“Tiro en la cabeza”: Hay miradas que matan

[7/10] El éxito obtenido con “La soledad” ha permitido a Jaime Rosales explorar nuevos caminos en el lenguaje cinematográfico y tratar de entender mejor al ser humano. “Tiro en la cabeza” es una película tremendamente arriesgada en lo formal y profundamente polémica y estimulante en la manera de tratar un tema –el terrorismo de ETA– que a nadie deja indiferente. La crítica le ha respaldado en el festival de San Sebastián concediéndole el Premio Fipresci de la Crítica Internacional y ve en él a un director valiente y honesto, que tiene algo que decir al espectador y que sabe hacerlo con la expresividad que la imagen encierra. Sin embargo, el público deberá saber que está ante una película para la reflexión y no para el entretenimiento, ardua y difícil de ver, provocadora y desafiante por la aproximación que hace a los terroristas.

Lo que está claro es que a nadie dejará indiferente porque es un trabajo nada convencional, con personalidad y con una ejecución ejemplar: detrás de cada plano hay alguien que piensa y que quiere transmitir algo, que intenta entender cómo una idea política transforma a un individuo hasta matar a otro, que recoge con pulcritud y frialdad una realidad tristemente actual como si se tratara de la crónica policial de un asesinato. Rosales recoge el momento en que una banda terrorista de ETA mató a dos policías vestidos de paisano al coincidir fortuitamente con ellos en una cafetería francesa. Previamente la cámara ha acompañado al protagonista durante dos días en su vida cotidiana, en el parque con una mujer y su hijo pequeño, en el bar o en casa con unos amigos, de compras o en un momento de intimidad con otra mujer distinta… Una vida aparentemente normal y distendida contemplada desde la distancia y con la voluntad de indagar en lo que pasa por su mente: no se oyen los diálogos que tienen y solo se perciben los ruidos ambientales, mientras la cámara se sitúa lejos y utiliza un teleobjetivo que da libertad de movimientos a unos actores no profesionales,  que se desenvuelven con la naturalidad de quien desconoce que está siendo grabado. Entre medias, director y espectador quedan sumidos en sus pensamientos acerca de lo que hablarán o lo que pensarán, con elipsis argumentales que deben completar: el resultado es cierta opacidad e inquietud, ausencia de empatía con unos personajes que permanecen ajenos y con los que se guarda una prudente distancia.

Como consecuencia del uso de esa lente de larga focal, la imagen es muy plana, sin fondos nítidos o con primeros planos borrosos: a la cámara le interesa únicamente el futuro asesino moviéndose por la casa o la ciudad y solo quiere seguirle para intentar descubrir algún elemento anómalo en su comportamiento que explique su proceder posterior. No lo encuentra y se nos presenta como un ser normal –lo mismo que el protagonista de “Las horas del día”– hasta el momento en que alguien en la cafetería le mira fijamente y levanta sus sospechas de haber sido reconocido. Entonces sus ojos se cruzan y escrutan –magnífico y elocuente instante en que no se echan en falta las palabras porque la mirada lo dice todo–, el semblante del terrorista cambia y las suspicacias ponen en movimiento la  maquinaria de matar: es la doble vida que dejará cadáveres por el camino y donde se muestran las grietas de una personalidad sin principios morales y que tan escasamente valora la vida humana. Sin duda, Rosales mira al protagonista con el convencimiento de que el mal del problema está en el interior de la persona y no en las circunstancias (que son las mismas para todos y donde no se observa nada extraño): todo lo que rodea al etarra es aparentemente normal, y sin embargo… Misterios del hombre libre y complejidad de quien se deja llevar por instintos primarios y no por la razón y la conciencia: ese parece ser el meollo al que apunta Rosales con su cámara –y también la solución al problema terrorista que propone– como el terrorista lo hace con su pistola.

