“Nuevo mundo”: El sueño de un emigrante

[6/10] En “Nuevo mundo” el italiano Emanuele Crialese (“Respiro”) dirige su cámara hacia el problema de la emigración en su empeño por aportar humanidad a un drama tan actual. Para ello recoge una historia de comienzos de siglo pasado, con una de tantas familias sicilianas que se embarca en la aventura de cruzar el charco, seducida por el sueño americano y dispuesta a iniciar una nueva vida en la “tierra de las oportunidades”. Melodrama humano y social que engarza con el cine de sus compatriotas Gianni Amelio (“Lamerica”, “Las llaves de casa”) o de Ermanno Olmi (“El árbol de los zuecos”, “El oficio de las armas”) y que tiene su referente más directo en “América, América”, la obra maestra de Elia Kazan.

En esta obra galardonada en el festival de Venecia, Crialese parece bucear en la más pura tradición italiana al tratar esta historia de supervivencia, y por eso busca sus raíces en el neorrealismo italiano más autóctono, con tipos populares que bien podría haber recogido Visconti en “La terra trema” o De Santis en “Arroz amargo”: los dos individuos que aparecen en la primera escena, descalzos en peregrinación penitencial por las rocas para pedir luces a Dios sobre la conveniencia o no de emigrar, reflejan tanto la religiosidad popular como la credulidad de gentes analfabetas que sólo quieren alejarse de la pobreza y miseria que les rodea. Unas fotos enviadas por un hermano que se les ha adelantado en la empresa les abre los ojos a un mundo de ensueño en que las zanahorias o las cebollas son de tamaño gigante y donde cuelgan monedas de las ramas de los árboles. Esa imagen impresa en una cartulina es la que alimentará el imaginario de Salvatore, viudo con dos hijos adolescentes y una madre de fuerte personalidad que comienza a vivir de ilusiones y esperanzas.

Es entonces cuando Crialese introduce imágenes oníricas de corte surrealista, que conectan con el mundo de De Sica (“Milagro en Milán”) y más aún con las fantasmagorías del último Fellini (“Roma”, “Fellini Ocho y medio”). A lo largo de la película, el director permite que su sufrido protagonista se evada de la cruda realidad que le rodea en el pueblo, en el barco o en la aduana americana, y que se sienta acompañado por un nuevo amor –Lucy, una refinada inglesa de dudoso pasado–, recoja preciosos frutos de su hipotética huerta o nade placenteramente en un mar de leche y miel. Son fogonazos de imaginación fruto de un subconsciente insatisfecho, y flashes cinematográficos de poesía y contemplación con los que el director pretende oxigenar tanta gravedad y drama costumbrista. Sin embargo, el resultado es más bien de autocomplacencia estética y de aires con cierta pretenciosidad que desconectan al espectador de la historia y que difícilmente le llevan a ese mundo idílico y mágico pretendido.

Partiendo de esta fallida simbiosis de neorrealismo costumbrista y surrealismo mágico, el planteamiento de la película tendría, sin embargo, una justificación si la  considerásemos como una fábula que busca concienciar al espectador del siglo XXI sobre la emigración: por eso, según su autor, no habría que verlo como un problema sino como una realidad de nuestro tiempo que hay que afrontar con humanidad y apertura solidaria. Así se entiende mejor la inverosímil relación de un realista Salvatore lleno de sensatez frente a su etérea y oportunista Lucy –una nueva Dulcinea– al hablar del matrimonio solicitado y del tiempo como factor que traerá el amor, o su propia actitud ante las autoridades aduaneras al recriminarles su mezquindad por repatriar a su hijo por sordomudo y a su madre por senil. Sin duda, Criasele pretende hablar al mundo actual y poner en evidencia su falta de solidaridad y de respeto a la persona, tratada como ganado en las pruebas de selección y clasificación en la aduana, en escenas más duras incluso que las del hacinamiento en del barco. Y también bajo la fórmula de la fábula se entiende la escena surrealista final, que bien puede interpretarse como una puerta abierta a la esperanza y a una integración de los viejos y los nuevos mundos, o como la evasión de quien sigue sin encontrar acogida en el “nuevo mundo” moderno.

En esta mezcla de realidades, el director oscila entre una estética realista con cámara nerviosa, abundancia de primeros planos y encuadres descuidados, y otra más preciosista y un tanto fantasmal con toques líricos y mundos de utopía y contemplación. En cualquier caso, el sonido y los silencios cobran especial importancia para recrear un entorno y una ambientación terrenal o celestial, así como para dibujar unos personajes tan sencillos y auténticos como limitados en sus horizontes vitales y culturales. En varias ocasiones, la cámara opta por acusados contrapicados que llegan a convertirse en planos cenitales, sin duda con la intención de expresar esa mirada dramática o supraterrena (por encima de los intereses mercantilistas y pragmáticos de quien ve masa y no personas en los emigrantes). Más dudosa es la eficacia de algunos ralentíes –por ejemplo durante el temporal en el interior del barco– y ciertos pasajes en que el tiempo parece suspendido por el amor –cuando Salvatore y Lucy se conocen en la cubierta y se siguen platónicamente con la mirada– que llegan a convertirse en recursos un tanto enfáticos y artificiosos. Las interpretaciones resultan solventes, entre el casticismo y nobleza trasmitido por Vicenzo Amato y la ambigüedad enigmática de Charlotte Gainsboroug, aunque el papel de Aurora Quattrocchi como la mamma italiana respire más autenticidad que ningún otro.

En cuanto a la puesta en escena, sin duda está más conseguida en su faceta realista, con momentos que se quedan grabados por su fuerza visual: la partida y llegada al puerto, el proceso de selección de los emigrantes como si se tratara de ganado al que la modernidad da su visto bueno, el emparejamiento convenido de matrimonios como vía de acceso al “paraíso terrenal” (así vemos a una muchacha dar su consentimiento a un marido al que ni siquiera se atreve previamente a mirar). Y como en “Respiro”, la fotografía juega también un aspecto fundamental con un juego de acusados contrastes entre los ambientes oníricos, los abiertos del campo siciliano o los cerrados de los camarotes, estos últimos con fuertes claroscuros cargados de dramatismo.

Cine social italiano en torno a la emigración, con unos personajes cuyo rostro refleja tanto la crudeza del presente –hay demasiada gravedad y echa en falta un deje de humor– como la esperanza en un nuevo mundo, aunque por el momento quizá tengan que construirlo en su imaginación o vivirlo en el sueño de los benditos. Sin ser una película radicalmente minoritaria, es recomendable sobre todo para los interesados en las cuestiones sociales y también para cinéfilos que quieran rastrear las huellas del cine italiano.

Calificación: 6/10

En las imágenes. Fotogramas de  “Nuevo mundo (Golden door)” – Copyright © 2006 Memento Films, Titti Film, Respiro y Arte France Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Publicado el 12 Diciembre, 2008 | Categoría: Año 2006, Críticas, Drama, Italia

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