Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“La duda (Doubt)”: Certezas y sospechas de una conciencia prisionera

[8/10] De la clase parisina con profesor idealista y alumnos conflictivos nos trasladamos a 1964 para entrar en una escuela del Bronx neoyorquino vinculada a una parroquia católica. Allí rige una estricta y dura disciplina impuesta por su directora, la hermana Aloysius, aunque el Padre Flynn prefiere otros métodos menos autoritarios y más acogedores. Con todo, “La duda (Doubt)” no trata sobre ningún sistema de enseñanza, ni sobre religión –perfectamente los personajes podrían ser no religiosos– o educación para la ciudadanía, ni tampoco sobre pederastia o racismo, aunque el primer alumno negro que llega al centro se convierta en el detonante de la trama. Lo que más bien interesa a su director es transmitir al espectador un modo de conducirse en la vida sin dogmatismos ni certezas absolutas, de forma que nadie se habilite como juez de los demás ni pretenda erigirse en dueño de la verdad. La historia de acoso y derribo que la hermana Aloysius emprende contra al Padre Flynn le sirve para hablar al hombre de hoy de tolerancia y respeto, pero también del derecho al honor y a la buena fama, de bondad y amor a la verdad.

Con una historia sencilla pero muy sutil y bien llevada, John Patrick Shanley construye una película que da que pensar e invita al diálogo, si uno se mete en la cabeza de sus personajes. Con una puesta en escena que evidencia su origen teatral, los diálogos resultan precisos y cada palabra se acerca al “tema” de la acusación con pudor y la suficiente ambigüedad, dejando que el interlocutor –y el espectador– sobreentienda, deduzca y saque sus propias conclusiones. De esta manera se dosifica una información y se van dibujando unos perfiles que llevan a quien está sentado en la butaca a dudar de uno o de otro, a suponer que “algo huele a podrido en Dinamarca”, y a compadecerse de quien sufre la acusación injusta o de quien lucha contra sí mismo. Estamos ante una película de ideas y actitudes, pero también de personajes construidos como arquetipos, dibujados ya desde las primeras escenas: una directora severa y muy segura de sí misma, que lleva el colegio a golpe de disciplina y con rostro severo en el que no se descubre un ápice de sentimiento ni compasión; una joven monja que respira tanta belleza y bondad como inocencia e inmadurez; y un sacerdote lleno de humanidad e inteligencia, pero también de caridad y fortaleza para acoger al marginado o fustigar al orgulloso.

Con ese dibujo, parece que Shanley quiere ofrecer a la juventud –simbolizada en la hermana James– un nuevo tiempo sin fanatismos ni imposiciones, y también de respeto hacia todo lo que engrandece a la persona, desde su conciencia o buenos sentimientos hasta el derecho al buen nombre. En este sentido, la historia queda jalonada por los tres brillantes sermones –de asombrosa elocuencia, por ejemplo el del chismorreo y el cuento de la almohada de plumas– del sacerdote en un verdadero eslalon hacia un plano final que invita a la reflexión (aunque un poco desconcertante y forzado) y obliga a cuestionarse el fondo de unos y otros: inseguridad y necesidad de justificar una vida pobre con historias fabricadas en la cabeza, remordimientos para una conciencia que no puede superar sus prejuicios “sin alejarse algo de Dios”, altura moral e intelectual de quien discierne lo esencial para la felicidad, certezas a las que solo el corazón puede llegar… Todo un rico y complejo ramillete de psicologías que miran de distinta manera la realidad exterior, algo que la cámara intenta en ocasiones captar con dudoso éxito: esos planos inclinados que simulan la visión subjetiva y “torcida” o “enrevesada” de quien juzga según el color de su propio cristal, o esos picados que inducen a pensar en una mirada omnisciente e infalible, no parecen recursos muy expresivos y acertados.

Ideas y personajes que tienen su continuación en unos actores que brillan y aportan el matiz que la historia interior requiere. El cuarteto protagonista está nominado a los Óscar en tres categorías de interpretación, y sin duda realizan unos trabajos muy matizados para dar vida interior a unos personajes complejos: Meryl Streep siempre es un seguro, aunque aquí su registro sea monocorde y hubiera sido interesante dibujar a su personaje alguna grieta desde el principio por la que ver algo de su pasado; Philip Seymour Hoffman tiene personalidad y se la cede al buen sacerdote, que recibe la difamación con dolor e indignación pero también con una distancia y silencio que abre lugar para la duda. Pero las sorpresas llegan con las dos secundarias, pues Amy Adams se mueve con ligereza y frescura al transmitir esa ingenuidad pura y candidez, y deja hablar y conocer al corazón; y Viola Davis da un recital de expresividad en un breve pero intenso papel (con estas rivales, Penélope Cruz lo va a tener un poco crudo en los Óscar).

Una interesante y matizada película bien construida, sostenida por actores que mantienen duelos interpretativos con los que dan vida a unos seres que viven y pelean en mundos distintos, desde las ideas preconcebidas o desde la misma vida. Al final, igual hay que dudar si es bueno escribir con boli, si conviene o no tomar azúcar en el café, o si detrás de la sospecha y la certeza no se esconde una conciencia prisionera.

Calificación: 8/10

En las imágenes: Fotogramas de “La duda (Doubt)” – Copyright © 2008 Miramax Films y Scott Rudin Productions. Fotos por Andrew Schwartz. Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 31 enero, 2009 | Categoría: 8/10, Año 2009, Críticas, Drama, Hollywood

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4 comentarios en ““La duda (Doubt)”: Certezas y sospechas de una conciencia prisionera”

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  4. Cristina Rodríguez

    Tengo la sensación de que la mayor parte de la crítica y del público no han entendido muy bien el significado de esta película, que en mi opinión hace una crítica maravillosa del patriarcado y del poder en la Iglesia, al tiempo que pone sobre la mesa la hipocresía y la falta de sensibilidad por parte de las autoridades católicas estadounidenses hacia el deleznable pero lamentablemente frecuente fenómeno de la pederastia. Sólo hay que fijarse en los detalles sutiles y en la gran fuerza moral de las dos mujeres protagonistas, que luchan con las únicas armas de la honestidad y la rectitud en un mundo masculino dominado por las apariencias y el abuso de poder.

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