Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Cine en clave

Manuel Márquez.- No es bueno que la crítica del cine atienda solamente a las películas; éstas no se generan en tubos de ensayo escondidos en recónditos laboratorios, alejados de cualquier entorno geo-socio-temporal. El cine es, entre otras cosas, una realidad cultural, y, como tal, se integra en un contexto múltiple y complejo, cuyos elementos interactúan con él de forma más o menos intensa, y  que, consecuentemente, ha de ser tenido en cuenta a la hora de apreciarlo y valorarlo. Pero todo tiene un límite y tengo la vaga y difusa sensación de que, últimamente, él mismo se viene desbordando con bastante habitualidad, sepultado bajo un exceso de referencias ajenas.

Desde los orígenes del cine –y nos estamos refiriendo, a tales efectos, al cine en su acepción convencional, es decir, al constituido por las películas de ficción que cuentan historias; al cine, por llamarlo de alguna manera, “narrativo”–, han convivido en las pantallas historias originales –es decir, argumentos y desarrollos creados específicamente para su trasposición a imágenes en celuloide– e historias adaptadas –trasvases a la pantalla grande de historias creadas, originariamente, en otros soportes y formatos (novelas, obras de teatro…)–. Algo lógico: el aprovechamiento de material narrativo preexistente, aunque desarrollado en otro ámbito o soporte, reporta dos ventajas básicas, como son las del “ahorro creativo” (el trabajo neuronal ya desarrollado previamente, no es necesario reproducirlo de nuevo…) y la eliminación de un alto grado de incertidumbre respecto a la previsible aceptación de la historia por parte del público (algo que ya habrá sido, en buena medida, contrastado sobre el material de base).

Más allá de lo anterior, o incidiendo y profundizando en tal línea, asistimos en los últimos años a una exacerbación de ese fenómeno, caracterizado, además, por ciertos matices propios, como son el de la extensión de los materiales de partida, que ya no se ciñen al ámbito estrictamente literario, sino que se amplían a otros territorios más cercanos (diríase, incluso, que “familiares”, en la medida en que se trata de materiales que comparten con el cine su naturaleza audiovisual), como el de las series televisivas, el cómic o los videojuegos; o el de la planificación mercadotécnica de ciertas iniciativas, en las que ya se cuenta con un itinerario predeterminado de lanzamiento de los distintos productos conforme a unas estudiadísimas reglas de rentabilización de la inversión. Nada nuevo bajo el sol, aunque el sol caliente, si cabe, más que nunca, hasta el punto en que parece haber agostado, bajos sus despóticos designios, los más tenues indicios de creatividad específica en un mundo, el del cine, en el que la imaginación, como trasunto de un riesgo económico cada vez más difícil de asumir, parece cotizar a la baja.

Pero aún se puede rizar más el rizo, y así nos encontramos con el propio cine convertido en fuente de sí mismo: películas que son sometidas a nuevas versiones, que, generalmente, actualizan, en lo tocante a códigos visuales y estilísticos (no siempre para mejorarlos), sus referentes originarios. Tampoco se trata de un fenómeno nuevo; resulta sorprendente comprobar cómo un análisis somero de los títulos señeros de los años 40 y 50 del pasado siglo –es decir, un momento relativamente reciente respecto al nacimiento de este arte–, ya arroja un índice significativo de películas que constituían versiones de films de las décadas precedentes. Es la proliferación desmedida lo que, probablemente, sí que constituye un matiz diferencial respecto a la época apuntada; algo que, en esencia, no revistiría mayor gravedad si no se diera la circunstancia añadida de que, en la inmensa mayoría de los casos, estas nuevas versiones, más allá del aprovechamiento que los avances tecnológicos en materia de efectos especiales permite, o lo llamativo de poner caras distintas a personajes que fueron encarnadas por estrellas de otro tiempo, no sólo no aportan nada nuevo, sino que empeoran, en lo que se refiere a su calidad como producto cinematográfico –y no se trata de una apreciación estrictamente personal, sino de una visión bastante generalizada entre la crítica–, en relación con sus versiones previas.

