Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“¡Qué verde era mi valle!”: Ford y la nostalgia de una época dorada

El propio título y los primeros planos aparecidos junto a una voz en off, ya nos indican que se trata de una película de claro tono nostálgico. No está ambientada en el  Monument Valley y sus protagonistas no son John Wayne ni Henry Fonda,  pero “¡Qué verde era mi valle!” responde a las mismas características y al mundo personal del resto de la filmografía de John Ford. Con una alegoría de gran belleza, nos presenta el verdor del valle como reflejo del amor sincero y de la unión familiar de entonces… frente a la negrura del carbón, imagen de la pobreza interior que el director vislumbra en una sociedad que se va diluyendo en la búsqueda del bienestar material y la riqueza.

Comienza con los recuerdos de Huw Morgan (Roddy McDowall) de sus años de infancia, cuando su valle de Gales era aún verde, cuando su familia permanecía unida. Lo hace de un modo sencillo y profundamente agradecido a la figura de su padre, “que no me enseñó ninguna cosa inútil”, añorando aquellos momentos en que todos se reunían en torno a la mesa.

Ante todo, es un homenaje a la familia de su querida Irlanda, numerosa y de espíritu cristiano: en todos los personajes se respira verdadero cariño, sentido de servicio y un gran respeto a la autoridad del padre. Mientras la hija mayor ayuda a su madre, los cuatro hermanos trabajan en la mina junto al cabeza de familia para llevar a casa el jornal necesario para el sustento. Son felices aun en condiciones materiales precarias… y eso se ve en sus rostros, en sus bromas, en la convivencia familiar. Solo el abuso del patrón de la mina resquebrajará por momentos esa unidad, cuando dos de los hijos se nieguen, en conciencia, a seguir los dictados del padre: se suman a la huelga y se van de casa, mientras todos sufren esa ruptura como si de una herida en sus propias carnes se tratara.

El padre (Donald Crisp) sufre con resignación la soledad y la incomprensión del pueblo, que le acusa de esquirol. Pero tiene a su lado a la Mrs Morgan  (Sara Allgood), una mujer fuerte y fiel que se enfrenta a todo el vecindario para salvar el honor de su marido. En ese preciso momento, ella y su hijo pequeño sufren un accidente y, como consecuencia, cogen una grave pulmonía que hará temer por su vida. Es algo que la sociedad actual calificaría de desgracia y tragedia, pero… que en los años evocados en “¡Qué verde era mi valle!” supone una ocasión para manifestar su plena confianza en Dios y aceptarlo como venido de Él: no en vano, la enfermedad servirá para volver a unir a la familia y “para aprender a amar y madurar”, como les dirá el nuevo clérigo. En esos momentos duros, el sufrimiento les une más que nunca, y solo la necesidad de buscar trabajo o el devenir de la propia vida les obligará a separarse, siempre con la esperanza de volverse reunirse en el Cielo. A este respecto, resulta elocuente la respuesta dada por Ford cuando, en una entrevista, se le pregunta acerca del motivo por el que daba tanta importancia a la familia en sus películas: “¿Tiene usted madre, ¿no?”, contestó secamente.

Ese sentido cristiano que rezuma la película no deja margen a la duda, desde las bendiciones de la mesa al sentido de la Providencia que les cuida, del espíritu de sacrificio como manera de aprender a amar hasta la comprensión que muestran sus personajes, o hasta el mismo sentido trascendente de la vida: todo responde a una honda religiosidad de la que el director de origen irlandés hace gala. En definitiva, son virtudes tradicionales encarnadas por personas cristianas las que Ford nos propone, las que fundamentaban una época gloriosa que se ha ido y que ahora añora.

En ocasiones, esto resulta obvio al contraponer la figura de los diáconos, que se reúnen en asamblea para juzgar con rigor, dureza y falsedad a una joven madre soltera o  para propalar calumnias sobre los devaneos del nuevo párroco, el Mr. Gruffydd (Walter Pidgeon) con Angharad Morgan (Maureen O’Hara). Ese joven clérigo, culto y humano, se nos presenta como la antítesis a ese puritanismo frío y superficial, y por eso como una figura atrayente: su atención por Huw enfermo, su labor en el pueblo acompañando a los feligreses en los difíciles momentos laborales, su cariño por todos atraerán también a Angharad. Ambos se enamoran, pero el matrimonio no es posible porque la sociedad no lo permite. La coyuntura del momento empujará a la mujer a casarse con el hijo del patrón que se ha encaprichado con ella,  algo quer la acarreará el bienestar futuro pero también con la infelicidad; mientras, Mr. Gruffydd tendrá que irse del pueblo poco después del trágico accidente de la mina.

