Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“El árbol de las cerezas”: Marc Recha, su soledad y sus naturalezas muertas

Un joven médico, Andreu, llega al Vall de Gallinera queriendo olvidar un desengaño sentimental. Viene a sustituir al Dr. Martí, que abandona el pueblo por una enfermedad que oculta a sus amigos y también a Roser, la dueña de la pensión que siempre le ha amado y que ahora vive en la apatía. En ese microcosmos rural, la vida cotidiana de sus vecinos aparece con sus rutinas, incluso en esos últimos días del año: una madre ausente por su trabajo en el circo, su hija adolescente -Dolors- que vive las dudas de su primer amor mientras cuida de una abuela moribunda y de su hermano Ángel, unos ladronzuelos de aceite sin escrúpulos, un mezquino cartero que tira las cartas a los Reyes Magos y se queda con los sellos… A su lado, paisajes en quietud y cielos tormentosos, partidas de cartas y fútbol televisado en el bar, momentos de fiesta con tiovivos y coches de choque,… pensamientos puestos sobre el papel o que vuelan con la imaginación, silencio y soledad, desencantos y deseos incumplidos: apuntes de vidas sin alma, tristes crónicas de un pueblo herido y decadente, contempladas ahora por esos cerezos a los que un niño desamparado cede su voz y su imaginación.

No son muchos los directores que merecen el calificativo de cineasta. Marc Recha es uno de ellos por su infatigable búsqueda de una forma que resulte idónea para trasmitir su visión del mundo, de unas existencias agónicas o un estado de ánimo cambiante. El carácter experimental y riguroso de su trabajo va encaminado a extraer toda la expresividad que una imagen puede encerrar, algo que queda patente ya en sus primeros cortos y en “El cielo sube”: sus historias son esencialmente exploraciones de un mundo interior, que buscan recoger la esencia de lo cotidiano y donde los silencios son tan importantes como las palabras. Con una concepción nítida y radical del cine como herramienta escrutadora de las realidades más profundas, ha tenido buena acogida en festivales o entre la crítica, pero no en la taquilla. Ejemplo de fidelidad a un cine de contemplación y reflexión que busca plasmar lo invisible a través de lo sensorial: su cámara explorará ambientes rurales para convertirlos en lugar de catarsis donde el individuo se encuentre a sí mismo, recobre la paz perdida o se libere de un pasado del que se huye.

En “El árbol de las cerezas” se encuentra ya esa preocupación por capturar instantes que hablen de la fugacidad de la vida, por recuperar y fijar el tiempo pasado de individuos desarraigados que no encuentran su lugar en el mundo, por despertar las conciencias entumecidas. Son aspectos que desarrollará más tarde en “Pau y su hermano”, donde un ambiente rural vuelve a servir de marco para reflexionar sobre la vida perdida o el miedo a la muerte, y donde una naturaleza sabia e incontaminada contempla la vida de unos hombres que se esfuerzan por alcanzar inútilmente la felicidad. En su siguiente película, “Las manos vacías”, no hace sino profundizar en ese camino de soledad y desencanto, incidiendo en el mismo nihilismo fatalista que respiran unos personajes que se mueven lejos de cualquier moralidad.

Toda esta triste realidad está recogida, sin embargo, con una mirada poética y melancólica, sincera e inteligente, y también desconcertada ante el misterio del mal y de la muerte, de la contingencia y la insatisfacción. La acción narrativa es escasa y secundaria, pues lo primordial es el retrato de trece almas perdidas en la soledad, que sobreviven a la deriva sentimental y que deambulan sin rumbo fijo entre lo urbano y lo rural. Son radiografías corales que responden a un mismo patrón, el de un mundo de individuos desarraigados, de familias rotas, afectos fallidos e inestables, o relaciones ocasionales:  personas que se abandonan a un destino implacable en que la muerte acecha lúgubre y despiadada. Recha no hace sino recoger flujos de vida y decrepitud, del amor y de la herida por él causada, de sentimientos no manifestados y que flotan en el ambiente, de las menudencias de unas vidas corrientes y ordinarias.

