Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

«Una historia verdadera»: David Lynch muestra su «lado bueno»

Como no podía ser de otra manera, David Lynch nos sorprendió hace años con una obra magistral en su concepción y puesta en escena: «The Straight Story (Una historia verdadera)». Es el suyo un cine original que a nadie deja indiferente, de gran riqueza estética y muy sugerente en su visión del mundo y del individuo.

Una parte de la crítica había afirmado que toda esa fuerza narrativa podía encontrarla más en la maldad y en la sombra que en la bondad y la luz, en la sordidez y lo extraordinario que en lo cotidiano y la normalidad, en la complejidad que en la sencillez. Esta tesis se extraería a la luz de «Cabeza borradora», «Terciopelo azul», «Carretera perdida» o «Mulholland Drive», donde lo enigmático, los mundos oníricos y paralelos o la confusa identidad de sus personajes dejan en el espectador un poso de inquietud y perplejidad. Estos mismos serían los que sostienen que habría otro David Lynch –el de «El hombre elefante»– con un sentido de lo humano más poético y con una búsqueda de emociones, una mayor sencillez y ortodoxia clásica en su narrativa. En esta línea se incluiría –según ellos– «The Straight Story», una historia verdadera, cotidiana y llena de bondad, que no huye de la realidad y que penetra en la interioridad del personaje sin salidas escapistas que busquen respuestas más allá del propio individuo: en este caso, y a diferencia de las primeras, sí sería posible acercarse y entender la película con una lógica racional.

Ciertamente, algo de esto se aprecia en el caso que nos ocupa, con una puesta en escena sobria, donde se mantiene un único punto de vista durante toda la película –el del anciano Alvin Straight–, sin necesidad de alambicados quiebros narrativos espacio-temporales, y donde se busca mostrar la realidad más verosímil a partir de un hecho real publicado en el Reader’s Digest: Alvin vive en Iowa con su hija Rose, mujer madura y muy cariñosa, que arrastra un pasado doloroso desde que perdió la custodia de sus hijos por su incapacidad mental para educarlos. Un día, Alvin recibe la noticia de que su hermano Lyle –con el que no se habla desde hace diez años– ha sufrido un grave infarto, y se plantea reconciliarse con él antes de que uno de ellos se muera; al no permitírsele conducir, decidirá recorrer los más de 500 kilómetros que les separan en una cortacésped.

Así se inicia un recorrido por las carreteras de una América profunda que Lynch conoce bien, pero cuyos personajes podríamos encontrarlos en cualquier otro lugar: la caracterización de cada uno de ellos, su capacidad para introducirse en su interior y mostrar sus deseos ocultos y sus inquietudes nos hablan –en contra de la postura apuntada más arriba, y aparte de otras semejanzas estéticas con el resto de sus películas– de un único Lynch, que se postula como un gran conocedor del alma humana. No importa si se acerca a ella desde la realidad o desde un mundo onírico e irreal: en cualquier caso nos habla de lo que llevamos dentro, lo que no se ve, de dónde venimos y hacia dónde vamos. En este sentido, no es casual que la carretera sea una constante en su filmografía y que se nos ofrezca como una metáfora de la vida que cada uno debe recorrer, tomando un desvío a la derecha, saliéndose de ese carril delimitado por las rayas pintadas de blanco –con unos planos que nos llevan a «Carretera perdida»–, parándose en una taberna o en un camping, recorriéndola en una cortacésped o en un buen coche en el que solo varía la altura y la velocidad.

Alvin es un viejo al que la vida le ha enseñado a separar el grano de la paja, a dar importancia a lo que realmente la tiene. La misma testarudez que le ha llevado a romper con su hermano por orgullo –«Ira, vanidad y alcohol; una historia tan vieja como la Biblia. Caín y Abel», según sus palabras– le lleva ahora a emprender esta odisea de reconciliación, y así poder volver a sentarse a su lado y ver las estrellas. Un viaje de purificación que debe “hacer solo y terminar como empezó», sin ayuda, porque así lo requiere su espíritu: es una historia personal, de hermano a hermano, que no necesita de palabras sino de hechos, y de una mirada de perdón y reconciliación. El guión es excelente y la sencilla trama discurre ágilmente y sin empantanarse, algo perfectamente compatible con el ritmo lento y pausado que le imprime: es el tempo apropiado para la contemplación del alma, de la vida, de la naturaleza; es el necesario para poder pensar al mirar las estrellas o mientras se conduce la cortacésped a 10 Km/hora…. y también para sentir las cosas importantes en la vida.