Si Ford homenajea a la familia, también lo hace a la comunidad del pueblo unido en solidaridad. Tras unos primeros momentos de disensiones a la hora de acatar las directrices del patrón, al final  estarán todos juntos, dispuestos a bajar a la mina a rescatar a los vecinos atrapados arriesgando incluso su vida.    La ambientación social e histórica del momento es otro de los grandes logros de Ford. En plena revolución industrial, las minas de Gales suponen un marco geográfico en que las clases sociales están muy diferenciadas y donde se ofrecen los primeros movimientos de resistencia al poder patronal. Esto es una realidad pero sería un error juzgar ese momento con nuestras categorías actuales: los personajes sienten esa injusticia y esa rebeldía natural les lleva a exigir sus derechos, pero lo hacen según la mentalidad del momento, de tímido enfrentamiento o de resignación al lugar en que ocupan en la sociedad, y eso queda bien reflejado por Ford. Es una sociedad de clases porque las diferencias y restricción de derechos es algo evidente, pero se trata de un entorno y una injusticia que no lleva a la revolución sangrienta porque no existía una conciencia de odio ni de enfrentamiento (un director de orientación marxista hubiera dado, sin duda, otro derrotero al conflicto vivido). Junto a ello, contemplamos el fenómeno de la aventura americana que emprenden algunos de los hijos, como tantos otros europeos asumieron por entonces.

Si no fuera por la riqueza interior de la mayoría de los personajes, la película se nos presentaría como cruel y pesimista. Son varias las situaciones duras y dramáticas que van sucediéndose: abusos y una situación laboral difícil, tragedia en el río y muerte en la mina, un matrimonio infeliz y un ambiente de calumnias, emigración y desarraigo familiar… Todo es visto y grabado a fuego en el alma de un niño que lo recuerda ahora sin odio pero con nostalgia. Para presentarnos ese mundo fordiano se acude, como de costumbre, a un juego de contrastes, de dualidades: la conflictividad inicial que se trasforma en solidaridad en la desgracia, el clérigo nuevo lleno de humanidad ante los diáconos rígidos e inmisericordes, la joven Angharad  y su sencilla vida de soltera frente a la seguridad material pero llena de infelicidad de casada, el valle verde que poco a poco se va ennegreciendo por el polvo del carbón…

Los rasgos autobiográficos de la película son muchos y el propio Ford así lo ha reconocido al decir “soy el menor de trece hermanos, y debieron pasarme las mismas cosas; yo siempre me portaba como un niño fresco”. Ciertamente, sabemos que su propia familia conoció lo que suponía la emigración a un país nuevo y que también se apoyó en los valores tradicionales y cristianos para llevar las dificultades de la vida con garbo. Abundan, por otra parte, escenas emotivas y cargadas de humanidad. Podrían destacarse la del reencuentro de madre e hijo después de meses de enfermedad, la de la audacia del joven Huw al ofrecerse como cabeza de familia a la esposa del minero muerto, o aquella en que los hijos mayores parten para América a buscar trabajo. Sin embargo, la más conseguida quizá sea la de la boda de Angharad: todos aparecen en un primer plano, mientras en otro más general se ve al clérigo Mr. Gruffydd, solo e inmóvil, al pie de un árbol, incapaz de hacer nada por evitarlo.

Aunque inicialmente la película estaba pensada para William Wyler e incluso llegó a comenzar la preproducción, “¡Qué verde era mi valle!” tiene todas las características del cine de Ford, con una condensación narrativa digna ya de un maestro, unos ligeros picados y contrapicados con carga expresiva, o una cuidada fotografía en blanco y negro que da dramatismo a las escenas que lo requieren. También destaca el excelente decorado del pueblo, con una profundidad en su calle principal que es digna de elogio. Supuso el segundo Óscar para el director, además de llevarse otros cinco más, entre ellos a la mejor película y mejor guión. Por último, diremos que la película termina al modo teatral, porque a Ford le agradó la idea de que sus personajes volvieran a salir… para despedirse del público. Sin duda un bello final tras la dramática pero bella escena de recuperación de los cuerpos fallecidos en la mina.