Son historias fragmentarias y entrecortadas que se cruzan y distancian en el tiempo, conducidas por el azar de la vida: una madre que llega y vuelve a irse llevándose a su hijo, una Roser que ve cómo definitivamente pierde al Dr. Martí, o una Dolors adolescente que parece decidirse por la estabilidad que Andreu puede proporcionarle; pero no son finales cerrados ni claros, sino más bien retazos de vida al natural… que continuará con sus incertidumbres, sus nacimientos y defunciones, sus idas y venidas. El director busca esa indagación a través de lo más sensorial, para dotar de materialidad al pensamiento: su planificación o el empleo de la voz en off se orientan, por ejemplo, hacia la captación del aliento de unas rocas o unos restos arqueológicos, de la respiración de unos cerezos o de la vitalidad de un cielo tormentoso. Estas imágenes le sirven para resaltar la vacuidad de unos individuos más interesados en satisfacer sus necesidades que en remediar esa pobreza interior; son siempre realidades metafóricas que nos hablan de la vida cambiante, de personajes sin raíces y sin estabilidad emocional. Una mirada a la naturaleza como espejo del alma que entronca con el realismo poético francés y que le acerca a figuras como Rohmer o Ioselliani, a la vez que deja ver el sentido documental de quien busca recoger fragmentos de una realidad verosímil, llegando para ello incluso a rodar en el dialecto valenciano de la comarca.

Desde sus inicios, Recha ha experimentado con las posibilidades expresivas de la imagen, y su estética se ha ido depurando en busca de la sobriedad narrativa, despojándose de todo lo accesorio y quedándose con “las imágenes justas, necesarias, limpias y desnudas”, según sus propias palabras. Ha renunciado a lo explícito, a las planificaciones manieristas, así como a la dramatización en las interpretaciones o a los finales unívocos. Frente a ello, apuesta por  la austeridad en la puesta en escena y en la composición, por fundidos en negro, elipsis, fueras de campo o tomas únicas que no precisen repetición en el rodaje; el guión será mínimo para que no quite frescura a los actores, los sonidos ambientales y los silencios darán veracidad y autenticidad a lo mostrado, el montaje creará un tempo que invada de melancolía al espectador, y recurrirá a la ambigüedad y al sentido metafórico de unos planos que entiende como signos de la escritura fílmica. En definitiva, estamos ante un independiente explorador del lenguaje fílmico, en las antípodas del cine-espectáculo y sin las esclavitudes del mercado, cercano a los míticos Bresson, Dreyer, o Godard, o a los más próximos Erice o Guerín.

Ahí están esos relojes, esas páginas del calendario o esas hojas llevadas por la corriente del río para hablar del paso del tiempo y de la precariedad de la vida, esas panorámicas de paisajes desiertos o esos cielos cambiantes para referirse a la soledad, a la quietud o inestabilidad anímica, y a unos personajes trashumantes e insatisfechos. Multitud de pequeños detalles de una naturaleza de fuerte protagonismo físico que se funde al psicológico de sus habitantes, una voz en off  que sirve de mirada exterior –papel desempeñado por Pau o Gérard en sus siguientes películas-, y un frecuente empleo de la metáfora como recurso para reflexionar sobre las apariencias y sobre los distintos puntos de vista -tantos como etapas del ciclo vital- que recrean la realidad a su manera. Cine puro, difícil e inteligente, triste y pesimista, poético y discursivo a la vez, filmado para ser visto sin prisas por quienes busquen distanciarse de la realidad, contemplarla como lo harían esas montañas o esos cerezos a los que una voz infantil presta sugerentes pero escépticas palabras de desencanto, en su propia recreación del mundo emocional.

En las imágenes: Cartel y rodaje “El árbol de las cerezas”  – Copyright © 1998 Oberón Cinematográfica S.A. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 21 enero, 2009 | Categoría: 7/10, Años 90, Directores, Drama, España, Filmoteca

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