Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Max Ophüls: un romántico del siglo XIX. “Carta de una desconocida”

Elegancia, lirismo, barroquismo. Con estos calificativos podríamos resumir la obra cinematográfica de Max Ophüls, director de origen alemán emigrado a Estados Unidos después de una corta estancia en Francia, como tantos otros que huían de la persecución nazi. Pero Ophüls supo adaptarse al modo de hacer cine de cada uno de los países por los que pasó, a la vez que mantenía su particular impronta a la hora de filmar. Sus películas son reconocibles con un solo golpe de vista: un narrador que nos lleva por la historia sirviéndose con frecuencia del flash back, largos desplazamientos de una cámara que acompaña a los personajes en sus recorridos, temas románticos conducidos por un destino implacable que lleva a la mujer a un futuro desolador, el pesimismo ante la imposibilidad de un amor permanente, y la habitual presencia de unas escaleras cargadas de valor metafórico.

Ante todo Ophüls es un retratista del alma femenina. Sus protagonistas son mujeres enamoradas pero desencantadas, apasionadas pero contenidas, independientes pero esclavas por un amor imposible. En ocasiones han sido maltratadas por la vida (“Lola Montes”, “Carta de una desconocida”), en otras poseen una gran fuerza interior y capacidad de rebeldía frente al ambiente social que las agobia (“Madame de”), y a veces se trata simplemente de mujeres fatales (“La mujer de todos”). Pero siempre son personajes que viven y acaban en soledad, fracasadas en el amor, tristes; son mujeres de vida tortuosa, que han sufrido desengaños o han equivocado el camino emprendido, que han provocado un torbellino de pasión en los hombres que las han rodeado. El amor siempre es el hilo conductor de los personajes y también el factor desencadenante de su comportamiento. Por otra parte, Ophüls nos presenta habitualmente el amor conyugal como vehículo y caldo de cultivo para el tedio, que empuja a la protagonista a la búsqueda de otro amor más pasional. Todas esas relaciones son tratadas con un profundo sentimiento romántico del amor, como si se tratase de una fuerza arrebatadora imposible de frenar, y a la vez con una elegancia exquisita, algo que se extiende al vestuario y joyas con que adorna a sus mujeres.

Junto al amor femenino, el destino es otra de las obsesiones de Ophüls. Ninguna película como “La ronda” para ver cómo todo se repite una y otra vez cíclicamente, según lo previsto por el demiurgo que acciona el carrusel y según la propia naturaleza humana. Por mucho que se rebelen, resulta imposible que sus vidas se estabilicen y que su amor perdure, porque el futuro se presenta siempre como algo incierto e imposible de alcanzar. Parece como si la propia pasión romántica, el impulso ciego del amor, no pudiese conducir a buen puerto a sus personajes; es una inclinación poco templada, poco prudente, imposible de ser domesticada y conducida por la razón. Por eso, esos compañeros de viaje siempre acaban destrozados interiormente o bien es la propia mujer quien se autodestruye entre la amargura.

Todo lo dicho hasta ahora se aprecia con nitidez en “Carta de una desconocida”, una de las obras maestras del director alemán, aunque en el momento de su estreno fuera un fracaso comercial y de crítica. Quizá esos últimos años de la década de los cuarenta no fueran los más propicios para una historia romántica y de ensoñación, pues corrían aires de neorrealismo. La película se nos presenta como un largo flash back, al hilo de la lectura de la carta de una mujer desconocida. Descubrimos, a la vez que lo hace Stefan Brand (Louis Jourdan), la identidad, deseos y desencantos de la autora de la misiva, que con voz en off se erige en narradora de la historia y que comienza contándonos su amor adolescente por ese pianista que ahora espera el momento de ir a un duelo (tema recurrente en sus películas). Frente a ese amor platónico, sin reservas y fidelísimo de Lisa Berndle (Joan Fontaine), Ophüls coloca a un concertista de vida disoluta que no es capaz de recordarla en cada ocasión en que se encuentran. Stefan es un joven talento lleno de futuro, pero que lo echa a perder por su vida desordenada y licenciosa. Para él, Lisa es una de sus muchas aventuras, aunque descubre en ella una sensibilidad, una preocupación por él y un conocimiento incluso de sus pensamientos que le hacen sentirse comprendido y confortado; se siente realmente querido y no sabe si se trata de una hechizadora o de aquello que lleva buscando toda su vida. Pero el tiempo borrará de su memoria esos primeros encuentros, para no reconocerla cuando –ya casada y con un hijo del propio Stefan– se vuelvan a encontrar.

