una ficción (la trama) dentro de otra (la propia película), pues tanto Eva como Addison aspiran a escribir en todo momento el guión de la historia y tener las riendas en sus manos. Son cínicos personajes con cultura e inteligencia, con gran dominio del lenguaje y de la dialéctica, en los que el raciocinio prima sobre el corazón, y donde no existe improvisación y sí planes maquiavélicos. Pero sistemáticamente esos planes fracasan en el fondo… porque no es posible meter la vida en un esquema y siempre se acaba destruyendo su guión preconcebido. En su lucha por el ascenso y el poder, estos personajes adolecen de moral y no dudan en “matar” para “suplantar” a ídolos que deben dejarles su lugar de privilegio. No es más que la representación de una realidad que Mankiewicz pretendía criticar, la del arribismo que presenciaba en el mundo de las artes escénicas y cinematográficas donde surgía una “nueva raza de parricidas”, según sus palabras.

Solo existe el instante y el tiempo es un todo continuo donde ni siquiera hay lugar para el presente, según Mankiewicz. De ahí su continuo recurso al flash back como manera de traer el pasado o el futuro y ver cómo afectan al presente, siempre bajo el prisma del subjetivismo… lo que provoca la complejidad de una estructura con varios relatos entretejidos y diversos puntos de vista. En ese perpetuarse en el tiempo y en la eternidad como nuevos dioses (ese es el sueño de Eva), vemos cómo se encierran en sí mismos y en el tiempo de manera anacrónica, y cómo son conscientes de ello y caen en un profundo pesimismo. Por eso, sus diálogos son ácidos y mordaces, muy dinámicos y vitalistas, con enorme capacidad para herir y dejar veneno mortal en sus víctimas, a la vez que son diálogos que vertebran la puesta en escena y aportan todo el dramatismo a los personajes… que parecen discutir mientras escenifican su propia discusión. Un nido de víboras donde cada uno tiene su momento y donde las relaciones entre ellos quedan definidas con hondura y profundidad hasta crear un mundo cerrado y completo, visto de manera cáustica por el alter ego de Mankiewicz.

Catorce nominaciones a los Óscar y seis estatuillas alcanzadas (mejor película, director, guionista, actor secundario –George Sanders–, sonido y vestuario) para una obra maestra, donde la puesta en escena teatral y la precisa planificación contribuyen a que brillen con luz propia unas magníficas e inolvidables interpretaciones. Es una de esas películas que uno no se cansa de ver una y otra vez, porque encierran tanta mentira y artificio… y sin embargo parecen absolutamente verosímiles y actuales, porque sus entretelas van más allá de lo que puede esconderse en el mundillo del teatro o en la mente calculadora de un hombre o una mujer, porque sus diálogos no tienen desperdicio y las mirada de Anne Baxter, Bette Davis o George Sanders hablan por sí solas, porque Marilyn Monroe hace de sí misma en una de sus primera apariciones en el cine, porque Thelma Ritter demuestra ser una secundaria con categoría de principal, porque la música de Alfred Newman está presente manipulando pero sin que se note, porque ya no se hacen guiones como aquellos…, porque sigue siendo necesario recordar que “ya es hora de que el piano se dé cuenta de que no es él el que ha compuesto la melodía” –como dice Lloyd a Margo–. Por todo eso y por mucho más, recordamos ahora que hace un siglo nació una estrella llamada Joseph L. Mankiewicz.

En las imágenes: Fotogramas de “Eva al desnudo” © 1950 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Publicado el 31 mayo, 2009 | Categoría: 10/10, Años 50, Directores, Drama, Filmoteca, Hollywood

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6 comentarios en ““Eva al desnudo”: Las entretelas de Mankiewicz y de una mujer llamada Eva”

  1. Laura

    Qué bueno, me ha encantado, gracias. Es atemporal, y al mismo tiempo aplicable a realidades distintas, pues ofrece muchas analogías.

    Y la frase del piano es sencillamente magistral. Volveré a verla, leyéndote , no he tenido más remedio…

  2. Individuo Kane

    “Eva al desnudo” es el mejor combate de boxeo femenino que he visto en toda mi vida. Sin ring, guantes ni contacto físico. Aunque esa escena en el rellano de la escalera tenga mucho de ring, con espectadores de lujo como Marilyn Monroe que obligaban a la profundidad de campo.

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