Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

Dinamarca, cuna de grandes cineastas

Hace tiempo que la península de Jutlandia demostró ser cuna de grandes cineastas, capaces de plantearse las cuestiones más trascendentales con imágenes depuradas y de crear ambientes que transmitían toda la complejidad y frialdad de sus personajes. En la mente de todos está Carl Th. Dreyer y su trébol de obras maestras: “Pasión de Juana de Arco”, “Dies irae”, “Ordet” y “Gertrud”, donde la fe y el amor, la hipocresía y la intolerancia se daban cita, siempre bajo la mirada de un luterano que se despojaba de todo artificio para quedarse con lo esencial del plano y de la puesta en escena, y retratar así a un individuo aplastado por el peso de la culpa y los deseos de un corazón insatisfecho, a una sociedad cerrada sobre sí misma y sobre sus tradiciones y costumbres.

Transcurrido casi medio siglo, otro visionario que responde al nombre de Lars von Trier cogió de nuevo el bisturí para diseccionar su tiempo y sociedad, y comenzar construyendo la excesiva y provocadora “Rompiendo las olas” según los postulados del Dogma’94. No menor polémica trajo “Bailar en la oscuridad” o “Dogville” en su crítica a la política de los Estados Unidos, con una puesta en escena en continua experimentación que pasaba del realismo e improvisación del Decálogo de Castidad al mundo imaginativo de Selma bailando claqué o al escenario brechtiano en que la inocente Grace intentaba redimir a un pueblo y despertar su conciencia adormilada. Tres películas que marcaban un camino de búsqueda formal y también de provocación ante un espectador que siempre esperaba la siguiente película que este impostor o genio de la imagen. Tras la repetitiva “Manderley” nos ofreció una vuelta de tuerca con… ¡una comedia! en la que es posible que se riese de sus personajes o con ellos, o quizá del espectador o de sí mismo, sirviéndose de un narrador que no sabíamos si nos conducía honestamente o si nos engañaba llevándonos por un guión laberíntico de aguas pantanosas. “El jefe de todo esto” no tuvo tanto eco como las anteriores, pero no por eso carecía del ingenio y mordacidad de aquellas, ni tampoco de su escepticismo o de un guión redondo que se atrevía a hablar de la imagen mentirosa y de la falta de responsabilidad de nuestro siglo.

Sin duda, la sombra de Lars von Trier ha resultado alargada y aunque su movimiento se fue diluyendo poco a poco, siempre dejó un influjo que se podía advertir en la mayoría de las cintas salidas de Dinamarca. Una de ellas, “Italiano para principiantes” de Lone Scherfig sorprendía a crítica y público por su frescura y comicidad dramática al poner en escena a unos solitarios individuos hambrientos de afecto que coincidían en unas clases de italiano. Poco después, Ake Sangred construía un cuento dramático y surrealista sobre un niña que hablaba en su imaginación con el hermanito que no llegó a tener por el egoísmo de sus padres y que ahora había venido a visitarles: “Un hombre de verdad” se levantaba así como el fantasma de la culpa de una sociedad del bienestar pero sin felicidad y también como una nueva posibilidad de reconstrucción familiar. En ese mismo comienzo de siglo llegaba a la cartelera “Elling”, con un Petter Næss que nos presentaba la historia cómica y tierna de un discapacitado psíquico que intentaba reintegrarse en la sociedad, con la amistad, el amor y la sensibilidad como reclamos. Las reglas del Dogma que se rompían estaba igualmente presente en “Querida Wendy” de Thomas Vinterberg, donde unos inocentes adolescentes –¡siempre personajes inadaptados y solitarios!– creaban un Club que en principio iba a ser pacifista… en clara alusión crítica a la política armamentística americana, aunque fuera bajo la alegoría de una historia de amor.

Más reciente y con mayor carga narrativa fue la propuesta de Susanne Bier “Después de la boda”, con un perfecto guión que llevaba en volandas al espectador gracias a eficaces giros emocionales que buscaban restañar las heridas del pasado de sus personajes y salvar un futuro amenazado por la tragedia. Y aún pendientes de estreno en salas, en la Seminci de Valladolid pudimos ver un ramillete de buenas películas danesas o en co-producción con sus vecinos germanos y suecos: en Flame and Citron, Ole Christian Madsen nos hacía un retrato mitificador de dos hombres de la resistencia danesa ante la ocupación nazi, en una cinta de personajes trabajados con hondura y con una trama donde no faltaba la acción; Henrik Ruben Genz emulaba a los Coen en “Terriblemente feliz” al crear ambientes fronterizos y cerrados donde la corrupción quedaba inundada de misterio y humor negro; por su parte, en la película del sueco Jan Troell “Los momentos eternos de Maria Larssons” también había producción danesa y se nos permitía evocar aquellos instantes de felicidad y amor que una mujer pudo inmortalizar con la fotografía a la que se aficionó, con grandes interpretaciones y unos tonos sepias que lograban una perfecta ambientación de época.

En las imágenes: Fotogramas de “Gertrud” – © 1964 Palladium Film. Todos los derechos reservados. De “El jefe de todo esto” – © 2006 Zentropa Entertainments21, Memfis Film International, Slot Machine y Lucky Red. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados. De “Después de la boda” – © 2006 After The Wedding, Sigma Films III, SVT y Nordic Film & TV Fund. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 22 noviembre, 2008 | Categoría: Dinamarca, Recomendaciones

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Un comentario en “Dinamarca, cuna de grandes cineastas”

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