Ese reencuentro supone para Lisa la recuperación de la felicidad perdida y de las ganas de vivir: lo vemos en su rostro fogoso, lleno de frescura y alegría. Pero es poco lo que dura…, porque instantes después vemos cómo todo se trasforma en dolor y consternación al descubrir que ni siquiera es reconocida. Asistimos entonces a uno de los momentos mágicos de la película, cuando Stefan descubre que dejó escapar el amor de su vida sin apenas darse cuenta: es el instante en que lee la confidencia de que “te entregué de nuevo toda mi vida, y no supiste reconocer lo que era tuyo”. Un auténtico drama personal, punto final a toda una vida vivida para él y no correspondida.

Por otro lado, como en otras películas de Ophüls, también aquí se vislumbra una crítica a la sociedad burguesa de su época, a una vida de ocio y placer que desprecia el trabajo, llena de superficialidad y sin horizontes. En este caso, la mayor parte de la historia se desarrolla en una Viena que queda inmortalizada con pasajes llenos de sentimiento y de elegancia, con noches que invitan a pasear por sus calles, a asistir a la Ópera, a sus conciertos o a sus tradicionales vals. Hay también una dosis de melancolía y nostalgia en la mirada de Ophüls, que busca reconstruir un pasado –otra de las constantes en su filmografía– en donde la caballerosidad, el romanticismo, el honor o el mismo ocio marcaban las pautas de sus gentes. La suya es una mirada llena de lirismo y a la vez de tristeza, que invita al espectador a dejarse llevar por la cámara y disfrutar; porque, a pesar de lo apuntado hasta aquí, éste es un cine para la contemplación más que para el análisis y la reflexión.

Estamos, por otro parte, ante un director formalista que cuida cada plano con detalle aunque sin caer en la artificiosidad; en cierta medida puede decirse que es un escritor que aprovecha cada encuadre para ofrecernos estampas de unas existencias y de unas épocas llenas de vitalidad. Resultan prodigiosos cada uno de los travellings de acompañamiento  de los personajes, atravesando estancias, subiendo escaleras… y también el emplazamiento de la cámara en lugares precisos, mirando a través de una verja o de una ventana. La música siempre es un elemento esencial  en Ophüls. Su puesta en escena tiene un sentido musical, con movimientos llenos de armonía y con un tempo elegante. En esta película, Amfitheatrolf, con piezas de Brahms y Mozart, nos ofrece una partitura espléndida y perfectamente sincronizada con las imágenes de la ciudad de Viena. Joseph Planer también contribuye a crear esa atmósfera romántica y etérea, con una fotografía en blanco y negro que recoge la penumbra de las noches vienesas y que intensifica el dramatismo y emoción de las escenas, dándole un toque de misterio y suspense.Pero por debajo del preciosismo y de la belleza de las imágenes, del lujo y de la poesía de aparente ligereza, Ophüls esconde en sus películas una profunda y lúcida reflexión moral sobre la debilidad de la naturaleza humana, siempre con el amor como eje de su discurso y de sus personajes.

En las imágenes: Fotogramas de “Carta de una desconocida” – Copyright © 1948. Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Publicado el 17 noviembre, 2008 | Categoría: 10/10, Años 40, Años 50, Directores, Filmoteca, Hollywood, Melodrama

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5 comentarios en “Max Ophüls: un romántico del siglo XIX. “Carta de una desconocida””

  1. Romina victoria jimenez rojas

    exelente pelicula mi sueño es tener esta pelicula ,pero no se como hacer yo la pude ver cuando era muy niña sueño volvrer a verla

  2. La Mirada de Ulises » Blog Archive » “La ronda”: El carrusel del amor y el deseo como realidad efímera

    […] y donde el amor se presenta en cada vuelta para perderse de vista en la siguiente. El director de “Carta de una desconocida” nos ofrece, en definitiva, un preciosismo estético para la reflexión existencial, con personajes […]

  3. La Ronda | CinemaNet

    […] donde el amor se presenta en cada vuelta para perderse de vista en la siguiente. El director de “Carta de una desconocida” nos ofrece, en definitiva, un preciosismo estético para la reflexión existencial, con […]

  4. miquel

    Joan Fontaine esta impagable en esta joya del cine. Para mí, una de las diez. El cine ya no es lo que era

  5. La Mirada de Ulises » Blog Archive » “Madame de…” o el vals infernal de Max Ophüls

    […] frívola y ligera se transforme en una tragedia clásica en toda regla. Como en “La ronda” o en “Carta de una desconocida”, se estructura de manera cíclica y cerrada en sí misma –como esa escalera de caracol–, y los […]

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