[8/10] Hace tiempo que se dice que el western está agotado. Con “El tren de las 3:10”, James Mangold demuestra que no tiene por qué ser así, si se logra poner en escena a personajes de carne y hueso, con luces y sombras, y si se imprime a las imágenes un estilo y narrativa acorde a la historia que se quiere contar. Por ser un remake de la obra que Delmer Daves hizo en 1957 y adaptación de un cuento corto de Elmore Leonard, la historia es conocida y no cabe sorpresa ante el desenlace. Sin embargo, la película que firma Mangold atrapa al espectador desde las primeras imágenes del asalto y robo hasta que el reloj marca la hora de llegada del ferrocarril y se produce el esperado “choque de trenes”. No hay caídas de ritmo ni la trama se pierde por el camino, sino que conserva toda su fuerza narrativa y alcanza momentos de sincera emoción.

Cada escena de acción o diálogo se convierten en pinceladas que enriquecen a unos personajes que se erigen en pilares para una historia llena de pliegues y trasfondos. Son vidas construidas sobre un pasado que se intuye y que marca su comportamiento, que ha dejado sus heridas sangrantes: Dan Evans es un veterano al que la guerra dejó cojo y que ahora, acosado por las deudas, se ve obligado a hacer de cazarrecompensas para sacar adelante a su familia; el asesino, ladrón y mujeriego es Ben Wade, atrapado y conducido a la cárcel mientras su banda trata de liberarle; el tercer personaje en quien la cámara se posa es William Evans, el hijo mayor de Dan, que tiene una mirada esquiva hacia un padre y le juzga cobarde, mientras que no oculta su admiración adolescente hacia el forajido que su imaginación ha recreado mientras leía folletines de bandidos.

El cruce de miradas y palabras, el triángulo de relaciones y esperas entre ellos es ciertamente rico: Dan arrastra una sensación de fracaso vital e ira contenida contra su destino, a la vez que vive virtuosamente para su mujer y para la educación de sus hijos; su “lado oscuro” es percibido por un asesino convertido en leyenda por sus vicios y tropelías. Este hombre del revólver con cruz incrustada, que recita versículos de Proverbios, reconoce la personalidad y coherencia de quien le lleva esposado, y le admira por lucha por sobrevivir y no sucumbir al precio del dinero o la violencia; en él despierta recuerdos y deseos que un día abandonó porque “para dirigir a una banda como la mía hay que estar ya muy podrido”. Entre estos dos personajes que huyen del pasado… se levanta el futuro del Oeste americano: al adolescente William le ha llegado la hora de madurar al entrar en contacto con la realidad; las novelas dejan paso al peligro real, y ante sus ojos se abre la verdadera figura paterna y también la del héroe forjado. Un antológico final pone a cada uno en su lugar, dejando ver la pasta del hombre y del mito, de lo más interior de los protagonistas y de las apariencias, mostrando la delgada línea que los separa. Por otra parte, sin duda, los tres personajes salen reforzados por el plano perfil del resto, más esquemático y simple en su cobardía, medianía o mezquindad.

Sin embargo, no hubiera sido suficiente con un buen retrato de los personajes en el guión, si detrás no hubieran estado Russell Crowe, Christian Bale o el joven Logan Lerman, que transmiten dramatismo a unas situaciones que respiran autenticidad gracias a unas reacciones precisas. En su planificación, Mangold mira a Peckinpah y Fuller con una cámara que se mueve ostensiblemente y sigue a los personajes en su viaje hasta la estación del tren (en realidad, podría hablarse de una “road movie”), con abundancia de ligeros picados y contrapicados, sin rehuir imágenes violentas o sangrientas, mostrando con sequedad las debilidades y reacciones de héroes y antihéroes. La música resulta decisiva al dar la fuerza y energía a dos caracteres que cabalgan a buen ritmo hasta encontrarse ante el tren de las 3:10, y descubrir que, en el fondo, no son tan distintos y que las luces y las sombras siempre cabalgan juntas.
Un western crepuscular, con el ferrocarril que gana terreno al mundo de los granjeros, como la ley y la virtud a los forajidos y a los desmanes. Una historia de hombres que se abandonan a la escalada de violencia o que se agarran a las convicciones morales y a la familia “tozudamente”, según Ben Wade. Una película entretenida y muy equilibrada en torno al trío protagonista, que resulta especialmente interesante contemplar bajo la mirada del joven adolescente, espectador privilegiado de una época que se fue y de otra que se está construyendo sobre las decisiones correctas que aprendió de su padre.
Calificación: 8/10
En las imágenes: Fotogramas de “El tren de las 3:10″ – Copyright © 2007 Tree Line Film y Relativity Media. Fotos por Richard Foreman. Distribuida en España por Wide Pictures y Filmax. Todos los derechos reservados.
Publicado el 14 Septiembre, 2008 | Categoría: Año 2007, Críticas, Hollywood, Western
Etiquetas:Christian Bale, conciencia, Delmer Daves, El tren de las 3:10, Elmore Leonard, familia, James Mangold, Logan Lerman, padres-hijos, Russell Crowe, Sam Peckinpah, Samuel Fuller
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