En cualquier caso, lo que termina generando este batiburrillo multirreferencial –y no sólo en el ejercicio de la crítica más o menos formal, sino incluso en el de valoración inconsciente que cualquier espectador hace sobre la obra que ve–, es la entronización de la comparación como piedra de toque fundamental para la valoración de las películas, sin que la toma de conciencia acerca de la especificidad del lenguaje cinematográfico ayude mucho a evitar el trance: en último extremo, siempre se termina comparando el film con la novela o el cómic que adapta, o con la película de la que constituye una nueva versión, convirtiendo ese elemento comparativo en la referencia básica sobre la que sustentar el juicio global, y desdeñando, en cierto modo, la apreciación de los valores intrínsecos de la obra fílmica como las pautas sobre las que sustentar su análisis. ¿Evitable, inevitable? Me temo que es difícil sustraerse a la práctica cuando se es conocedor de los referentes de forma involuntaria (no se puede “desleer” una novela de la que se termina llevando a celuloide una adaptación en imágenes y, cuando vemos tal película, el recuerdo de la lectura es un ejercicio sobre el que cabe poco control consciente), pero también sospecho que empieza a proliferar, especialmente entre la crítica profesional y sus aledaños, el cultivo de una práctica que pasa por el desmenuzamiento del film bajo una lupa ajustada con los parámetros de unos referentes exhaustivamente analizados a tal efecto; algo que, desde el respeto y la comprensión, no me termina de convencer en exceso: parafraseando a aquel mítico entrenador futbolístico que afirmaba que fútbol es fútbol, y gol es gol, también habría que convenir que pelis son pelis. Y como tales deben ser valoradas, ¿no creen…?

En las imágenes: Fotogramas de “El niño con el pijama de rayas” – © 2008. Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos reservados. De “El tren de las 3:10” – © 2007. Distribuida en España por Wide Pictures y Filmax. Todos los derechos reservados. De “Retorno a Brideshead” – © 2008. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos reservados. De “Monstruos contra alienígenas” – © 2009. Distribuida en España por Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 8 abril, 2009 | Categoría: Colaboraciones, Industria y taquilla, Narrativa y estética, Opinión

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3 comentarios en “Cine en clave”

  1. Individuo Kane

    El cine es joven, tiene un siglo de edad y tiene que evolucionar. Creo que, con el tiempo, tendrá que deshacerse de su vertiente “narrativa”. Acabar con la idea de presentación-nudo-desenlace. O, al menos, ésta clase de cine será menos importante.
    Supongo que el cine como imagen tiene que imponerse, alejarse de los esquemas “literarios” para mostrarse como cine-estética o cine-sorpresa.
    De momento, mientras el cine principal siga siendro el de presentación-nudo-desenlace, las adaptaciones continuarán. Si ya te lo dan hecho…

  2. Julio

    Aunque el fútbol es fútbol… el profesional no puede contentarse con eso que decía otro de “¡haced fútbol!”. Hay toda una generación de jóvenes entrenadores que estudian y trabajan cada partido, a través de esquemas tácticos o análisis de los puntos fuertes y débiles propios y del contrario, etc… De manera análoga, el crítico -según el medio en que escriba, claro- deberá pararse a pormenorizar cada elemento, y cuando haya referencias literarias, cinematográficas… hacer el oportuno análisis comparativo, que es una forma más de valoración y estudio (eso de que las comparaciones son odiosas vale para el coloquio, pero no para el estudio). Si no, caemos en exceso en afirmaciones subjetivas que son mera opinión de un gusto particular. La crítica puede ser rigurosa si hay formación cultural, sensibilidad y sensatez en los juicios.

    Pienso que la clave es que la industria se ha comido al cine como cultura, y por eso caben pocos experimentos creativos y arriesgados. Es más fácil y cómodo discurrir por senderos que el espectador ya conoce y que aseguran cierta empatía o complicidad artificial, con unos códigos fácilmente inteligibles… Pero sabemos que no todo el cine es así y que hay mucho que no se apoya en la “presentación-nudo-desenlace”… pero hay que valorarlo. Como ya he dicho en otro sitio, para mí lo fundamental es la cuestión de educación cinematográfica: que el espectador llegue a querer ver una película por segunda o tercera vez (cuando es buena) porque sabe apreciar elementos distintos y no solo la trama, porque descubre unos modos de ser-pensar en unos personajes creíbles… y con ellos vuelve a vivir y disfrutar… porque está activo.

  3. κριτικός

    Estoy básicamente de acuerdo con la opinión de Julio. Estamos en un momento en que lo fácil es cojer una historia ya escrita (o desarrollada en una serie de tv), contratar a los mismos actores que todos ven a diario tanto en tv como en otras películas y lanzar el producto con un marketing estudiado al milímetro.

    A mi me gustaría que hubiera más películas que desarrollaran los elementos propios del cine: el tiempo, la imagen en movimiento, el enfoque, el dentro-fuera de campo, … películas más de Wenders.
    Mientras no sintamos la necesidad de ver otra vez la película para apreciar más matices no se habrá hecho verdadero cine.

    Para mi es la misma diferencia entre ir a ver “Las Meninas” o ver los aleluyas de una historia de ciego. Delenate de ese cuadro puedes pasar horas y horas descubriendo matices, en el otro caso una vez que te haces con la historia puedes buscar anécdotas en los dibujos pero no arte.

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