“Hacia rutas salvajes”: En el mágico autobús del idealismo

[6/10] ¿Quién no ha sentido alguna vez la necesidad de liberarse de las ataduras de lo material, de huir de toda regla y compromiso, de estar a solas con uno mismo y con la Naturaleza? ¿Quién no se ha sentido insatisfecho tras conseguir algo que se había propuesto pero que después resulta insuficiente en la búsqueda de felicidad? ¿Quién no ha deseado tener aventuras y experiencias nuevas que calmen la inquietud del corazón y sirvan para medir las propias posibilidades? Sentimientos, deseos y aspiraciones naturales en cualquier joven que va abriéndose a la vida, con sus deslumbramientos y decepciones, con sus lecciones y desengaños. Es el camino del aprendizaje y de la maduración personal de cualquier individuo necesita experimentar en sus propias carnes, para acabar adquiriendo —o no, según los casos— la sabiduría de la vida.

Todo esto es lo que Sean Penn nos muestra en “Hacia rutas salvajes”, adaptación de la novela de Jon Krakauer, quien a su vez hace años puso por escrito la vida de Christopher McCandless, un joven de futuro académico prometedor y buena familia que un día decidió vivir su propia vida rompiendo con todo su pasado. Un viaje a Alaska se convirtió en su único objetivo, emprendido sin dinero ni comodidades, para entrar en contacto con la Naturaleza salvaje y tener allí sus experiencias, con amigos sinceros de carretera y algunos trabajos ocasionales, sin convencionalismos ni ligazones culturales. Una auténtica odisea de supervivencia, huida de la civilización o road movie interior, según se quiera llamar… porque nuestro protagonista es, en el fondo, un adolescente con una herida sangrante desde la infancia: desde entonces, las desavenencias y falta de cariño de sus padres, sus mentiras y planteamientos materialistas han ido metiendo presión a un espíritu sensible que ha terminado por explotar hasta huir buscando aire fresco, sin dejar señal alguna tras de sí.

Es la nueva vida de Chris que nos será contada en la película en varios capítulos, empezando por su “nacimiento” –su nombre será en adelante Alex Supertramp– para continuar con la “adolescencia”, “madurez” o “encuentro con la sabiduría”, pero siempre con saltos temporales que toman como referencia el momento en que encontró su casa en un “autobús mágico”, abandonado en pleno bosque de Alaska. Una estructura narrativa muy literaria que es reforzada aquí por la voz en off de su hermana Carine, única que realmente le comprendió y que evoca para el espectador las desventuras y anhelos de este nuevo idealista de espíritu aventurero. La historia puede enganchar al espectador porque está construida a partir de elementos muy físicos y de sentimientos universales, plasmada con una belleza fotográfica impresionante y con una música de tono nostálgico y lírico muy conseguida. Sin embargo, su falta de equilibrio y discontinuidad narrativa, sus frecuentes interrupciones ecologistas y videocliperas, o sus mal hilvanados episodios existenciales hacen que los amigos y paisajes se queden en brochazos sueltos e inconexos, algunos prescindibles en tan largo metraje.

Funciona, por tanto, como historia personal narrada a modo de diario o testimonio vital, pero no como película visual pues la fuerza de las imágenes se reduce a preciosas estampas paisajísticas, a recuerdos deficientemente montados que pretenden explicar los traumas familiares, o a tópicos sobre la cultura hippie, materialista, hedonista o espiritualista, que de todo hay. Quedan algunos momentos vacíos e innecesarios –como el encuentro con la pareja nórdica– y otros más hondos y logrados, como la sutil relación con la madre hippie, con el viejo solitario o con la joven de la caravana, extraordinarios todos ellos al reflejar la necesidad de algo que les falta en su vida. En su fallida propuesta formal, las tomas aéreas pretenden mostrar, por ejemplo, la soledad de Chris en un mundo materialista, pero su artificio impide esa lectura natural y se queda más en un recurso efectista y pretencioso que no llega a trasmitir sensación alguna. Por un lado, parece seguir el esquema de “Una historia verdadera” (David Lynch) pero sin llegar a su equilibrio narrativo, y por otro también se aproxima al naturalismo ingenuo de “Grizzly Man” (Werner Herzog) pero tampoco alcanza su dominio de la imagen ni dramatismo.

Al final, nos quedamos con algunas interpretaciones y con su dirección de actores: la de Emile Hirsch, tanto física –sorprende su transformación en sus últimos momentos– como emocional, y las de Catherine Keener, Hal Holbrook o Kristen Stewart al conseguir transmitir con hondura sus sentimientos de la madre, abuelo o novia que Chris nunca tuvo; y también con las preciosas canciones de Eddie Vedder. Interpretaciones y música que, junto con la fotografía, logran recoger cierto espíritu de insatisfacción y rebeldía, de amor a lo natural y auténtico, de dolor por la vida perdida y la felicidad desvanecida, de apertura a lo espiritual y a los demás… porque esa “verdadera sabiduría” pasará por una “felicidad que sólo es real si se comparte”, descubrimiento tardío de Chris. Elegía para un mundo feliz que hubiera firmado cualquier utópico ecologista o idealista ingenuo pero que aquí tiene por artífice a Chris/Krakauer/Penn,  por lo que no sería descabellado pensar que el actor de “Pena de muerte” hubiera encontrado en la novela de Krakauer resonancias de su juventud, anhelos de un mundo que se olvidó de Jack London y León Tolstoi para mirar al último modelo de coche del que ha desaparecido su aire mágico.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “Hacia rutas salvajes” – Copyright © 2007 Paramount Vantage, River Road Entertainment, Square One y Linson Film. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Publicado el 18 Noviembre, 2008 | Categoría: Aventuras, Año 2007, Biopic, Críticas, Drama, USA independiente

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Un comentario en ““Hacia rutas salvajes”: En el mágico autobús del idealismo”

  1. eleonora

    la hna de alex es la misma chica q conoce cantando

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