“La vida de los otros”: La verdad de un buen hombre

[9/10] La salud del cine alemán es buena, y la valentía de sus directores para afrontar sin prejuicios su pasado resulta admirable. Prueba de ello son grandes películas como “El hundimiento”, “Sophie Scholl: los últimos días”, “El noveno día” o “Good Bye, Lenin”, aparte de otras magníficas cintas como “Deliciosa Martha” o “El gran silencio”. Si Guillermo del Toro, Agustín Díaz Yanes o Manuel Huerga ofrecían su particular revisionismo histórico en su último trabajo, y si el mismo Clint Eastwood componía un díptico desmitificador en torno a la batalla de Iwo Jima, ahora en “La vida de los otros” el debutante Florian Henckel von Donnersmarck –laureado cortometrajista- decide retratar el verdadero rostro de la República Democrática Alemana, y completar así el duro y vergonzante fresco de la Alemania del pasado siglo. Ya la aproximación al agonizante nazismo y al dictador realizada por Hirschbiegel (“El hundimiento”) había provocado conmoción entre sus compatriotas, y eso mismo ha vuelto a suceder con esta radiografía del totalitarismo de la zona oriental. En ambas propuestas, los cineastas alemanes se acercan a su pasado con honestidad y sin caer en el habitual y tergiversador ajuste de cuentas: necesitan curar unas heridas aún recientes y sangrantes, y por eso lo hacen con miradas desideologizadas pero que desean mostrar la cruda realidad, con rigor y conciencia moral pero sin rencor, esforzándose por entender a quienes vivieron esa presión social-ambiental y que en muchos casos participaron en crímenes horrendos.

A partir de una laboriosa tarea de documentación, el director habla aquí de hechos reales que ambienta según recuerdos infantiles de sus visitas a la RDA. Le ha interesado en primer término recoger el clima de miedo, sospecha y desconfianza que se respiraba en las calles de Berlín, donde el espionaje, la delación y la corrupción convertían a sus ciudadanos en seres de vidas tristes, sin libertad ni privacidad y, lo que es más duro, sin esperanza. El guión y su puesta en escena inciden en cómo ese férreo e inhumano control se apoyaba en el miedo a la traición del vecino o del amigo, en el chantaje a quien luchaba simplemente por sobrevivir, o en listas negras y represalias sobre quien intentara salirse de los estrictos márgenes impuestos. Y al igual que en otros regímenes de terror, el ojo del Gran Hermano Socialista se dirigía en primer lugar hacia los intelectuales y artistas, voces que más fácilmente podían disentir del pensamiento único y a unas prácticas de extorsión y abuso. Por eso, Florian Henckel crea en el guión al capitán Gerd Wiesler, perfeccionista obsesivo y “escudo y espada” sin escrúpulos de la Stasi –policía secreta comunista- a quien se le encarga vigilar al escritor Georg Dreyman y a su novia, la popular actriz Christa-Maria.

Movimientos de resistencia, espías y colaboracionistas, censura y traición para unos personajes que son retratados con todos los matices y ambigüedad interior que la situación exige, porque por debajo de sus actuaciones corren aguas turbias de corrupción, arribismo o supervivencia, pero también se vislumbran restos luminosos de humanidad y sensibilidad. Individuos con luces y sombras encarnados por magníficos actores -todos, sin excepción-, que se mueven con pulcra contención expresiva, que esconden algo en su interior y con tenues sentimientos que en ocasiones se les escapan. Entre todos, destaca Ulrich Mühe, un Wiesler que experimenta una gradual evolución en la que una representación teatral, un libro, una pieza de piano o un inocente niño que se encuentra en el ascensor sensibilizan su duro corazón de burócrata y despiertan su reprimido amor por lo bello y lo bueno. Pero no menos lograda es la de Martina Gedek en el papel de una atractiva mujer que vive entre el amor y la supervivencia, de una actriz que amargamente bebe vodka y se cuestiona si en la vida puede mostrar su ser o si debe seguir representando “el ser de otro”, en una interesante reflexión nada pretenciosa sobre la esencia de la interpretación y a la vez sobre la esquizofrenia soportada por tantos “actores de la vida socialista”.

