Ante la proximidad de la Semana Santa y con la perspectiva del tiempo transcurrido desde su estreno, quiero acercarme a una película que en su momento suscitó todo tipo de comentarios, más allá del ámbito cinematográfico… porque su contenido trascendía lo meramente artístico y llegaba a afectar a las convicciones más íntimas de muchos espectadores. Me refiero a “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, cinta acusada desde posiciones dispares y con argumentos variopintos, y también trabajo alabado al atreverse a dar una visión espiritual de un hecho histórico mil veces tratado por el cine y cuyo desenlace es de todos conocido. Entonces escribí un artículo previo a la llegada de la película a las salas, en el que trataba el carácter espiritual y religioso de la propuesta e intentaba acercarme al alma del director y a sus intenciones, así como las razones que sus detractores esgrimían al criticarla tan despiadadamente. Una vez estrenada, completé el reportaje con la oportuna crítica, centrándome en los aspectos cinematográficos y en su posible impacto en el espectador.

Por eso, ahora bastará con hacer algunos comentarios que permitan un acercamiento desapasionado a la propuesta y destacar algún aspecto concreto, al margen de creencias personales y en un plano puramente antropológico. En primer lugar, por encima –o por debajo, habría que decir– de la factura realista que presenta con sus latigazos y cruentas escenas, me llama la atención la conseguida ambientación de un momento histórico concreto y especialmente la recreación de unos personajes que caminan a distinta velocidad y por distinta órbita. Vemos cómo Jesucristo y su madre María parecen saborear –a veces no de manera agradable, pero sí intensa y profunda– la trascendencia de unos momentos sublimes para la Humanidad, que son a la vez inefables para el espectador del Gólgota y para el de la sala de cine. Ellos no entienden de violencia, venganza ni odio… y su rostro en cambio sí refleja la serenidad y paz, y también intimidad y dulzura de una relación que supera a la de madre-hijo –que ya sería honda y única– porque avanzan por su “vía crucis” con la esperanza de tenerse el uno al otro a su término y “com-padecerse” en ese dolor. De ahí esos flash back en que se evocan tiempos de la infancia o de la juventud en el taller, o esas miradas que Jim Caviezel y Maia Morgenstern llenan de contenido y profundidad su relación y la misma pantalla.

De esta manera, cinematográficamente, el valor de la cinta no está en su precisión histórica o teológica, sino en la humana representación de unas almas llenas de vida, y en hacerlo con una nota diferenciadora respecto al resto de personajes. Ahí, en ese rasgo específico que nos muestra la distinta “categoría” respecto a Herodes –aun considerando el gran trabajo de Hristo Naumov Shopov–, a los apóstoles o las mujeres…, ahí radica el hondo calado de la película de Gibson, hábil para capturar las diversas capas humanas y espirituales de los personajes. Por eso, “La Pasión de Cristo” no es solo un film histórico sino que fundamentalmente es una película de personajes, y no es solo una cinta con violencia o sangre –sería un grave reduccionismo– sino de actitudes vitales ante la verdad de uno mismo y de lo que sucede alrededor. Precisamente por esta perspectiva atemporal que habla a la naturaleza del hombre, muchas de las escenas siguen diciendo algo al espectador que asiste a su proyección, sea o no creyente, y le alienta a la coherencia y al perdón, a la humanidad y a la solidaridad. El mérito de Gibson no está, pues, en recrear la escena de la flagelación al modo en que se hacía en tiempos de los romanos, sino en recoger un modo de vida encarnado fidelísimamente por un Hombre que sigue hablando al hombre del siglo XXI.
En las imágenes: Fotogramas de “La Pasión de Cristo” – Copyright © 2004 Marquis Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.
Publicado el 3 Abril, 2009 | Categoría: Directores, Drama, Filmoteca, Histórico, USA independiente
Etiquetas:Hristo Naumov Shopov, Jim Caviezel, La Pasión de Cristo, Maia Morgenstern, Mel Gibson, religión
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12 Abril, 2009. 11:10 pm
Comparto tus comentarios. Mi escena preferida: Jesús y María en el taller cuando le gasta la broma de la mesa.
15 Abril, 2009. 5:15 pm
Es cierto, cyranobix. Esa escena sirve de contraste a tanta violencia y aporta el toque de humor que hace humanas las relaciones entre madre e hijo. Esa alternancia, que se repite con la “doble” caída de Jesús niño y adulto, sirven para oxigenar y también para “completar” el retrato de Jesucristo.