Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Te doy mis ojos”: Icíar Bollaín sobrevive al amor

Desde sus trabajos como actriz, Icíar Bollaín siempre ha mostrado su preferencia por un cine comprometido, cercano a su tiempo y a la gente de la calle: sus papeles en films de Erice, Borau o Loach así lo han puesto de manifiesto. Su paso a la dirección no hizo más que confirmar esa orientación antropológica y social. En “Hola, ¿estás sola? trazaba la ruta de búsqueda de un lugar en el mundo para dos adolescentes, que vivían en lo inmediato y huían de una infancia marcada por la ausencia de afecto materno. Además, en esa opera prima apuntaba otra de sus constantes: la inmigración y las dificultades de integración en un ambiente adverso, que sería el núcleo temático y moral de “Flores de otro mundo”, donde  también sacaba a escena el maltrato a las mujeres. Pero la violencia doméstica merecía una película específica y más intensa, en la que se indagase en los motivos que llevan a la mujer a aguantar esos atropellos durante años: ése sería el enfoque de “Te doy mis ojos”, a partir de su corto “Amores que matan”. Con este nuevo film se constata la inclinación de Bollaín para adoptar la perspectiva de sus personajes femeninos al contemplar la realidad social, y también la búsqueda de la verdad en temas tratados a través de un cine con cierto aire documental –al estilo de Rohmer–,  apoyado en su sensibilidad de mujer y cineasta.

Sin poner en duda el carácter sincero y de justa denuncia de una realidad lamentable, “Te doy mis ojos” no logra despegarse de cierto dirigismo ideológico, en la línea del pensamiento dominante transmitido por los medios de comunicación. Ciertamente se distancia de ellos al buscar esclarecer cómo se vive el conflicto en la cabeza y corazón de víctima y verdugo, pero le falta profundidad antropológica: se apuesta por un tipo de liberación de la mujer entendida como independencia y ausencia de compromiso –así se aprecia en las compañeras de trabajo de Pilar, de actitudes frívolas e irresponsables-, y no se va a la raíz del problema planteado. Por otro lado, llama la atención la visión estereotipada y patética de Aurora, una mujer sin coraje ni valor que prefirió aguantar a su marido sin tener vida propia y que ahora se refugia en una tradición social-católica superficial y vacía para volver a silenciar el problema de su hija.

Dejando de lado esas limitaciones de enfoque para una cinta que aspira a dar luz sobre esta lacra humana y social –y ayudar así al espectador–, es incuestionable la honradez y sentido ético de Bollaín al retratar de manera matizada a unos personajes que viven en inquietud y zozobra permanente, y a los que procura comprender y respetar. Poco a poco va centrándose en la paradójica historia de amor de la pareja protagonista y la cámara va penetrando en su interior, escrutando las dudas y temores que les acercan y distancian. Pilar es una mujer de apariencia menuda y frágil, que se resiste a abandonar a su marido porque conserva la esperanza de recuperar a aquel del que se enamoró. Antonio resulta ser un buen hombre, aunque bruto y colérico, lleno de inseguridades enfermizas y complejos, capaz de tener delicadezas llenas de ternura pero también de los mayores ataques de violencia. Ella es una mujer de vuelos cortados, a la que el miedo obliga a huir sin saber hacia dónde –en zapatillas–, con la respiración entrecortada y la mirada llena de pavor; solo el tiempo le permitirá adquirir conciencia de sí misma hasta desear “recuperar los ojos” –su personalidad y visión de la vida– que un día entregó a un hombre. Él, en el fondo, no la entiende pero quiere agradarla –mejor dicho, retenerla y poseerla, como a la encarcelada Dánae de Tiziano que se describe– y por eso le pide perdón, acude al psicólogo, o cumple “sus deberes” en una libreta de hojas de colores…; pero su carácter y poca formación hacen que crea que es cuestión de gestos y que no entienda que la clave para superar los celos está en la confianza.

Si Pilar vive con el temor en el cuerpo y la presencia de su marido genera incertidumbre e inquietud, Antonio sufre otro tipo de miedo: el de perderla; por eso, necesita controlarla, desconfía cuando se arregla o no entiende que quiera trabajar. En la órbita de Pilar está su hermana Ana, mujer bienintencionada pero de planteamientos simples, que vendría a identificarse con el ciudadano medio que no llega a entender lo complicado del problema y que, por tanto, es incapaz de ayudar. Juan, el hijo, pone el rostro inocente y desconcertado al otro gran desprotegido en este drama, mientras que las escenas de psicoterapia sirven de cauce discursivo para hacer pensar al espectador e introducir elementos de comedia castiza.

Alejada de cualquier estética postmoderna, la directora cultiva una depuración que refleja la realidad social y personal, que intenta no caer en didactismos –aunque esto no siempre lo consiga–. Habla de experiencias y sentimientos verdaderos,  de anhelos reconocibles por el espectador, que así se ve implicado en esas historias y quizá interpelado. Bollaín es consciente de que, para lograrlo,  sus retratos deben ser realistas, auténticos y limpios, sin enfatizar ni caer en el sensacionalismo. Por eso, busca la sencillez formal con una puesta en escena transparente, donde la cámara pase inadvertida y se limite a recoger con cuidado situaciones y actitudes, evitando distraer con ejercicios de estilo solemnes o gratuitos. De la misma manera, la luz debe contribuir a crear esos espacios dramáticos, el maquillaje será el indispensable para que no se pierda autenticidad, el montaje estará al servicio de la estructura narrativa, y también se procurará respetar los decorados naturales.

Pero la conexión del cine de Bollaín con el espectador depende esencialmente de que las interpretaciones sean verosímiles: por eso, sus actores han de interiorizar los conflictos de sus personajes para después conservar la frescura con unos diálogos espontáneos, puestos al servicio de la historia. Como en sus anteriores películas, son seres frágiles y vulnerables, que necesitan compartir su vida con alguien para no caer en la soledad y superar su desconcierto vital; sus miradas desvelan dolor y amargura en su lucha por salir adelante en un mundo difícil y un tanto triste. Tanto Pilar como Antonio están muy bien dibujados en el guión y espléndidamente interpretados por Laia Marull y Luis Tosar, que dejan que la cámara se cuele en sus almas a través de unos ojos que rebosan expresividad y que suscitan emociones a flor de piel; su versatilidad para pasar de momentos dulces y emotivos a otros dramáticos habla de su variedad de registros, con un par de instantes en que la directora carga las tintas y se excede para recalcar la posible existencia de amor y sexo junto a la violencia en esas parejas –con unas impactantes y sobrecogedoras imágenes de una Pilar humillada en el balcón, desnuda y encogida, con el rostro desencajado–. Película desafiante y equilibrada, con vigor y fuerza narrativa, que llega al espectador apoyada en una magnífica dirección de actores y una puesta en escena realista, que se atreve a abordar un problema actual pero sobre el que no llega a dar luz y esperanza.

En las imágenes: Fotogramas de “Te doy mis ojos” – Copyright © 2003 Producciones La Iguana y Alta Producción. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.

Publicado el 3 octubre, 2008 | Categoría: 8/10, Años 2000 / 2005, Directores, Drama, España, Filmoteca

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Un comentario en ““Te doy mis ojos”: Icíar Bollaín sobrevive al amor”

  1. Juan Carlos O

    Me parece un crítica muy acertada. Quizá lo más doloroso de la película es esa falta de esperanza en una solución.

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