Desde el inicio, la “cámara-espía” de Wiesler se identifica con la de Florian Henckel -inevitable el recuerdo de “1984. George Orwell” o de “El show de Truman”-, con planos frontales en que el espectador se convierte en otro voyeur que se introduce en “la vida de los otros” para vivir sus mismas angustias y temores. Quien asiste a la proyección conoce la verdad de unos “hombres buenos” y sus maquinaciones de lucha y dominio, pero es necesario que se adentre en su interior para descubrir la tensa rivalidad de unos burócratas de la Stasi que se arrastra desde los años de la Academia, o el alma de artista que se esconde en ese rutinario espía que se siente turbado cuando la mujer de sus sueños a la que espía le dice que “es un hombre bueno” –sus miradas esconden un sutil y romántico enamoramiento-, o al idealista y noble Dreyman siempre a merced de las circunstancias: rostros ocultados por máscaras que impone la ideología del poder, y máscaras que dificultan ver sus almas porque el miedo les ha obligado a prostituirse (la prostitución aparece como realidad contemplada en la propia estructura corrupta del Partido, y también como metáfora de un país en connivencia con el poder). El guión está cuidadosamente construido, con una información precisa y escueta, con eficaces giros dramáticos y narrativos, y con unos personajes que dicen lo justo para no ser incriminados y cuyas intervenciones y silencios respetan el desarrollo de la historia sin adelantar acontecimientos ni desvelar intenciones.

Al magnífico guión e interpretaciones hay que sumarle una ambientación de época que nos traslada a la grisura de un país sumido en lo rutinario, con unos interiores de decoración uniforme y funcionarial, y unas calles desiertas y crepusculares. Una fotografía de tonos mortecinos y fríos, a la que se suma una banda sonora en que las notas de piano penetran hasta los huesos invadiendo al espectador y trasmitiéndole la tristeza y soledad de sus personajes, y también la inquietud de ser también vigilados y denunciados por estar siendo cómplices de tan atribulados personajes.

Una película para el restañamiento de heridas del pasado, atractiva por la historia contada y por la eminente calidad cinematográfica, que mantiene la atención del espectador hasta su desenlace y que deja una huella imborrable al poner al descubierto la bochornosa mentira de la utopía marxista –no había suicidios por desesperación sino auto-asesinatos sin contabilizar-, y también la esperanza de regeneración que se esconde en el interior de cada persona humana. Entre otros muchos galardones, obtuvo el Premio de Cine Europeo a la mejor película, guión y actor, y está nominada al Óscar a la mejor película en habla no inglesa. Toda una garantía para una de las mejores películas del año, que baja al infierno del totalitarismo para hallar un resto de humanidad desde el que poder redimir al individuo.

Calificación: 8/10

En las imágenes: Fotogramas de “La vida de los otros” – Copyright © 2006 Beta Cinema y Wiedemann & Berg Filmproduktion. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.

Publicado el 11 Septiembre, 2008 | Categoría: Alemania, Año 2006, Críticas, Drama

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7 comentarios en ““La vida de los otros”: La verdad de un buen hombre”

  1. Pedro Fortuny Ayuso

    Me ha gustado la crítica que haces. Ciertamente, es una película que consigue -sin caer en el ‘buenismo’- hacernos ver que el paso de un régimen autoritario a otro ‘libre’ requiere algo más que condenar a todos los que trabajaron para el antiguo.

    A ver si nos damos cuenta…

  2. Julio

    Es verdad, Pedro, pero para mí aún es más importante descubrir que siempre queda una esperanza para confiar en la persona, a partir de una humanidad que nunca puede ser totalmente anulada: el deseo y búsqueda de lo bello, de lo bueno, de la verdad acaba prevaleciendo, aunque la libertad exterior desaparezca por momentos.

  3. Silvia

    Interesantes comentarios sobre esta bella película! A mí me hizo pensar cómo la mirada -y lectura- de quien “espía” o mira la vida de otro, termina al fin determinando o participando de su destino.
    Y de como aún cuando la propia vida pierde atractivo y nos involucramos en la vida de otro, así mismo esto vuelve para devolvernos algo del sentido que recobra la propia existencia.

  4. Julio

    Qué buen comentario, Silvia, y qué adecuado para este blog, según se desprende de su mismo título. Tienes razón: al mirar siempre uno incorpora algo de lo de fuera y se enriquece o degrada por dentro… pero nunca es un acto inocuo ni trivial.

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