El radicalismo formal que el director barcelonés adopta es tan preciso y pulcro como frío y distante. Su asepsia y pretendida objetividad puede llegar a indignar a alguno que hubiera preferido que los terroristas fueran mostrados como seres desalmados y crueles. No es así, e incluso el salvaje momento del tiro en la cabeza es resuelto sin dramatismo ni excesos por una alejada cámara que ha mirado desdramatizada y desapasionadamente a los terroristas, enmarcándolos en planos fijos y evitando cualquier atisbo de emoción o repulsa. Rosales logra una película formalmente impecable porque los recursos empleados aíslan el objeto de estudio y nada es gratuito. Lo que resulta más dudoso es que consiga aportar luces sobre el problema terrorista –mucho menos sobre las vías de solución– al ser excesivamente distante e inocuo, demasiado intelectual y analítico. El espectador puede sentirse decepcionado en el fondo, cansado y aburrido en la forma, pero es indudable de que su cine es un “tiro en la nuca” –título primero que llevaba la cinta– para una sociedad adormecida y para el espectador de Hollywood. Jaime Rosales ha querido reflejar la aparente normalidad de quien es capaz de acariciar a un niño para después apretar el gatillo de una pistola: el espectador juzgará si este personaje de carne y hueso es tratado con benevolencia y realismo o si su aproximación es inoportuna e irresponsable.

Calificación: 7/10

En las imágenes: Fotogramas de “Tiro en la cabeza” – Copyright © 2008 Fresdeval Films, Wanda Visión y Les Productions Balthazar. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Publicado el 8 Octubre, 2008 | Categoría: Críticas

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5 comentarios en ““Tiro en la cabeza”: Hay miradas que matan”

  1. Shangri-La

    Hola. Te invitamos a visitar nuestra revista sobre cine y literatura:

    http://shangrilatextosaparte.blogspot.com/2008/09/shangri-la-n-6-mayo-agosto-2008.html

    Un saludo.

  2. Dos tiros en la cabeza « El osito Teddy

    [...] hay que decirlo,es que su autor sabe de lo que habla y lo hace muy bien.El problema vino al leer la crítica de esta película,sobre todo en su párrafo final que paso a reproducir y que me ha llegado al [...]

  3. Julio

    Osito Teddy: ni Rosales ni nadie justifica ni quita gravedad y salvajismo a los hechos terroristas contados. Es aborrecible y condenable sin paliativos, y no hay más que hablar.

    En la crítica se dice que narrativa y visualmente no hay morbo ni se regodea en el asesinato, que previamente al atentado la cámara no ha sentenciado al etarra (que no se sabe que lo es, por otra parte) y que no ha querido tener parte con él (de ahí la distancia que guarda, y el sentido de reseñarlo en la crítica) rodeándolo de asepsia y sucesos anodinos… precisamente para que después quede destacado más la brutalidad del asesinato. No lo ensalza ni minimiza sino que lo realza por la frialdad y ligereza con que aniquila una vida inocente (dos en este caso): ni la película ni la crítica tratan el asunto irresponsablemente.

    La película de Rosales es, efectivamente, muy aburrida y nada comercial. Intenta ser racional y nada emocional… aunque subjetivamente el espectador vuelca sobre ella toda la realidad que conoce y que desprecia (los atentados y muertes). Entiendo tu repulsa manifestada en tu propio guión, semejante a la de tantos de nosotros. Pero aquí se trataba de analizar la película. Además pienso que hay en ella algo de lo que se quiso poner en la alemana “El hundimiento” al hablar de Hitler: un monstruo pero que era un hombre. También al director alemán se le echaron encima.

  4. El osito teddy

    Gracias,me ha inspirado para hacer mi primer blog en intenet.No se me enfade please.

  5. El osito teddy

    No tiene nada que ver “El hundimiento” con esta película.Para empezar, ofrece diálogos, tiene como mínimo información por desencriptar, con pulcritud notarial acerca de un importante suceso generador de bastante curiosidad histórica.A partir de ahí habrá gente que lo encuentre útil para entender un episodio crucial de la humanidad y habrá gente que no (como usted afirma).Pero aún fallida o no,es una propuesta, la de Oliver Hirschbiegel,muy necesaria.

    Ahora bien,si a estas alturas hay que aclarar que Hitler también podía ir al baño,participar en una fiesta,desayunar colacao o conocer mujeres aparte de matar judios,es evidente la falta total de respeto hacia el espectador.Sobre todo cuando tu cine se autoclasifica como “Intelectual”.

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