[6/10] A quien pretenda ver una película del francés Michel Gondry, es necesario advertirle que antes tiene que aparcar su lógica racional, y entrar al cine dispuesto a dejarse llevar por la fuerza de su desenfrenada imaginación, a sorprenderse por la potencia visual de unas imágenes desenfadadas, y a sumergirse en la complicada existencia emocional de unos individuos que van en busca del amor. Sólo entonces disfrutará de unas historias esperpénticas y de unos personajes extravagantes, que esconden profundas heridas del pasado y caminan por laberintos del subconsciente, con un miedo patológico a salir a la superficie de una realidad agresiva en la que no se sienten cómodos ni aceptados.

Tras su éxito en la memorable “Olvídate de mí”, en “La ciencia del sueñó” Gondry ha decidido separarse de Charlie Kaufman y firmar en solitario el guión de esta película surrealista y tragicómica, en que de nuevo de adentra en los misterios de la mente humana para escudriñar inquietudes, traumas y deseos insatisfechos que, según él mismo declaró, tienen mucho de autobiográfico. Su protagonista es Stéphane, un joven mexicano que, tras perder a su padre, llega a París requerido por su madre y dispuesto a trabajar como diseñador gráfico. Su sorpresa salta al descubrir que la empresa de calendarios para la que es recomendado prefiere ilustraciones pornográficas a sus dibujos catastrofistas, que sus compañeros de trabajo resultan de lo más estrafalarios, y que se acaba de enamorar románticamente de su vecina Stéphanie, algo que acabará por alterar su ya caótico mundo interior. Pero el problema es que Stéphane no distingue entre sueño y realidad, que incluso sueña despierto, y que reinventa lo que sucede según deseos reprimidos o temores a nuevos desencantos.

Entender la película de Gondry exige comprender a este inadaptado que lucha infructuosamente por controlar su imaginación o que más bien se refugia en ella; que actúa como un adolescente que se ve diferente y que tiene miedo a no ser aceptado, que oculta las carencias afectivas de su infancia o que no quiere exponerse a nuevos desamores; que juega, corre y habla como un niño hiperactivo que se niega a crecer y a mostrarse a un mundo que es menos bonito que el que él ha creado con sus cartones y celofanes. Así, cuando se descubra la raíz de su comportamiento enfermizo se entenderá esa huida al universo de lo onírico, donde los problemas se desvanecen con facilidad y donde el protagonista siempre encuentra el amor… al ser el guionista de su propia historia. Conexiones del sueño con el cine que el propio Stéphane desarrolla en su programa televisivo pedagógico, prolongación del trabajo de su subconsciente y reflejo de una vida insatisfecha, y reflexión sobre el carácter mentiroso y manipulador de la ficción.

Tan compleja personalidad cobra vida gracias al electrizante trabajo de Gael García Bernal, obligado a excesos interpretativos que rayan en lo histriónico pero que permiten comprender el doloroso sustrato que aflora en las excentricidades de su personaje. Su amplio repertorio de gestos y la vivacidad de sus movimientos, la facilidad para pasar de lo cómico a lo melodramático provocan la complicidad y la compasión del espectador hacen que se le acabe viendo como un niño grande e indefenso necesitado de amor. Más contenida pero no menos conmovedora resulta Charlotte Gainsbourg al dar vida a Stéphanie, alma gemela –la coincidencia del nombre no es casual– en la soledad y el desamparo, aunque ésta permanezca en el planeta de lo real a diferencia de su fantasioso vecino.

A pesar de todo, resulta innegable que la fuerza del cine de Gondry proviene del poderío visual de unas imágenes fascinantes y muy sugerentes, inspiradas en el cómic del Este de Europa y en el cartoon clásico americano, y construidas según los cánones del videoclip. Las imágenes fluyen con la fuerza y vitalidad de un torrente, sin respetar la lógica temporal o espacial, haciendo posible lo imposible, transportando al protagonista y al espectador a un universo en el que las aguas se forman con papel celofán de colores, los coches y arquitecturas con cartón, o donde volar por los aires no requiere ni siquiera una escoba mágica. Con una estética que bebe del pop art y unos decorados –sorprendente el plató de televisión– que se alimentan de la arquitectura de lo efímero, Gondry nos habla tanto de lo quebradizo e imprevisible –teoría del caos incluida– que resulta el sentimiento amoroso como de lo evanescente que son los sueños, realidades intangibles que se esfuman y que dejan insatisfecho al romántico que cada uno lleva dentro. Una puesta en escena singular reforzada por la música pop, en ese intento por dar un toque melancólico al universo de su incomprendido e inmaduro protagonista, astronauta de nuestro tiempo y a la vez filósofo de los desastres del amor.

Con todo, esa frescura visual y creativa es tan poderosa que acaba por descompensar la narración, con una frágil estructura del guión: le falta equilibrio, y la trama se empantana en varias ocasiones, con encadenamientos y reiteraciones de escenas oníricas inconexas y de gags visuales que nos recuerdan a primitivo Méliès, unas veces con un tono divertido, otras con un carácter ingenuo y algunas derivando hacia lo grosero y chabacano. En cualquier caso, se pierden en su ensimismamiento –como la realidad de su protagonista– y a duras penas hacen avanzar una endeble historia de amor de celofán, de barcas de cartón y de caballos de peluche: como en la máquina del tiempo que inventa Stéphane, los sueños aplastan una y otra vez una realidad que no sale a flote, que no acaba de emocionar a un espectador que se queda con un regusto agridulce y empachado de experimentación y de colorismo (atención a los títulos de crédito, magníficos y reveladores).

Cine diferente y desconcertante el que realiza Gondry para sacar a la luz sentimientos profundos y traumas escondidos, con un lenguaje surrealista y algo pretencioso, con un guión pesado por lo repetitivo. La película no colmará las expectativas que despertó su anterior trabajo, pero sí deja una ventana abierta a nuevos proyectos de mayor solidez, donde nuestro Stéphane-Gondry habrá madurado en los ejercicios de cartón y celofán.
Calificación: 6/10
En las imágenes: Fotogramas de “La ciencia del sueño” – Copyright © 2006 Partizan Films, Gaumont y France 3 Cinéma. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.
Publicado el 31 Diciembre, 2008 | Categoría: Año 2007, Comedia, Críticas, Francia
Etiquetas:amor, Charlie Kaufman, Charlotte Gainsbourg, Gael García Bernal, Georges Méliès, imaginación, La ciencia del sueño, madurez, Michel Gondry, Olvídate de mí, tiempo
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