En ese periplo, Alvin se irá encontrando con toda una galería de personajes, que contribuirán a que conozcamos mejor su propia historia y personalidad. Todos ellos están necesitados de comprensión y reflejan el mismo mundo del espectador, también con sus mellas y heridas: la chica embarazada que ha huido de casa de sus padres por temor, y que sólo entiende el valor de la familia unida –como las ramas atadas, en una rica metáfora visual–, tras una conmovedora confidencia a la luz del fuego en que el viejo habla de aquel otro que él sufrió en su propia casa y que motivó la pérdida de sus nietos; la mujer histérica y traumatizada porque de nuevo ha atropellado a un ciervo en la carretera, tras haber puesto todos los medios para evitarlo –nueva metáfora para hablar de los errores reiterados que la vida nos depara, y de la necesidad de la paciencia–; la familia de granjeros que le acoge y ayuda, siendo ellos los primeros beneficiados por su mirada llena de experiencia y sabiduría; los mecánicos gemelos que no paran de pelearse y que reciben su paga con el testimonio vital de Alvin; el sacerdote que escucha también las confidencias del anciano y que se siente reconfortado por sus buenos sentimientos; o el otro anciano con el que toma una cerveza –como celebración de la gesta, poco antes de concluir– y con el que por fin Alvin abre su alma… mostrándole la herida que guarda en su interior desde la 2ª Guerra Mundial, cuando por error mató a un explorador de su propio bando…

Al fin, Alvin parecer haberse liberado de su pasado y llegado al final de su viaje –interior y exterior–, estar en condiciones de reencontrarse con su hermano. Esta última escena está resuelta casi sin palabras, pero con enorme sentido de lo humano, de lo poético y de lo cinematográfico: esa ahí donde se une la mirada más clásica de Lynch con la otra más surrealista.

En todos los casos, siempre humanidad, siempre comprensión y solidaridad, siempre una mirada de afecto y de sencillez para aprender a vivir y a descubrir lo que los otros llevan dentro. No hay voluntad de adoctrinamiento ni mensajes morales, sino humanidad, emotividad contenida que no cae en la sensiblería… y un cine de primera magnitud. Al magnífico guión hay que añadirle una soberbia dirección de actores, con un Richard Farnsworth cuyos ojos muestran el peso de los años, con sus errores y un dolor sereno, o una Sissy Spacek que borda un personaje difícil por su apariencia fronteriza y de cierta ensoñación. El tratamiento del sonido y la partitura de cuerda de Angelo Badalamenti refuerza ese estado interior de bondad y necesidad de purificación, mientras que la fotografía de Freddie Francis es asimismo elocuente sobre esa necesidad de contemplar lo bello, de adquirir cierta altura sobre los problemas cotidianos –no en vano, la cámara muchas veces adquiere una perspectiva aérea a través de campos y carreteras, mientras que en otras adopta un tono subjetivo desde la propia cortacésped–. Narrativamente, Lynch se sirve de constantes encadenados con los que aporta un dinamismo sosegado, alternados con fundidos en negro con que nos brinda momentos de contemplación y reposo. Como los grandes, Lynch ha realizado una road movie interior o un magistral western que se dirige hacia lo más profundo del hombre, aprovechándose de una historia sencilla llevada con buen pulso narrativo y una encomiable y bella puesta en escena. Todo ello hace que se pueda considerar como una obra maestra, repleta de sensibilidad y de inteligencia.

En las imágenes: Fotogramas de “The Straight Story (Una historia verdadera)” – Copyright © 2000. Buena Vista Pictures. Todos los derechos reservados.

Publicado el 4 octubre, 2008 | Categoría: 9/10, Años 2000 / 2005, Directores, Drama, Filmoteca, USA independiente

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6 comentarios en “«Una historia verdadera»: David Lynch muestra su «lado bueno»”

  1. Manuel Márquez

    Extraordinaria disección, compa Julio, de una de mis pelis favoritas (y no sólo de entre las de Lynch, sino en general), una auténtica delicia, plena de humanidad, sencillez y talento. Curiosamente, una peli que Lynch hizo por encargo (según cuenta la leyenda, la única de su carrera «aquejada» por tal circunstancia), y que, aún así, prefiero a las mucho más alambicadas y difíciles que constituyen su «marca de la casa».

    Felicidades y un abrazo.

  2. Julio

    También yo prefiero ésta o «El hombre elefante» a las complejas y a veces sórdidas tramas del resto. Hay quien ha dicho que «Una historia verdadera» es lentísima y la recuerda como la del viejo que en una cortacesped recorre 500 km miesntras se ve crecer la hierba… y en cambio es una de esas películas en que se hace necesario «ir despacio» para saborearla y disfrutarla. Me alegro que que también sea una de tus preferidas, Manuel.

  3. Juan Carlos O

    También es una de mis favoritas. Cuando la veo recuerdo esa necesidad de «perder el tiempo» para aprovecharlo. Siempre me ha recordado la contraposición que nos presenta Ende en su libro «Momo»: los hombres grises que viven de nuestro tiempo y la necesidad de ir despacio para llegar al fin. Porque, en el fondo, adonde queremos llegar es a nuestra plenitud y madurar necesita tiempo.

  4. Individuo Kane

    Hombre, lenta sí es. Daba tiempo a saborearla, disfrutarla, salir al servicio y a por palomitas, regresar y seguir en la misma escena. O en otra diferente, tanto daba. Tiene cosas bonitas pero, la verdad, me pareció demasiado pretenciosa. Quiero decir: pretenciosa para lo que quería contar, que tampoco era tanto.
    Eso sí. Las copias, plagios, imitaciones y redundancias que se han hecho después, indican claramente que dejó huella.
    Me sigo quedando con casi cualquier «road movie» de Wenders. También lento pero con capacidad para decir muchas más cosas.

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