¡Silencio en la sala, alguien nos mira!

Dice el refranero popular que “los ojos son los espejos del alma” y que “el que calla, otorga” (también que “en boca cerrada no entran moscas”, que “hay miradas que matan”… y tantas otras cosas del mismo estilo), mientras que los tópicos periodístico-literarios (no por “tópicos” menos ciertos) siempre hablan de “silencios elocuentes” (…) “que hacen que se corte el aire”. También el cine, a veces, se hace eco de esta sabiduría y deja que las miradas y los silencios tomen protagonismo sobre la palabra. Entonces, el cine se encamina hacia la esencia de su lenguaje (la sola imagen en movimiento) y retorna a los tiempos primitivos, a la vez que se distancia de la narración puramente literaria. Porque, sin duda, una mirada puede trasmitir en un instante toda la fuerza de un corazón inquieto, y tras un silencio pueden esconderse estados anímicos o intenciones que al lenguaje verbal le costaría mucho reflejar. También parece indudable que un gesto (no impostado ni sobreactuado) que vaya acompañado de un movimiento del cuerpo y de un oportuno silencio… pueden decir más y mejor acerca de la atmósfera de una escena que un narrador con una voz en off discursiva o un diálogo de pretensiones aclaratorias.

Está claro que, en estas consideraciones, queda al margen el blockbuster y, por ejemplo, el cine de acción o de aventuras, más próximos al lenguaje televisivo que busca el entretenimiento a través de la historia narrada. De manera especial, las miradas y los silencios de cine se elevan como mecanismos idóneos para reflejar la interioridad de los personajes y sus relaciones de una manera matizada, para recoger la humanidad (o su ausencia) de algunos ambientes y situaciones, para trasmitir un cine personal y antropológico que conecte con la propia vida del espectador. También porque, a veces, es más importante “lo que no se dice” que “lo que se dice” —todos lo sabemos—, y por eso resulta tan importante que valoremos esos momentos de cine en que los personajes callan “aparentemente”, en que dirigen su mirada hacia otra parte para no cruzarla con el interlocutor que incomoda, en que se muerden la lengua en un esfuerzo titánico por callar, ocultar algo o enfriar un conflicto. Son instantes que se pueden prolongar si el tono de la película lo exige, que la pueden hacer lenta e incluso algo anodina, que permiten al espectador penetrar en su interior para sentir una tribulación o una alegría con protagonistas, para hacerse preguntas y pensar como ellos.

Pero este cine de miradas y silencios no se proyecta ordinariamente en las grandes superficies… porque no arrastra a un público mayoritario. Sin embargo, sí es el que acude a los grandes festivales, sobre todo del extranjero (ahí está la reciente “El cant dels ocells” de Albert Serra, única española presente en el último Cannes). Y cuando triunfan en nuestro país, sorprenden hasta a la misma crítica por lo insólito, como ocurrió con “La soledad” de Jaime Rosales al ganar los últimos Goyas, o hace años con los documentales “En construcción” de José Luis Guerín o “El cielo gira” de Mercedes Álvarez. Con lo dicho, es evidente que en nuestro país está surgiendo un buen puñado de cine minimalista que se apoya en la mirada y el silencio (“Lo que sé de Lola” de Javier Rebollo, “En la ciudad del Sylvia” del mismo Guerín, o “Yo” de Rafa Cortés, etc…). Al ver estas películas tan sutiles y delicadas, en la sala no se comen palomitas porque es preciso escuchar esos silencios y evitar ruidos que lo alteren, porque hay que descubrir las miradas que nos dirigen sus personajes, porque profundizar en sus vidas es como bucear en un pozo sin fondo. Son las películas que se ven muchas veces y que hacen exclamar “¡Silencio en la sala, alguien nos mira!”

En las imágenes: Arriba, “En la ciudad de Sylvia” – © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados. Abajo, “La soledad” – © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Publicado el 13 Noviembre, 2008 | Categoría: Año 2007, España, Narrativa y estética, Opinión

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