Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

«Cosas que nunca te dije»: Los silencios compartidos de Isabel Coixet

Tras una opera prima fallida («Demasiado viejo para morir joven») donde ya apuntaba su preferencia por los aspectos más intimistas, Isabel Coixet ha creado un universo propio sólo con sólo  cinco películas más, construidas sobre emociones contenidas y silencios elocuentes. En ellas logra reflejar su visión de un mundo imperfecto por el que deambulan individuos que arrastran heridas emocionales, que se buscan a sí mismos y que están necesitados de amor, mostrado siempre en su cara más incierta e imprevisible.

En «Cosas que nunca te dije» ya está presente esa dificultad para amar, así como la falta de comunicación, el descubrimiento de nuevos horizontes en las relaciones o la necesidad del compromiso personal, algo que más tarde reproducirá en «A los que aman», aunque bajo el envoltorio de película de época. También en ellas se aprecia su particular y delicada mirada, el sabor agridulce con que contempla la vida, y el carácter relativo de una felicidad que sólo se valora con la pérdida o la muerte, características que aparecen depuradas en su siguiente película «Mi vida sin mí», quizá su obra más equilibrada junto con «La vida secreta de las palabras».

«Cosas que nunca te dije» se estructura narrativamente de forma fragmentaria, con secuencias entrecortadas, construyendo un auténtico retrato coral en el que sus personajes son presentados con pinceladas impresionistas que dejan ver sus conflictos interiores, no sin cierto toque de humor. A medida que la trama avanza, sus destinos se van entretejiendo hasta confluir en un final abierto, como la vida misma. La cámara se adentra desde el inicio en unos seres que huyen de sí mismos: Don vive escéptico ante el amor, “escondido” y engañado tras un teléfono de la esperanza con el que dar consejos y motivos para vivir… que a él no le sirven; Ann ha dejado de ser ella misma tras ser abandonada por su novio, y necesita desahogarse y recuperar su seguridad; a Frank, padre de Don, le basta un abrazo como muestra de afecto; lo mismo le sucede a Paul, un joven tímido y reprimido que no se atreve a declararse a Ann y que se consuela con acariciar su imagen en el televisor; un Steve deprimido que vive en un infierno o una Diane transexual no son más que otras personas necesitadas de cariño y compañía que acaban entregándose a un sucedáneo del amor, al que se aferran para sobrevivir en un mundo de incomunicación y desengaño.

Son personajes vulnerables que necesitan ser escuchados, que pretenden perpetuarse en el tiempo por el amor y que, cuando este falta, se ven obligados a recurrir a medios alternativos que cubran ese vacío interior. De ahí el gusto de Coixet por las grabaciones en vídeo o en casete como manera de oxigenar un corazón inquieto y angustiado que necesita abrirse a los demás, que ansía prolongar su existencia en un futuro incierto o fortalecer su propia imagen debilitada. Esa disociación entre interioridad y mundo exterior queda gráficamente reflejada con las imágenes virtuales de video-cámara incorporadas, con el recurrente empleo de monólogos interiores o con el propio comportamiento de Don. Son confidencias de buscadores de afectos que temen elevar “plegarias” por miedo a que sean atendidas y eso les genere más lágrimas que satisfacciones, de individuos que descubren el amor cuando ya no lo tienen y que entonces se dan cuenta de que no han dicho algunas cosas necesarias. La pérdida de un amor o de la vida hace que vean la realidad de otra manera, que experimenten los misterios y contingencias de la existencia, y que vislumbren que lo esencial pasa por el encuentro con uno mismo: entonces, poco importa ya el helado “Chocolate Chocolate  Chip”, el sexo o la ternura de momentos anteriores, pálidos reflejos del verdadero amor, ahora deseado y que no han podido almacenar. Con todo, el cine de Coixet rezuma frescura y sensibilidad, pues sabe acercarse a realidades importantes, rodearlas de poesía y delicadeza, y sugerir sin decir nunca la última palabra sobre lo que se debe hacer, teniendo siempre un profundo respeto hacia sus personajes y hacia el espectador.

El suyo es un cine sincero y ético, que busca retratar personajes con sus anhelos y perplejidades, siempre desarraigados y un tanto desconcertados e inseguros, que sufren las consecuencias del desamor cuando no la falta de una identidad precisa. Para eso, les sitúa en un marco geográfico muy local y aislado, circunstancia que ha llevado a la directora catalana -aparte de las necesidades de financiación- a rodar fuera de nuestras fronteras y en inglés, con bajo presupuesto, y a dotar a sus cintas de una afinidad al cine independiente americano. Además, en toda su obra pueden rastrearse las huellas de su trabajo en el ámbito publicitario y de su admiración por Wong Kar-Wai: el desamor y sus secuelas, la manipulación del tiempo que congela o acelera según su percepción subjetiva, la voz en off que susurra desde dentro al espectador, o la preferencia por el plano fijo y la música como suscitadora de emociones son algunos de esos elementos que generan un cine conmovedor e intimista pero que lleva también a la reflexión.

