Una vez vistas todas las películas de esta 53º edición de la Seminci, puede haber llegado el momento de sacar unas conclusiones y hacer un pequeño pronóstico de lo que el palmarés nos puede dejar. Como ya se ha dicho en el artículo previo y en las crónicas diarias, la primera Semana de Javier Angulo tenía un claro carácter europeo y especialmente español, sin cintas provenientes de los grandes festivales ni películas orientales, y también suponía una apuesta por bastantes nuevos directores que despertaban muchas incógnitas junto con otros ya consagrados que daban más seguridad a la programación. Como ya se ha dicho en el artículo previo y en las crónicas diarias -que están en el apartado de la Seminci-, la primera Semana de Javier Angulo tenía un claro carácter europeo y especialmente español, sin cintas provenientes de los grandes festivales ni películas orientales, y también suponía una apuesta por bastantes nuevos directores que despertaban muchas incógnitas junto a otros ya consagrados que daban más seguridad a la programación. Por otra parte, mucho drama con la enfermedad y la muerte por medio, unas miradas a la realidad social y alguna que otra a la memoria histórica (rigurosa en el caso danés, sesgada en el nuestro). Cuatro meses de preparación para un nuevo director que arriesgó e intentó dar señales de cambio -otra cosa es que lo haya “vendido bien”-, que se apoyó en amigos y contó con su presencia en el festival para afirmar el cine español, y que tuvo que sufrir los eternos problemas de una organización mejorable y que suscita repetidas quejas. Los ciclos de Gonzalo Suárez y de Ferreri-Azcona no despertaron al final mucho interés, y sí en cambio el que hermanaba a Widerberg con Imamura “contra sus padres”. Menos cortometrajes de lo habitual y unos documentales y películas en la sección paralela que no llamaron excesivamente la atención.

Pero centrándonos en la Sección Oficial, hay que decir que el nivel de películas presentadas ha sido, al menos, aceptable y en algún caso muy honroso. Es cierto que cuesta entender la inclusión de algunas de calidad más que dudosa como “Dr. Alemán”, “El frasco”, “Villa” o “La mujer del anarquista”, pero en cambio ha habido gratas sorpresas como “Una cierta verdad” -visión muy interesante sobre los enfermos de esquizofrenia, aunque quizá por ser documental se vaya sin nada-, “La pérdida de un diamante de lágrima” -Tennessee Williams aunque sin sus atmósferas asfixiantes, por lo que alguno ha dicho que se queda en lo superficial del dramaturgo-, o las danesas “Flame and Citron” -más que correcto guión e interpretaciones con fuerza para los héroes partisanos- y “Frygtelig lykkelig (”Terriblemente feliz”) -negrísima pero bien construido thriller independiente-. Las cuatro podrían llevarse algún premio, aunque casi todas las papeletas las tienen, en mi opinión, otras cintas que parten con ventaja: “Cerezos en flor”, exquisito retrato interior de padres e hijos, lo mismo que “La ventana” de Sorín, dos propuestas llenas de sensibilidad y de sutilidad en las formas al transmitir los sentimientos de sus personajes; pero quizá la película más completa y redonda sea “Los momentos eternos de Maria Larsson” del sueco Jan Troell, quien se podría llevar la Espiga de Oro y algunos premios más como los de fotografía o mejor actriz. Atom Egoyan no defraudó para seguir hablándonos de tolerancia en una nueva búsqueda de identidad personal y recorriendo formas cinematográficas tan sugerentes como arduas para el espectador: la crítica podría darle su respaldo porque calidad no falta, pero dudamos que sea la gran triunfadora. Y la recuperación de la memoria que Helena Taberna pretende hacer en su cruzada contra la Iglesia podría llevarse el premio a la mejor banda sonora de Ángel Illarramendi, lo mejor de una cinta que navega con el viento a favor de lo políticamente correcto. Entre el público parece que la española “Retorno a Hansala” sobre la inmigración gustó mucho y que se disputará el premio con “Estómago”, película brasileña que a mí no me llegó a convencer.

Demasiado seria e indigesta parece “Desierto adentro” y demasiado liviana y divertida “Animales de compañía” como para que se lleven algo, y muy discursivas y pesadas las propuestas de Amos Gitai y Mika Kaurismaki, mientras que fue algo fría y desigual la aceptación que tuvo “The guitar”. La jordana “Captain Abu Raed” abrió el festival y parece haber quedado enterrada en la memoria: sus buenos sentimientos y complaciente mirada quizá no sean suficientes para sacarla de nuevo al escenario en la Gala de clausura, pero es una buena película. Con todo, nos quedamos con la cinta sobre Maria Larsson y con el viaje al Japón de los cerezos en flor (con permiso de Egoyan), sintiendo que quizá no se le dé más cancha al humanismo de Carlos Sorín o a la conciencia social de Chus Gutiérrez.
Publicado el 31 Octubre, 2008 | Categoría: Año 2008, Opinión, Seminci
Artículos relacionados: