Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“El hijo de la novia”: el boom del sentimiento argentino

Hace siete años, “El hijo de la novia” suponía una auténtica campanada al irrumpir en la taquilla con enorme éxito y abrir las puertas de “nuevo cine argentino” al mercado europeo. Era también el reconocimiento al trabajo actoral de Ricardo Darín y al director Juan José Campanella, y una cinta que jugaba sus bazas y que ganaba la partida del público, que no de toda la crítica. La película se apoyaba en el indudable talento interpretativo de unos actores en estado de gracia, con Héctor Alterio y Norma Aleandro en escenas tan emotivas como llenas de buena “química” entre ellos, con Eduardo Blanco como el eterno amigo que acompañaría a Darín en otras cintas para aportar su espontaneidad y comicidad a la historia, o con una expresiva Natalia Verbeke de dicción y gracia porteña.

Un buen equipo para un guión que asumía su apuesta por el sentimiento y la emoción, en ocasiones de manera tan descarada y artificiosa que la crítica más rigurosa no se lo perdonó. Sin duda, abundan los momentos conmovedores y que se sostienen desde la manipulación y el afecto provocado con una música romanticona, con el uso de primeros planos que buscan la lágrima fácil y con una resolución de las tramas siempre complaciente y de manera convencional. Ninguna novedad ni señal de cineasta más allá de lo artesanal, con factura televisiva y una estructura que apela al recuerdo y a la nostalgia –del propio hijo de la novia y del espectador–, al equilibrio entre la tragedia, el melodrama y el apunte cómico. Escenas memorables como la petición de mano a través del portero automático, el momento de sinceridad de quien le dice a su mejor amigo que se  enamorado de su novia en un escenario de mentira, o la ceremonia de la boda que se explota sin rubor.

Todo un mundo de mentira y falsedad retratado con azúcar y buenos sentimientos donde prevalece sin embargo un núcleo de verdad: que la vida y la felicidad consisten en tomar los problemas de los demás como propios y no en “ir a la mierda”, en expresión de un protagonista desencantado que ha reducido todos sus sueños a uno. Es la desesperación de quien necesita encontrarse a sí mismo entre tanto trabajo y madurar en los afectos, dejar de ser el niño que corría a refugiarse en su madre cuando era perseguido por sus vecinos del barrio, entender el amor que ahora sus padres quieren darse y el que su novia le reclama. Una mirada sentida y una problemática familiar con el divorcio y la educación de los hijos de fondo, con la inestabilidad afectiva y también laboral en la trastienda, con los amigos como bastión en quien apoyarse, y con algún apunte anticlerical en que el cura mercantilista queda parodiado en su falta de humanidad y sentido común.

Una historia fluida que avanza a buen ritmo y entretiene dejando buen sabor de boca y ojos llorosos en el espectador. Un ejemplo de cierto cine argentino que Campanella exportó y otros después explotaron hasta la saciedad y que pronto sería replicado por uno más crítico, irrespirable y pesimista con Lucrecia Martel («La ciénaga») como paradigma, y con Daniel Burman («El abrazo partido») como tercera vía. Sin haberse agotado esa generación, ahora parece que llega lo que alguno ha llamado “el novísimo cine argentino”, encabezado por Lisandro Alonso («Liverpool») o Pablo Trapero («Leonera»). Oleadas de cineastas que hablan de pujanza cinematográfica en medio de la crisis, de propuestas variadas e incluso opuestas a partir de una misma cultura, y también de una escuela de interpretación llena de frescura y vitalidad.

En las imágenes: Fotogramas de El hijo de la novia – Copyright © 2001 Pol-Ka Producciones, Patagonik Film Group, Jempsa y Tornasol Films. Todos los derechos reservados.

Publicado el 20 noviembre, 2008 | Categoría: 7/10, Años 2000 / 2005, Argentina, Filmoteca, Melodrama

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