La cámara fija y el primer plano cobran especial relevancia en esos intentos por penetrar en el interior de sus personajes. Los actores, con Lili Taylor y Andrew McCarthy en primer término, refuerzan esa expresividad encarnando sus papeles desde lo más profundo de su alma, sin afectación ni histrionismos innecesarios, con autenticidad y contención emocional. De manera inteligente coloca Coixet el objetivo, unas veces de manera frontal para recoger su soledad y otras desde un lateral que se presta como perspectiva idónea para captar su sufrimiento; o se sirve de ligeros contrapicados desde la esquina de la habitación, como si asumiera la mirada curiosa –pero pudorosa– del espectador que asiste a las auto-grabaciones de Ann. También los lugares elegidos facilitan esa atmósfera cerrada y ensimismada, y se convierten en metáforas sugeridas –nada pretenciosas– de otras realidades interiores: un hospital o una lavandería nos hablan así de esa necesidad de sanar y curar, de airear y lavar lo más íntimo de uno mismo. La música de Alfredo Vilallonga con algunos temas de Tom Jones (“It’s not unusual”) o la fotografía de Teresa Medina, así como las abundantes elipsis del montaje, contribuyen por último a la creación de ese mundo de sensaciones perdidas, de afectos ausentes y de soledad compartida.

En las imágenes: Fotogramas de «Cosas que nunc ate dije» – Copyright © 1996 Carbo Films. Todos los derechos reservados.

Publicado el 29 septiembre, 2008 | Categoría: 8/10, Años 90, Directores, Drama, España, Filmoteca

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6 comentarios en “«Cosas que nunca te dije»: Los silencios compartidos de Isabel Coixet”

  1. La Mirada de Ulises » Blog Archive » “La vida secreta de las palabras”: Cicatrices de soledad

    […] producción de El Deseo. La soledad y las dificultades para comunicarse eran ya temas abordados en “Cosas que nunca te dije”, después revisitados en “A los que aman” bajo el envoltorio de película de época. Y […]

  2. Rosenrod

    Y sin embargo, no lo puedo evitar: hay algo en el universo de Coixet demasiado elaborado, como si no terminase de sonar a verdad… o al menos, eso me sucede a mí.

    Un saludo!

  3. Julio

    Es cierto, Rosenrod. La frescura y espontaneidad no son su fuerte, pero si quiere meterse en el alma de unos personajes un poco desfondados, ensimismados y doloridos… entonces mejor el silencio y la contención que la fogosidad del diálogo. Por eso logra, en mi opinión y en general -no en «Elegy»-, ese clima intimista y aparentemente auténtico.
    Un saludo

  4. Rosenrod

    Ya. Curiosamente, voy en dirección contraria: a mí, la que más me gusta es «Elegy», precisamente porque me parece la menos personal… En su caso, el que sea un encargo le benefició.

  5. Frases

    Una de mis cineastas favoritas, sin duda. Sus obras son arte, a mí al menos eso me ha parecido las películas que he visto dirigidas por ella.

    Mi preferida, la de «Mi vida sin mí», sin duda.

    Buena entrada y fantástico blog! :)

    Un saludo,

    Andrea.

    P.d. el título de tu blog es de una película, verdad? Creo que es una que me recomendaron hace tiempo en clase de Historia del arte… pero no conseguí encontrarla :S

  6. Julio

    Gracias, Frases/Andrea, por tu comentario. También es de mis directoras preferidas, y prefiero sus primeras películas (sobre todo «Mi vida sin mí» y «La vida secreta de las palabras») más que las dos últimas… que me han empezado a decepcionar y a dar la sensación de estar repitiéndose sin renovarse ni avanzar, y haciéndose más explícita y menos sugerente.

    «La mirada de Ulises» es una película del griego Theo Angelopoulos, sobre la que hice una reseña que puedes encontrar en el propio blog, y que viene a reflejar el tono antropológico y social con que me gusta tratar el cine… aparte de tener un altísimo nivel artístico y cultural. En dvd fue editado, como casi todos los trabajos del director, por «Intermedio». Un saludo,

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