En las imágenes: Fotogramas de “¡Qué verde era mi valle!” – Copyright © 1941. Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

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Publicado el 29 noviembre, 2008 | Categoría: 10/10, Años 40, Directores, Drama, Filmoteca, Hollywood

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21 comentarios en ““¡Qué verde era mi valle!”: Ford y la nostalgia de una época dorada”

  1. Bruce McIntire

    Great Blog post. I am going to bookmark and read more often. I love the Blog template

  2. Julio

    Gracias, Bruce, por tus palabras, que ayudan a seguir escribiendo.

  3. Agus A-G.

    Qué gran películay que gran director. Ford es el cineasta de los personajes, el de la humanidad por excelencia.

    Y qué análisis más detallado, exacto y completo el tuyo.

  4. Julio

    Tienes razón, Agus. Hay pocos como Ford al retratar a hombres y mujeres de carne y hueso, y con todo un mundo interior con sus tensiones y también con sus renuncias en silencio. Ahí está la complejidad de los personajes de “Centauros del desierto”, por ejemplo.

    Sobre eso escribí un post en La Butaca. Por si te interesa está en: http://clasicos.labutaca.net/2007/11/08/la-otra-cara-del-western-de-john-ford/

    Y en unos días escribiré algo aquí sobre “El hombre que mató a Liberty Valance”, paraí seguir en esta línea.

  5. Individuo Kane

    “¡Qué verde era mi valle!” y “El hombre tranquilo” son dos de esas películas que se dan la mano y que te gustaría que nunca se acabasen. De ahí sí que podrían haber salido series de televisión adictivas. Esperaré tu comentario de “El hombre tranquilo” si sigues esta línea.
    Bueno. Y espero que dejes claro que “El hombre que mató a Liberty Valance” es el mejor western de todos los tiempos.

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  13. gregorio Villacrez

    muy bonita pelicula , me senti identificado cuando el hijo menor va a la escuela y sufre el abuso del maestro y de los otros alumnos . pero despues aprende a boxear y se hace respetar…muy bonita pelicula.

  14. Doc McCoy

    Película redonda, dirección magistral, reparto increíble y final perfecto. En el artículo hay un error, la actriz que interpreta a la mujer de Willy Morgan ( Donald Crisp ) no es Anna Lee sino Sara Algood, y su actuación es tan sobresaliente como la de su marido. Parecían nacidos para ese papel los dos.

  15. Julio

    Tienes razón, Doc McCoy. Ya lo he corregido. Gracias por tu advertencia.

  16. Los viajes dentro de un viaje (2) « El Duende de la Radio

    […] O el azul del mar, La isla del tesoro, o los verdes de Robín de los bosques y, más aún, de ¡Qué verde era mi valle! También le apasionó la claridad de Beau Geste, pero nunca se perdería por gusto en ningún […]

  17. JOSUE FONSECA

    Bien el comentario. Sin embargo date cuenta de que está ambientada en Gales, no en Irlanda, como “El hombre tranquilo”.

  18. Julio R.Ch.

    Efectivamente, Josué, “¡Qué verde era mi valle!” está ambientada en Gales, como se dice en el segundo y sexto párrafo. La alusión a Irlanda en el tercero se refiere al recuerdo de su familia, no al entorno geográfico. Gracias, de cualquier manera, por tu comentario. Un saludo,

  19. Franklin

    Lo felicito por la crónica. Me tomé la libertad de citarlo en “Perdedores y ganadores”, la última entrada de mi blog “Mi colcha de retazos”. Si no está de acuerdo, me lo hace saber por el correo y lo retiraré cuanto antes. Saludos.

  20. Julio

    Gracias a Franklin y Rigo por sus palabras. Franklin, no hay ningún inconveniente en citar los artículos del blog… más bien al contrario. Un saludo,

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