Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Australia”: Historias y sueños que contar

[6/10] Hay mucha gente que acude al cine deseando vivir una larga y preciosa historia de amor, labrada desde la indiferencia y el infortunio hasta un dramático final donde las lágrimas surjan de la emoción por la felicidad alcanzada. Será una odisea en la que haya un viaje y una aventura personal, amenazada por un personaje malvado y también por una guerra que separe a los jóvenes enamorados. También debe incluir un buen motivo de lucha en pro de la igualdad o la justicia, y un elemento que una a sus personajes y les dé fuerzas para continuar en su misión a pesar de los reveses de la “vida de ficción”. En definitiva, una buena historia que contar, llena de sueños y deseos que ayuden a sentirse de una tierra y a tener una identidad. Si alguna película contiene estos elementos de amor y superación, patriotismo y defensa de los marginados, mezquindad y buenos sentimientos, esa es “Lo que el viento se llevó” y a ella ha querido mirar, entre otras, Baz Luhrmann en su “Australia”.

El director de “Moulin Rouge” no ha pretende ahora reinventar un género ni provocar a los puristas como hiciera en “Romeo y Julieta”. En esta epopeya homenajea al cine más clásico americano, y no se aparta un ápice de sus convenciones y concesiones. Quiere creer en el poder de la magia -de los sentimientos, de los lazos de un pueblo- y traslada la fuerza de “El mago de Oz” a un mestizo de la “generación perdida” australiana, y también busca la complicidad de una pareja que comienza odiándose -o quizá solo buscando sus propios intereses- para después necesitarse con pasión en torno a la tierra roja de Tara (perdón, de Faraway, la hacienda ganadera). Luhrmann ha querido construir, en realidad, un canto de amor a su país, una alegoría sobre la construcción de un pueblo mezcla de sangre británica y aborigen, en un intento reconciliador de lo que es “mi país, nuestro país” como el rey Jorge dice en el último plano a la aristócrata lady Sarah Ashley.

Un romance personal que es una búsqueda de las propias raíces como lo era el interminable melodrama que el viento se llevó o algunas de las grandes producciones de David Lean. Y como en la historia de Escarlata, también aquí tenemos un negocio que sacar adelante al trasladar las reses bovinas, un incendio que transforma la floreciente ciudad portuaria de Darwin en un campo de cadáveres, una guerra en que los japoneses vienen a poner en peligro un desenlace feliz, y hasta unos contraluces fotográficos en que las siluetas oscurecidas por la noche se recortan en el horizonte. Grandes decorados y música sinfónica que mueve las emociones, una preciosa fotografía que aprovecha los preciosos parajes australianos con articulados travelling y panorámicas aéreas -marca del espectáculo made in Luhrmann- y una narrativa clásica al hilo de los recuerdos del niño Nullah que cuenta su historia y la de su pueblo.

Sin embargo, no todo funciona en esta aventura de amor y superación. Tanto Nicole Kidman como Hugh Jackman son actores de probada solvencia que aquí trabajan con corrección y logran algún momento brillante, pero sus personajes no pasan de ser conductores de una historia, sin llegar a transmitir más sentimientos que los superficiales que pueda suscitar la banda sonora o la propia trama. Parece que el guión no ha sabido crear personajes de mayor calado dramático y que se ha conformado con una aristócrata inglesa que llega como una puritana estirada y antipática para transformarse en una apasionada “mulier fortis” capaz de resistir contra viento y marea desde que se activa su instinto maternal; o en un arriero de ganado marginado y solitario, fuerte por fuera pero de corazón blando y dolorido, que siempre acude a la llamada de una canción. Son figuras simples y sin excesivos recovecos, lineales a pesar de su pretendida evolución psicológica y emocional, no mucho más compleja que la del pérfido capataz Fletcher, condenado por el espectador a las primeras de cambio y centro de todas las mezquindades. Como botón de muestra de la voluntaria imagen que el director quiere proyectar del héroe y galán Drover, basta observar sus tres apariciones “majestuosas” en la pelea inicial en el bar, en la fiesta de la gente blanca o entre la niebla en la Misión de los mestizos… siempre atrayendo la atención de la cámara en plan salvador.

Es la misma complacencia y convencionalismo que transitan, en menor medida, por toda la cinta y que la convierten en un producto válido para el entretenimiento y la diversión, pero cuya historia carece de la fuerza de los clásicos que pretende emular. Funciona mejor en su primera parte, entre la comedia caricaturesca, el western de ganaderos y el melodrama romántico, y se precipita perdiendo la lógica narrativa en su tercio final -poco creíbles las desavenencias y reacciones de la pareja- a la vez que sucumbe a un narcisismo previsible. Pero se ve con gusto y no defraudará a los amantes del cine clásico y de las emociones, aunque sean un poco forzadas y poco duraderas.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “Australia” – Copyright © 2008 20th Century Fox y Bazmark Productions. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 26 Diciembre, 2008 | Categoría: 6/10, Año 2008, Australia, Críticas, Melodrama

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Un comentario en ““Australia”: Historias y sueños que contar”

  1. aliciass

    You are the greatist!
    :)

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