“Una chica cortada en dos”: Partir, compartir, morir… según Chabrol

[6/10] Todo el universo Chabrol y su inconfundible manera de narrar están presentes en “Una chica cortada en dos”, con lo que nadie se llamará a engaño ni tampoco descubrirá “nada nuevo bajo el sol” al verla. El título hace referencia al amor por una chica, Gabrielle, compartido por el maduro y prestigioso novelista Saint-Denis y por el joven juerguista y millonario Gaudens. Ambos la pretenden atraer a su caprichoso mundo y ambos la tendrán a su modo, hasta que los celos y las pasiones lleven la situación demasiado lejos… y esa chica cortada en dos tenga que ser recompuesta y devuelta a su propio ambiente, aún sin contaminar.

La elección de la palabra “cortada” para el título no es nada gratuita, y no obedece solo a ese reparto del objeto del amor entre amantes tan distintos… y tan iguales. También responde a la esquizofrenia sentimental que la atractiva y desconcertante Gabrielle demuestra, seducida por una sociedad para ella desconocida. Aunque, siendo justos con “la mujer del tiempo” (es su trabajo en la televisión local de Lyon), los hombres que la pretenden tampoco son presentados con una mayor integridad ni estabilidad emocional: en realidad viven escindidos entre las apariencias sociales y la podredumbre interior que arrastran. Por eso, ningún personaje tiene desperdicio en su falta de lealtad, honestidad, veracidad… porque son –en la radiografía social de Chabrol– el ejemplo de la decadencia moral de la Occidente. Cada palabra y actitud respiran un aliento de mentira y falsedad, de cinismo y calculado egoísmo, que acaba provocando la desconfianza alrededor y que hace posible cualquier reacción en esa dinámica de autodestrucción. En realidad, el trío protagonista está cortado por el mismo patrón de inmoralidad y vaciedad, de arribismo e hipocresía, y todos reciben idéntico tratamiento por parte de este fustigador de la burguesía que es Chabrol.

También “cortada” parece la manera de narrar de Chabrol, ágil y televisiva en el montaje, con bruscas elipsis que hacen avanzar la historia en el tiempo hasta centrarse en los momentos clave que permiten mostrar la esencia de una sociedad provinciana corrupta y falsa. No se entretiene en lo accesorio ni en transiciones elegantes o en fundidos suaves: sus cortes son limpios e intencionadamente cortantes, con un plano en negro cuando la muerte hace acto de presencia (¡Chabrol siempre nos da un asesinato!). En definitiva, lo que al veterano cineasta le interesa es crear atmósferas urbanas turbias y malsanas por dentro, aparentes y refinadas por fuera, con una dosis de misterio y amor fou y otra de cinismo y acidez.

Sus personajes quedan caracterizados fundamentalmente por sus palabras y por sus hechos, sin que permitan a la cámara bucear en un alma vacía y caprichosa. No busca interpretaciones de gran fuerza expresiva ni complejidad en sus caracteres, pues de manera intencionada quiere ofrecernos estereotipos sin lugar para el cambio: Gaudens desde el inicio se muestra como el niñato rico y malcriado que cree tener derecho a todo, que vive tomando decisiones tan irreflexivas como pasionales y directas; Saint-Denis asume el papel del escritor acostumbrado a utilizar las palabras de otro (tiene a gala ser aficionado a las citas y referencias), quizá por carecer de vida propia en su frivolidad y depravación; los secundarios –las mujeres y los amigos que rodean al escritor, el jefe de Gabrielle,…– tampoco presentan dobleces en su vida social y personal.

Sólo “la chica partida en dos” parece experimentar cierta evolución hacia la madurez, a partir de una inocencia y ligereza (de pureza sólo aparente, de ahí su apellido “Deneige”): ya se sabe, son los cambios del tiempo que acostumbra a pronosticar los que sufrirá afectivamente hasta que decida enfrentarse a la verdad y acabe descubriendo la amargura de algunas vidas. De esta manera, el número final y el plano congelado de la joven habrá que entenderlos de manera alegórica, como el resultado de un proceso por el que un cuerpo inocente es rescatado y recompuesto del contaminado ambiente burgués.

Este juego de seducciones e inestabilidades, de antojos e infidelidades, cobra cuerpo y hondura gracias a las atmósferas, viciadas por la mentira. Son atmósferas creadas por una fotografía cargada de frialdad merced a su factura televisiva –o de sangre, en la obertura– y por una música inquietante y siempre misteriosa: son el resultado de un extraordinario trabajo de Eduardo Serra y Matthieu Chabrol respectivamente. Una visión negra y pesimista que no deja títere con cabeza sin cortar, con personajes de doble moral y vida licenciosa, con el amor y la muerte como resortes y desencadenantes de la trama, y con una acidez seca y cínica en unos diálogos en los que Chabrol no da puntada sin hilo en su crítica social.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “Una chica cortada en dos” - Copyright © 2007 Alicéleo Cinéma, Alicéleo, Rhône-Alpes Cinéma, France 2 Cinéma e Intégral Film. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Publicado el 1 Diciembre, 2008 | Categoría: Año 2007, Críticas, Drama, Francia

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Un comentario to ““Una chica cortada en dos”: Partir, compartir, morir… según Chabrol”

  1. Individuo Kane

    No me vuelve loco Chabrol. Suelo ver una suya cada cinco años. Y como ya he visto “Borrachera de poder” en este lustro, no me he acercado a “Una chica cortada en dos”.
    Digo esto porque a lo mejor me equivoco al decir esto sobre la música en esta película. Pero en todas las demás de Chabrol que he visto, la música siempre resulta completamente inadecuada a lo que ocurre. Si uno no supiera que es su estilo, pensaría que tiene un mal gusto extraordinario. Quiero decir que es uno de sus puntos más débiles y debería dejarse aconsejar. En “Borrachera de poder” lo que hizo con la banda sonora casi era denunciable.

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